Me llamo Miguel,
me voy a mudar
y tengo un problema
que no sé solucionar.
Ya he guardado
mis libros y juegos,
mis coches, mis legos,
mis lápices nuevos.
Ya están en sus cajas
mi ropa de invierno,
mis cosas de aseo,
mis pinturas y cuadernos.
Pero hay algo que aún no he logrado:
que mis fantasmas se queden doblados.
No hay modo que se queden guardados.
Intenté que Barto,
el fantasma de mi cuarto,
se metiera en una caja...
y se escapó por abajo.
Luego pedí a Alina,
que adora la cocina,
que se metiera
en la caja de las cortinas...
y se escondió en la harina.
Después llamé a Tomasa,
que vive en la terraza,
le enseñé la caja,
le pedí que entrara.
¿Y sabéis qué hizo?
Mirarme pasmada.
Luego fui a por Ascanio,
que siempre está en el baño,
y le señalé la caja
donde iban los paños,
me miró muy fijo
empezó con jaja,
siguió con jojo,
media vuelta se dio
y me dejó tirado.
Y así fui pasando
por todos mis fantasmas,
que uno por uno
me fueron ignorando.
Yo, cada vez,
estaba más apenado,
ni uno solo había guardado.
¿No vendría ninguno conmigo?
¿Me iba a quedar sin amigos?
¿Qué iba a hacer yo
cuando me hubiera marchado?
Con mucha tristeza
me subí al coche,
y bajé la cabeza
por no despedirme
de mi casa vieja,
ni ver a mis fantasmas,
mis viejos amigos,
quedarse allí
y no venir conmigo.
El viaje en el coche
duró hasta la noche.
Cuando llegamos
la luna ya brillaba.
Y cuando entramos
en nuestro nuevo hogar
yo no tenía ni ganas de hablar.
Cené con desgana
y enseguida
quise irme a la cama.
Cogí mi maleta,
subí la escalera,
la puse en una banqueta,
abrí la cremallera...
Y de allí salieron volando:
Alina, Tomasa y Barto,
y todo el resto se fue desdoblando.
Y, al final,
primero con jaja
y luego con jojo
apareció Ascanio
preguntando por el baño.
Aquella noche dormí
feliz y relajado
porque todos mis amigos
también se habían mudado.









