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Mostrando entradas de agosto, 2014

Adrinada y Adrinuja (Ampliación)

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Este no es un cuento nuevo en mi blog, fue subido en enero de 2013 pero hace poco alguien me pidió una ampliación para transformarlo en una obra de teatro y lo hice más que encantada. Este es el cuento tras la ampliación, espero tener pronto noticias de la obra de teatro :)



Adrinada era el hada más triste de todas las hadas que habitan en el bosque. Y os preguntaréis todos -o al menos alguno- por qué Adrinada estaba tan triste, y yo os responderé a todos -o al menos a algunos- que Adrinada estaba tan tristísima porque, aunque el bosque estaba repletísimo de hadas, no tenía amigas, ni una, ni media, ni un cuarto... nada. ¿Por qué? -preguntaréis alguno que otro- ¿Es que era un hada antipática? No, para nada. ¿Es que acaso era mandona? No, en absoluto. ¿Era, tal vez, gruñona, presumida, egoísta, malhumorada, maleducada, mal... lo que sea? Pues no, no, no y no, ninguna de esas cosas. ¿Entonces? -preguntaréis los más preguntones- ¿Por qué Adrinada no tenía amigas? Y yo responderé -a los pregu…

La princesa que usaba botas

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La princesa Carlotta Margarotta vivía en un precioso palacio de princesa, dormía en una enorme cama de princesa, tenía una diminuta corona de princesa, lucía una preciosa melena de princesa, tenía muchísimos vestidos de princesa ... y  usaba unas enormes botas de color rojo. Sus padres habían intentado que Carlotta Margarotta usara los preciosos zapatitos que todas las princesas deben usar, pero no había manera. La princesa nunca, jamás, consintió en meter sus pies en aquellos incómodos zapatitos. Ella sólo quería sus enormes, fuertes y cómodas botas rojas. Con esas botas Carlotta Margarotta había recorrido todo su reino y la mitad del vecino, había subido la montaña más alta y había trepado a más de un árbol. Y todas esas cosas no se pueden hacer con zapatitos de cristal, ni con zapatos de tacón, ni con zapatos con lacitos, florecitas o cualquier otra cursilada de esas que suelen gustar a las princesas.  No señor, para eso es necesario llevar unas botas grandes, fuertes... y rojas, muy…

La invasión de los monstruos

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Una tarde de verano el pueblo se llenó de monstruos. Monstruos grandes. Monstruos pequeños. Monstruos gordos. Monstruos flacos. Monstruos llenos de pelos. Monstruos barbilampiños. Monstruos con cuernos, con dientes afilados, con tentáculos, con garras y hasta con cien patas. Monstruos rojos, azules, verdes, amarillos... Monstruos desdentados o con grandes colmillos. Monstruos de todos los colores, de varios olores y de unos cuantos sabores. Pablito se cayó de culo cuando vio el primer monstruo. El segundo monstruo lo vio la señora Engracia, la abuela de Luisito, que se escondió de un salto en la cesta de la ropa sucia. Don Antonio, el alcalde, vio el tercero, y se metió bajo la mesa de su despacho. Y el cuarto lo vieron Doña Marina, don Francisco y Marianita, que se metieron bajo la cama.

Todos y cada uno de los vecinos del pueblo se escondieron dónde y cómo pudieron. Los armarios se vaciaron de ropa y se llenaron de gente.