jueves, 21 de marzo de 2013

Nada es lo que parece IV


Si aún seguís visitándome (¿hay alguien ahí?) y os apetece (y tenéis tiempo), podéis pasar por el blog de Eliz Segoviano -autora de las ilustraciones del cuento- y leer la entrevista que me ha hecho, sólo tenéis que hacer clic AQUÍ :D.

Y ahora os dejo con Ayla y sus aventuras...




CAPÍTULO CUARTO






Ayla oyó unas pesadas pisadas a su espalda y cuando se giró para ver de donde procedían... ¡PLAAAFFF! Sobre ella cayó una tromba de agua helada, con tanta fuerza, que -otra vez- volvió a quedarse sentada en el suelo y con cara de tonta.

-¡Esto ya se está volviendo una costumbre muy poco divertida! -se lamentó poniéndose de pie más empapada que antes aunque, eso sí, sin pizca de tomate.

¿Quién la habría mojado de semejante manera?, pensaba mientras trataba de escurrir algo del agua que caía de su ropa y su pelo. Y al girarse vio que, frente a ella, se detenían dos patas tan gruesas como troncos, y al levantar la cabeza -muy lentamente-, descubrió que dichas patas estaban unidas a una enorme cabeza. La cabeza, a su vez, iba pegada a dos enormes orejas, dos enormes colmillos y una enorme trompa de la que aún caían unas pocas y brillantes gotas de agua. Al final de la trompa asomaba una espléndida sonrisa de enorme oreja a oreja enorme, y tras ella se encontraba lo que parecía ser un gigantesco elefante de peluche de un brillante color naranja con lunares morados.

-Hola -dijo Ayla con algo de preocupación.

-Hola -respondió, sonriente, el elefante naranja con lunares morados moviendo alegremente sus orejotas.

-Estooo... ¿Has sido tú quien me ha mojado? -preguntó Ayla mientras retorcía su pelo y dejaba caer un par de litros de agua sobre la hierba.

-Sí -respondió el elefante al tiempo que movía la cabeza de arriba abajo-. Me pareció que necesitabas ayuda para quitarte todo ese zumo de encima. ¿Me he equivocado? -preguntó dando unos saltitos de preocupación, que hicieron temblar el suelo.

-Bueno... no, la verdad es que estaba muy sucia -dijo Ayla estrujando su camisón y dejando caer otro par de litros de agua-. Supongo que tengo que darte las gracias.

-De nada -contestó el elefante, y su enorme sonrisa se hizo -aunque parecía imposible- aún más grande.

-Bueno, ahora tengo que encontrar el modo de secarme antes de que pille un resfriado -dijo Ayla con un gran suspiro, y miró alrededor como si creyera que, colgada de algún árbol, iba a encontrar una toalla. ¿Y por qué no? Después de todo estaba en un lugar en el que el aire hablaba, los caminos eran ríos de zumo de tomate, las cebras vestían uniforme y los elefantes eran de color naranja con lunares morados.

-¡También puedo ayudarte con eso! -exclamó, de lo más entusiasmado, el sonriente elefante.

Ante la asustada mirada de Ayla, el elefante aspiró una grandísima bocanada de aire, que transformó sus mejillas en un par dos globos de color naranja y, a continuación, lo soltó todo de golpe sobre ella.
Ayla voló, arrastrada por el aire recién salido de los pulmones del elefante, y acabó sentada -una vez más- en el suelo varios metros más allá. Eso sí, ya no le quedaba ni gota de agua en su ropa ni en su pelo.

El amable elefante trotó alegremente hasta donde estaba Ayla, con aquella permanente sonrisa suya y le preguntó si necesitaba alguna otra cosa:

-No, no -se apresuró a decir Ayla-, no, gracias, de verdad, estoy muy bien así, en serio, no es necesario que me ayudes más. Solo necesito saber si voy en la dirección correcta para llegar a las Montañas de las Pesadillas.

El elefante abrió mucho los ojos y, por primera vez, se quedó sin sonrisa. Durante un par de minutos la miró en completo silencio y luego, repentinamente, giró sobre sus patas y corrió a esconderse tras un álamo cercano, encogiéndose todo lo que pudo -que no era mucho- y poniendo las dos patas delanteras sobre sus ojos -lo que no resulta nada fácil cuando eres un elefante-. Temblaba tantísimo que el árbol se agitaba como si lo sacudiera un vendaval, y Ayla tuvo que hacer un gran esfuerzo para no reírse ante el cómico aspecto que ofrecía el pobre elefante al intentar ocultar aquel enorme corpachón tras un árbol tan pequeño.

El elefante se destapó un solo ojo y, con un susurro tembloroso, como si temiera que las temibles montañas lo oyeran, contestó:

-Solo tienes que seguir ese camino -y señaló con la trompa hacia un sendero pedregoso- y te llevará directamente a las montañas esas.

En cuanto hubo dicho esto el elefante salió de su escondite y corrió en dirección opuesta a la que había indicado, sin sonreír, ni despedirse, ni nada.

Ayla lo siguió con la mirada hasta que se perdió de vista, y luego se giró hacia las oscuras montañas. Le habría encantado hacer lo mismo que el elefante y volver a casa pero no podía hacerlo: si quería librarse de aquellos horribles sueños tenía que seguir adelante. Así que, asustada pero decidida, se puso nuevamente en marcha.




jueves, 14 de marzo de 2013

Nada es lo que parece III

Ilustraciones de Eliz Segoviano.




CAPÍTULO TERCERO





Aquel camino rojo era tan ancho como una autopista aunque por él no pasaban ni coches, ni carros, ni caballos, ni caracoles, ni nada -bueno, nada sí que pasaba, la verdad es que había un porrón de nada pasando-. Y sin embargo, a pesar de no haber tráfico alguno, a alguien -vete a saber a quién- se le había ocurrido pintar en el suelo un paso de cebra.
Y hacia allí se dirigió dispuesta a cruzar, tal y como le habían enseñado en casa y en el cole.
Pero justo cuando iba a poner el pie en la primera de las gruesas líneas blancas apareció -vete tú a saber de dónde- una cebra vestida con uniforme de color azul, que la paró y, con cara de pocos amigos y voz de pito, le dijo:
-¡Alto ahí! ¡Por aquí no puedes pasar!
-¿Cómo que no? ¿No es esto un paso de cebra? -preguntó Ayla, un poco sorprendida y otro poco enfadada.
-Efectivamente, eso es: un paso de cebra... y por eso no puedes pasar.
Ayla frunció el ceño, miró fijamente a la cebra, abrió la boca, cerró la boca, miró el paso de cebra, volvió a mirar a la cebra de uniforme azul con voz de pito y, finalmente, dijo:
-No lo entiendo. A mí me han enseñado que cuando deba cruzar, busque un paso de cebra para hacerlo, y ahora usted me dice que no puedo pasar por este paso de cebra.
-¿Que te han enseñado que debes cruzar por los pasos de cebra? ¡Qué barbaridad! ¿Quién te ha dicho semejante tontería? ¡Niñas pasando por un paso de cebra! ¡Lo que hay que oír! ¿Y las cebras por dónde pasan? ¿Por los pasos de niña? ¡Menuda burrada! ¡Todo el mundo sabe que los pasos de cebra son para las cebras y nada más que para las cebras!
-Pues en el lugar de donde yo vengo, los pasos de cebra no son para las cebras porque las cebras están en la sabana y no necesitan sitios para cruzar.
-Claro, claro y ahora también me dirás que en ese sitio tan curioso, las cebras no hablan y que van por ahí sin nada de ropa -y la cebra de uniforme azul y voz de pito empezó a reírse como si le hubieran contado el mejor chiste de la historia.
Ayla estuvo a puntito a puntito de hablarle sobre la vida de las cebras en África, pero se lo pensó mejor y, en lugar de eso, dijo:
-Muy bien, no puedo pasar por aquí, ¿y entonces, por dónde puedo cruzar?
-Por donde quieras... menos por aquí porque esto es...
-Solo para cebras. Ya, ya -terminó la niña.
-Exactamente. Paso para niñas, a la derecha. Paso para cebras, aquí. Paso para ovejas, a la izquierda. Paso para monstruos malvados, por arriba.
Ayla miró hacia la derecha, luego miró hacia el cielo, luego miró hacia la izquierda y luego, señalando justo al lado del paso, preguntó:
-¿Y por aquí mismo? ¿Puedo pasar? -preguntó Ayla señalando justo al lado del paso.
-Si quieres... Mientras no pises el paso de cebra, no hay problema -dijo la cebra de uniforme azul y voz de pito, encogiéndose de hombros.
Pues claro que quería. Total, no parecía que nada la fuera atropellar -o quizás sí pero, a fin de cuentas, que te atropelle nada no duele- así que, ¿para qué buscar otro sitio por el que cruzar pudiendo hacerlo ahí mismo, al lado del paso de cebra? Dio un paso adelante con mucha decisión y poca precaución y... ¡¡¡CHOOOOFFFF!!! Descubrió de golpe -y menudo golpe- y porrazo -y menudo porrazo- que aquello no era ni camino, ni carretera, ni sendero, ni autopista ni nada parecido. No señor. Aquello tan rojo que ella había tomado por una extraña especie de autopista era, nada más y nada menos, que un espeso y resbaladizo río de zumo de tomate, en el que cayó de culo y del que salió con mucha dificultad, empapada en zumo desde la planta de los pies hasta la coronilla y con cara de asco.
-¿Y ahora cómo me quito toda esta porquería? -preguntó al Aire.
-No te preocupes, tengo la sensación de que enseguida tendrás ayuda -respondió el Aire.


jueves, 7 de marzo de 2013

Nada es lo que parece !!

Ilustraciones de Eliz Segoviano.



CAPÍTULO SEGUNDO




 
Ayla se quedó muy sorprendida y muy quieta durante un minuto, y callada durante otro, meditando sobre lo que acababa de oír. El aire no debería hablar, ¿verdad? Se suponía que el aire no hacía esas cosas, ¿verdad? El aire te despeinaba, te refrescaba, entraba y salía de tus pulmones, hacía volar las cometas y girar los molinillos de viento, pero nunca pronunciaba una palabra, ¿verdad? Bueno, pensó encogiéndose de hombros, tendría que preocuparse por eso más tarde, ahora tenía cosas más importantes en las que pensar como:

-¿Qué hago aquí?

-Bueno, vienes aquí cada noche. Aquí es donde nacen tus sueños... y tus pesadillas, pero esta noche es diferente.

-¿Por qué es diferente?

-Porque esta noche vas a aprender a defenderte de las pesadillas -respondió el Aire.

-¿Defenderme de las pesadillas? ¿Y no sería mejor no tenerlas?

-Por supuesto que sería mejor, pero eso es imposible. Nadie puede librarse de ellas, sólo puedes aprender a vencerlas.

-¿Cómo?

-Enfrentándote a ellas.

-Entonces...-dijo Ayla tragando saliva- ¿Esto es una pesadilla?

-Todavía no, pero en algún momento se convertirá en una.

-¿Y no podría volver a casa ahora mismo... por favor?

-Podrías, nada te lo impide, pero piénsalo bien porque si regresas vas a seguir pasando miedo por culpa de las pesadillas -respondió el Aire haciendo revolotear unas hojas.

Ayla se sentó a meditar sobre lo que el Aire le acababa de decir. Quedarse no le hacía ninguna gracia, pero era cierto que, si se marchaba, no se iba a librar nunca de los malos sueños. Enfrentarse a las pesadillas le daba muchísimo miedo, pero seguir sintiendo miedo todas las noches no era muy agradable. Meditó sobre todo esto un largo, largo, larguísimo rato, tan largo que la hierba del prado creció hasta casi cubrirla. Tanto, que una pareja de pájaros rarísimos -cabeza de ratoncito, patas de pato- anidó en su cabeza. Tanto tiempo, que el musgo había comenzado a trepar por sus piernas. 

Todo ese tiempo -y un poco más- le llevó a Ayla decidir que no podía volver a casa sin intentar librarse de las pesadillas.

Pensado, dicho y hecho, se levantó y dijo al Aire:

-Está bien, me quedo. ¿Qué debo hacer?

-Tendrás que ir a las Montañas de las Pesadillas -dijo el Aire.

-¿Y hacia dónde quedan esas montañas?

El Aire levantó unas semillas de dientes de león, formó una flecha con ellas y señaló hacia unas oscuras montañas que se veían en el lejano horizonte.

Ayla sintió unos tremendos escalofríos al mirarlas y preguntó:

-Y cuando llegue, ¿qué hago?

-Eso ya se verá -respondió el Aire, que deshizo la flecha y se marchó.

Ya no pintaba nada en aquel prado, así que apartó a la oveja -que ahora, además de olfatearla, le daba unos tremendos lametones- y se puso en marcha.

Caminó durante mucho rato pensando en esto, en lo otro y en lo de más allá, que son temas, como todo el mundo sabe, la mar de interesantes y que dan para mucho pensar. Y mientras caminaba y pensaba, se asombraba al descubrir las cosas curiosas que había en ese extraño mundo, como la hierba que, en lugar de quedarse quieta mientras era aplastada -que es lo que haría cualquier hierba normal en cualquier mundo normal- se apartaba a su paso para no ser pisada, o unos caracoles cuyas conchas tenían forma de minúsculas casitas con diminutas ventanitas llenas de florecitas -cursicaracoles se llamaban, no sé por qué-, o unos caballitos de mar con preciosas alas de libélula... O el camino de color rojo con el que se encontró, así, de repente, como salido de la nada.

 

jueves, 28 de febrero de 2013

Nada es lo que parece I

Hace unos meses participé en un concurso literario infantil con una pequeña novelita titulada "Nada es lo que parece", como no gané y no se me ocurre mejor destino para ella aquí os la voy a dejar en pequeños capítulos maravillosamente ilustrada por Eliz Segoviano, magnífica escritora e ilustradora. Espero que disfrutéis tanto leyendo las aventuras de la pequeña Ayla como yo disfruté escribiéndolas :) Os dejo ya con ella.


CAPÍTULO PRIMERO

 






-¡Se acabó! ¡Esta ha sido mi última pesadilla! -exclamó Ayla al despertarse tras la última de las siete que había tenido esa semana-. ¡No pienso volver a tener ni una más!

Eso era muy fácil de pensar, y de decirlo todavía más, pero hacerlo... Bueno, hacerlo ya era otro cantar porque, que yo sepa, nadie sabe qué hay que hacer para no tener pesadillas, ni hay libros que te lo expliquen y ni tan siquiera en internet se puede encontrar nada sobre ese tema -y eso que en internet uno puede encontrar de casi todo lo que existe y hasta de lo que no existe-. Así que Ayla se puso a darle vueltas y revueltas al asunto hasta que, resuelta y desenvuelta, decidió que la manera más sencilla y efectiva de no tener pesadillas era no dormir, porque si no duermes, no sueñas, y si no sueñas, no tienes pesadillas. ¡Fácil! ¿No?

Aquella noche, antes de cenar, escondió bajo su cama una linterna, un par de libros, un cuaderno de dibujo, sus lápices, sus pinturas y su consola. Con eso -pensaba- tendría bastante para pasar la noche entretenida y no quedarse dormida. Pero la cosa no resultó tan fácil como ella había creído, no señor: tras un rato leyendo, los ojos se le cerraban y la linterna se le cayó como unas doscientas veces y media. Pintar y dibujar, teniendo que sujetar la linterna, era algo bastante complicado -lo intentó con la boca, pero resultó bastante incómodo y, además, las linternas no es que tengan muy buen sabor-, y encender la consola resultó imposible porque había olvidado recargar la batería.

A pesar de todos estos contratiempos, estaba convencida de que ya había pasado más de la mitad de la noche, pero su despertador -que sabía bastante más del paso del tiempo que ella- no estaba nada de acuerdo, y decía que apenas habían pasado un par de horas. ¡Menudo rollo más rollazo! Ayla estaba aburrida, muy aburrida, tenía sueño, mucho sueño y, al parecer, la noche duraba mucho más de lo que ella creía. ¿Cómo iba a poder aguantar todas las horas que faltaban para el amanecer sin quedarse dormida?

-¡Quizás si me quedo sentada en lugar de acostada! -pensó. Pero no sirvió de nada, los ojos se le acababan cerrando igual.

-¡Quizás el frío me mantenga despierta! -siguió pensando. Y la verdad es que sí, que la mantenía despierta, pero era invierno y el frío se volvió insoportable muy pronto, de modo que acabó arrebujada de nuevo entre las mantas.

-¡Quizás si no me estoy quieta y cambio de postura sin parar...! -continuó cavilando, (esto de pensar, cavilar y meditar divierte mucho a Ayla, por eso lo hace tanto).

Pero resultó que lo de girar a la izquierda un ratito y otro ratito a la derecha para, a continuación, ponerse boca arriba, cambiar a boca abajo y vuelta a empezar, solo sirvió para que se sintiera muy, muy, muy cansada y tuviera mucho más sueño que antes.

Al cabo de un rato su madre entró en el dormitorio para comprobar cómo estaba y, al encontrarla despierta en medio de la cama revuelta, creyó que tenía problemas para dormir. Le trajo un vaso de leche caliente, le arregló las mantas, le ahuecó la almohada, la arropó bien, se sentó a su lado y le dijo que probara a contar ovejas.

Ayla intentó explicarle por qué seguía despierta y lo que quería hacer, pero su madre ni la escuchaba ni la dejaba hablar y, al final, no tuvo más remedio que obedecer y ponerse a contar:

-Una oveja... -dijo-. Dos ovejas... Tres ovejas... Cuatro ovejas... Cinco ovejas... -bostezó e intentó luchar contra el sueño, pero el sueño era más fuerte que ella.

-Seis ovejas... Siete ovejas... Ocho ovejas... Nueve ovejas... -sintió que los párpados le pesaban muchísimo y tuvo que cerrarlos.

-Diez ovejas... Once ovejas... Doce ovejas... Trece ovejas... Catorce ovejas... -movió la mano para apartar algo que le hacía cosquillas en la mejilla-. Quince ovejas... Dieciséis ovejas... -lo que fuera que le hacía cosquillas se había movido hacia su oreja y Ayla intentó apartarlo de nuevo de un manotazo-. Diecisiete ovejas... Dieciocho ovejas... Diecinueve... ¡Pero qué mosca tan pesada! -exclamó finalmente abriendo los ojos.

Y los abrió mucho, muchísimo, como un par de platos enormes, enormísimos, porque ni le molestaba una mosca como ella creía, ni su madre estaba sentada en la cama, ni era de noche, ni se encontraba en su dormitorio. A su alrededor se extendía un interminable prado verde en el que pastaba un gran rebaño de ovejas, el sol brillaba como si fuera una mañana de primavera, el cielo era azul y había una oveja muy pesada que no paraba de olisquearla mientras intentaba decidir si era algún tipo de hierba comestible o no.

Confusa, miró en todas direcciones y preguntó al aire:

-¿Qué es esto? ¿Dónde estoy?

Y el aire le respondió:

-Esto es el País de los Sueños.




Halloween

  La brujita fantasmita no da miedo, ni miajita.