jueves, 14 de marzo de 2013

Nada es lo que parece III

Ilustraciones de Eliz Segoviano.




CAPÍTULO TERCERO





Aquel camino rojo era tan ancho como una autopista aunque por él no pasaban ni coches, ni carros, ni caballos, ni caracoles, ni nada -bueno, nada sí que pasaba, la verdad es que había un porrón de nada pasando-. Y sin embargo, a pesar de no haber tráfico alguno, a alguien -vete a saber a quién- se le había ocurrido pintar en el suelo un paso de cebra.
Y hacia allí se dirigió dispuesta a cruzar, tal y como le habían enseñado en casa y en el cole.
Pero justo cuando iba a poner el pie en la primera de las gruesas líneas blancas apareció -vete tú a saber de dónde- una cebra vestida con uniforme de color azul, que la paró y, con cara de pocos amigos y voz de pito, le dijo:
-¡Alto ahí! ¡Por aquí no puedes pasar!
-¿Cómo que no? ¿No es esto un paso de cebra? -preguntó Ayla, un poco sorprendida y otro poco enfadada.
-Efectivamente, eso es: un paso de cebra... y por eso no puedes pasar.
Ayla frunció el ceño, miró fijamente a la cebra, abrió la boca, cerró la boca, miró el paso de cebra, volvió a mirar a la cebra de uniforme azul con voz de pito y, finalmente, dijo:
-No lo entiendo. A mí me han enseñado que cuando deba cruzar, busque un paso de cebra para hacerlo, y ahora usted me dice que no puedo pasar por este paso de cebra.
-¿Que te han enseñado que debes cruzar por los pasos de cebra? ¡Qué barbaridad! ¿Quién te ha dicho semejante tontería? ¡Niñas pasando por un paso de cebra! ¡Lo que hay que oír! ¿Y las cebras por dónde pasan? ¿Por los pasos de niña? ¡Menuda burrada! ¡Todo el mundo sabe que los pasos de cebra son para las cebras y nada más que para las cebras!
-Pues en el lugar de donde yo vengo, los pasos de cebra no son para las cebras porque las cebras están en la sabana y no necesitan sitios para cruzar.
-Claro, claro y ahora también me dirás que en ese sitio tan curioso, las cebras no hablan y que van por ahí sin nada de ropa -y la cebra de uniforme azul y voz de pito empezó a reírse como si le hubieran contado el mejor chiste de la historia.
Ayla estuvo a puntito a puntito de hablarle sobre la vida de las cebras en África, pero se lo pensó mejor y, en lugar de eso, dijo:
-Muy bien, no puedo pasar por aquí, ¿y entonces, por dónde puedo cruzar?
-Por donde quieras... menos por aquí porque esto es...
-Solo para cebras. Ya, ya -terminó la niña.
-Exactamente. Paso para niñas, a la derecha. Paso para cebras, aquí. Paso para ovejas, a la izquierda. Paso para monstruos malvados, por arriba.
Ayla miró hacia la derecha, luego miró hacia el cielo, luego miró hacia la izquierda y luego, señalando justo al lado del paso, preguntó:
-¿Y por aquí mismo? ¿Puedo pasar? -preguntó Ayla señalando justo al lado del paso.
-Si quieres... Mientras no pises el paso de cebra, no hay problema -dijo la cebra de uniforme azul y voz de pito, encogiéndose de hombros.
Pues claro que quería. Total, no parecía que nada la fuera atropellar -o quizás sí pero, a fin de cuentas, que te atropelle nada no duele- así que, ¿para qué buscar otro sitio por el que cruzar pudiendo hacerlo ahí mismo, al lado del paso de cebra? Dio un paso adelante con mucha decisión y poca precaución y... ¡¡¡CHOOOOFFFF!!! Descubrió de golpe -y menudo golpe- y porrazo -y menudo porrazo- que aquello no era ni camino, ni carretera, ni sendero, ni autopista ni nada parecido. No señor. Aquello tan rojo que ella había tomado por una extraña especie de autopista era, nada más y nada menos, que un espeso y resbaladizo río de zumo de tomate, en el que cayó de culo y del que salió con mucha dificultad, empapada en zumo desde la planta de los pies hasta la coronilla y con cara de asco.
-¿Y ahora cómo me quito toda esta porquería? -preguntó al Aire.
-No te preocupes, tengo la sensación de que enseguida tendrás ayuda -respondió el Aire.


jueves, 7 de marzo de 2013

Nada es lo que parece !!

Ilustraciones de Eliz Segoviano.



CAPÍTULO SEGUNDO




 
Ayla se quedó muy sorprendida y muy quieta durante un minuto, y callada durante otro, meditando sobre lo que acababa de oír. El aire no debería hablar, ¿verdad? Se suponía que el aire no hacía esas cosas, ¿verdad? El aire te despeinaba, te refrescaba, entraba y salía de tus pulmones, hacía volar las cometas y girar los molinillos de viento, pero nunca pronunciaba una palabra, ¿verdad? Bueno, pensó encogiéndose de hombros, tendría que preocuparse por eso más tarde, ahora tenía cosas más importantes en las que pensar como:

-¿Qué hago aquí?

-Bueno, vienes aquí cada noche. Aquí es donde nacen tus sueños... y tus pesadillas, pero esta noche es diferente.

-¿Por qué es diferente?

-Porque esta noche vas a aprender a defenderte de las pesadillas -respondió el Aire.

-¿Defenderme de las pesadillas? ¿Y no sería mejor no tenerlas?

-Por supuesto que sería mejor, pero eso es imposible. Nadie puede librarse de ellas, sólo puedes aprender a vencerlas.

-¿Cómo?

-Enfrentándote a ellas.

-Entonces...-dijo Ayla tragando saliva- ¿Esto es una pesadilla?

-Todavía no, pero en algún momento se convertirá en una.

-¿Y no podría volver a casa ahora mismo... por favor?

-Podrías, nada te lo impide, pero piénsalo bien porque si regresas vas a seguir pasando miedo por culpa de las pesadillas -respondió el Aire haciendo revolotear unas hojas.

Ayla se sentó a meditar sobre lo que el Aire le acababa de decir. Quedarse no le hacía ninguna gracia, pero era cierto que, si se marchaba, no se iba a librar nunca de los malos sueños. Enfrentarse a las pesadillas le daba muchísimo miedo, pero seguir sintiendo miedo todas las noches no era muy agradable. Meditó sobre todo esto un largo, largo, larguísimo rato, tan largo que la hierba del prado creció hasta casi cubrirla. Tanto, que una pareja de pájaros rarísimos -cabeza de ratoncito, patas de pato- anidó en su cabeza. Tanto tiempo, que el musgo había comenzado a trepar por sus piernas. 

Todo ese tiempo -y un poco más- le llevó a Ayla decidir que no podía volver a casa sin intentar librarse de las pesadillas.

Pensado, dicho y hecho, se levantó y dijo al Aire:

-Está bien, me quedo. ¿Qué debo hacer?

-Tendrás que ir a las Montañas de las Pesadillas -dijo el Aire.

-¿Y hacia dónde quedan esas montañas?

El Aire levantó unas semillas de dientes de león, formó una flecha con ellas y señaló hacia unas oscuras montañas que se veían en el lejano horizonte.

Ayla sintió unos tremendos escalofríos al mirarlas y preguntó:

-Y cuando llegue, ¿qué hago?

-Eso ya se verá -respondió el Aire, que deshizo la flecha y se marchó.

Ya no pintaba nada en aquel prado, así que apartó a la oveja -que ahora, además de olfatearla, le daba unos tremendos lametones- y se puso en marcha.

Caminó durante mucho rato pensando en esto, en lo otro y en lo de más allá, que son temas, como todo el mundo sabe, la mar de interesantes y que dan para mucho pensar. Y mientras caminaba y pensaba, se asombraba al descubrir las cosas curiosas que había en ese extraño mundo, como la hierba que, en lugar de quedarse quieta mientras era aplastada -que es lo que haría cualquier hierba normal en cualquier mundo normal- se apartaba a su paso para no ser pisada, o unos caracoles cuyas conchas tenían forma de minúsculas casitas con diminutas ventanitas llenas de florecitas -cursicaracoles se llamaban, no sé por qué-, o unos caballitos de mar con preciosas alas de libélula... O el camino de color rojo con el que se encontró, así, de repente, como salido de la nada.

 

jueves, 28 de febrero de 2013

Nada es lo que parece I

Hace unos meses participé en un concurso literario infantil con una pequeña novelita titulada "Nada es lo que parece", como no gané y no se me ocurre mejor destino para ella aquí os la voy a dejar en pequeños capítulos maravillosamente ilustrada por Eliz Segoviano, magnífica escritora e ilustradora. Espero que disfrutéis tanto leyendo las aventuras de la pequeña Ayla como yo disfruté escribiéndolas :) Os dejo ya con ella.


CAPÍTULO PRIMERO

 






-¡Se acabó! ¡Esta ha sido mi última pesadilla! -exclamó Ayla al despertarse tras la última de las siete que había tenido esa semana-. ¡No pienso volver a tener ni una más!

Eso era muy fácil de pensar, y de decirlo todavía más, pero hacerlo... Bueno, hacerlo ya era otro cantar porque, que yo sepa, nadie sabe qué hay que hacer para no tener pesadillas, ni hay libros que te lo expliquen y ni tan siquiera en internet se puede encontrar nada sobre ese tema -y eso que en internet uno puede encontrar de casi todo lo que existe y hasta de lo que no existe-. Así que Ayla se puso a darle vueltas y revueltas al asunto hasta que, resuelta y desenvuelta, decidió que la manera más sencilla y efectiva de no tener pesadillas era no dormir, porque si no duermes, no sueñas, y si no sueñas, no tienes pesadillas. ¡Fácil! ¿No?

Aquella noche, antes de cenar, escondió bajo su cama una linterna, un par de libros, un cuaderno de dibujo, sus lápices, sus pinturas y su consola. Con eso -pensaba- tendría bastante para pasar la noche entretenida y no quedarse dormida. Pero la cosa no resultó tan fácil como ella había creído, no señor: tras un rato leyendo, los ojos se le cerraban y la linterna se le cayó como unas doscientas veces y media. Pintar y dibujar, teniendo que sujetar la linterna, era algo bastante complicado -lo intentó con la boca, pero resultó bastante incómodo y, además, las linternas no es que tengan muy buen sabor-, y encender la consola resultó imposible porque había olvidado recargar la batería.

A pesar de todos estos contratiempos, estaba convencida de que ya había pasado más de la mitad de la noche, pero su despertador -que sabía bastante más del paso del tiempo que ella- no estaba nada de acuerdo, y decía que apenas habían pasado un par de horas. ¡Menudo rollo más rollazo! Ayla estaba aburrida, muy aburrida, tenía sueño, mucho sueño y, al parecer, la noche duraba mucho más de lo que ella creía. ¿Cómo iba a poder aguantar todas las horas que faltaban para el amanecer sin quedarse dormida?

-¡Quizás si me quedo sentada en lugar de acostada! -pensó. Pero no sirvió de nada, los ojos se le acababan cerrando igual.

-¡Quizás el frío me mantenga despierta! -siguió pensando. Y la verdad es que sí, que la mantenía despierta, pero era invierno y el frío se volvió insoportable muy pronto, de modo que acabó arrebujada de nuevo entre las mantas.

-¡Quizás si no me estoy quieta y cambio de postura sin parar...! -continuó cavilando, (esto de pensar, cavilar y meditar divierte mucho a Ayla, por eso lo hace tanto).

Pero resultó que lo de girar a la izquierda un ratito y otro ratito a la derecha para, a continuación, ponerse boca arriba, cambiar a boca abajo y vuelta a empezar, solo sirvió para que se sintiera muy, muy, muy cansada y tuviera mucho más sueño que antes.

Al cabo de un rato su madre entró en el dormitorio para comprobar cómo estaba y, al encontrarla despierta en medio de la cama revuelta, creyó que tenía problemas para dormir. Le trajo un vaso de leche caliente, le arregló las mantas, le ahuecó la almohada, la arropó bien, se sentó a su lado y le dijo que probara a contar ovejas.

Ayla intentó explicarle por qué seguía despierta y lo que quería hacer, pero su madre ni la escuchaba ni la dejaba hablar y, al final, no tuvo más remedio que obedecer y ponerse a contar:

-Una oveja... -dijo-. Dos ovejas... Tres ovejas... Cuatro ovejas... Cinco ovejas... -bostezó e intentó luchar contra el sueño, pero el sueño era más fuerte que ella.

-Seis ovejas... Siete ovejas... Ocho ovejas... Nueve ovejas... -sintió que los párpados le pesaban muchísimo y tuvo que cerrarlos.

-Diez ovejas... Once ovejas... Doce ovejas... Trece ovejas... Catorce ovejas... -movió la mano para apartar algo que le hacía cosquillas en la mejilla-. Quince ovejas... Dieciséis ovejas... -lo que fuera que le hacía cosquillas se había movido hacia su oreja y Ayla intentó apartarlo de nuevo de un manotazo-. Diecisiete ovejas... Dieciocho ovejas... Diecinueve... ¡Pero qué mosca tan pesada! -exclamó finalmente abriendo los ojos.

Y los abrió mucho, muchísimo, como un par de platos enormes, enormísimos, porque ni le molestaba una mosca como ella creía, ni su madre estaba sentada en la cama, ni era de noche, ni se encontraba en su dormitorio. A su alrededor se extendía un interminable prado verde en el que pastaba un gran rebaño de ovejas, el sol brillaba como si fuera una mañana de primavera, el cielo era azul y había una oveja muy pesada que no paraba de olisquearla mientras intentaba decidir si era algún tipo de hierba comestible o no.

Confusa, miró en todas direcciones y preguntó al aire:

-¿Qué es esto? ¿Dónde estoy?

Y el aire le respondió:

-Esto es el País de los Sueños.




martes, 29 de enero de 2013

Adrinada y Adrinuja



Adrinada era el hada más triste de todas las hadas que habitan en el bosque.
Y os preguntaréis todos -o al menos alguno- por qué Adrinada estaba tan triste, y yo os responderé a todos -o al menos a algunos- que Adrinada estaba tan tristísima porque, aunque el bosque estaba repletísimo de hadas, no tenía amigas, ni una, ni media, ni un cuarto... nada.
¿Por qué? -preguntaréis alguno que otro- ¿Es que era un hada antipática? No, para nada. ¿Es que acaso era mandona? No, en absoluto. ¿Era, tal vez, gruñona, presumida, egoísta, malhumorada, maleducada, mal... lo que sea? Pues no, no, no y no, ninguna de esas cosas. ¿Entonces? -preguntaréis los más preguntones- ¿Por qué Adrinada no tenía amigas? Y yo responderé -a los preguntones, a los otros no-: porque era diferente. ¿Sólo por eso? -volverán a preguntar los preguntones- Sí, sólo porque era más grande que las demás, y bastante más torpe también. Sólo porque no era tan guapa, ni tenía el pelo tan brillante y sus alas no tenía tantísimos colores como las de sus compañeras.



Al otro lado del bosque vivía Adrinuja, la bruja más triste de todas las brujas del bosque , que tenía la misma cantidad de amigas que Adrinada: cero patatero limonero porque, como Adrinada, Adrinuja era bastante diferente de sus compañeras: no era tan horrorosa como la mayoría de las brujas, casi no tenía verrugas, y no disfrutaba tanto como las otras haciendo trastadas por aquí, por allá, por acá y por acullá.
Cierto día que las brujas andaban de excursión se encontraron con la pobre Adrinada y decidieron -porque se aburrían y porque eran brujas- molestarla. ¡Pobre Adrinada, la molestaban las hadas y la incordiaban las brujas! Pero Adrinuja, harta de tanta tontería, se enfrentó a la cabecilla y, con tres pases mágicos, logró transformarla en libélula y las demás -sorprendidas y asustadas- salieron huyendo.


Adrinada se sintió muy agradecida pero como Adrinuja era una bruja, no se atrevió a quedarse.
Al día siguiente, arrepentida, Adrinada buscó a Adrinuja y le regaló una tarta, pero no se atrevió a quedarse.
La mañana después fue Adrinuja quien buscó a Adrinada para devolverle la bandeja de la tarta pero tampoco se atrevió a quedarse.
Dos días después Adrinuja buscó a Adrinada y Adrinada buscó a Adrinuja y, cuando se encontraron, comenzaron a charlar de esto, de aquello, de lo de más allá y de lo de más acá.
Y así fueron viéndose un día sí y el otro también y, poquito a poquito, casi sin darse cuenta, Adrinjua y Adrinada se hicieron grandes amigas y ninguna de las dos volvió a sentirse sola aunque sus compañeras siguieran siendo tan tremebundamente tontas como siempre.


sábado, 12 de enero de 2013

Los disparates de Disparato




La primera vez que el gato Disparato vio nevar creyó que la Luna se estaba deshaciendo y caía a la Tierra en trocitos y se llevó tal susto que bajó del tejado y corrió por todas partes gritando a todo gritar:
-¡Que se cae la Luna! ¡Que se cae la Luna!
Sus amigos, preocupados, acudieron rápidamente a ver qué ocurría.
-La Luna se des,hace -decía Disparato-, ¿es que no la veis caer trocito a trocito?
Cuando los demás se dieron cuenta de lo que decía, comenzaron a reírse, y a reírse ,y a reírse hasta que acabaron todos con dolor de tripa.
Disparato no entendía nada.
-¿Es que no vais a avisar al rey de lo que está pasando?


Pero sus amigos siguieron riendo y Disparato -avergonzado- prefirió irse a dormir.
A la mañana siguiente todo parecía bastante normal y Disparato se sintió mucho más tranquilo... hasta que vio los témpanos de hielo colgando de los tejados. Entonces comenzó a correr por todos lados gritando a todo gritar:
-¡El cielo se derrite! ¡El cielo se derrite! ¿No veis cómo cae sobre los tejados?
Y todos los animales comenzaron a reírse y a reírse y rodaron por el suelo.
Disparato los miraba sin entender nada:
-¿Nadie avisa al rey?
Y sus amigos rieron con más ganas. El pobre Disparato, confundido y triste, prefirió irse a casa.
A la mañana siguiente, Disparato vio el lago completamente helado y creyó que se había vuelto de metal. Y al otro día vio la escarcha y pensó que todo se había convertido en cristal pero cada vez que decía algo, los otros animales se reían y se reían.


Hasta que Fierro, el perro, decidió hablarle sobre el invierno. Cuando supo todo eso Disparato se sintió bastante tonto pero se le pasó cuando todos sus amigos le pidieron disculpas y lo invitaron a jugar con la nieve, a patinar sobre hielo y a disfrutar de esa estación que él no conocía y que le había asustado tantísimo.


Halloween

  La brujita fantasmita no da miedo, ni miajita.