domingo, 3 de agosto de 2014

La invasión de los monstruos



Una tarde de verano el pueblo se llenó de monstruos.
Monstruos grandes.
Monstruos pequeños.
Monstruos gordos.
Monstruos flacos.
Monstruos llenos de pelos.
Monstruos barbilampiños.
Monstruos con cuernos, con dientes afilados, con tentáculos, con garras y hasta con cien patas.
Monstruos rojos, azules, verdes, amarillos...
Monstruos desdentados o con grandes colmillos.
Monstruos de todos los colores, de varios olores y de unos cuantos sabores.
Pablito se cayó de culo cuando vio el primer monstruo.
El segundo monstruo lo vio la señora Engracia, la abuela de Luisito, que se escondió de un salto en la cesta de la ropa sucia.
Don Antonio, el alcalde, vio el tercero, y se metió bajo la mesa de su despacho.
Y el cuarto lo vieron Doña Marina, don Francisco y Marianita, que se metieron bajo la cama.


Todos y cada uno de los vecinos del pueblo se escondieron dónde y cómo pudieron.
Los armarios se vaciaron de ropa y se llenaron de gente.
Bajo las camas no quedó sitio ni para las pelusas.
Muchos se apretujaron tras las puertas.
Y hasta alguno hubo que intentó esconderse bajo la alfombra.
En menos que canta un gallo en la calle sólo quedaron monstruos que gruñían, rugían, bramaban y hasta uno -el más terroríficamente terrorífico- que maullaba.
Aquellos monstruosos monstruos corrían, saltaban, destrozaban, rompían y escacharraban.
Subían a los bancos de la plaza, sacudían los árboles, paseaban por los tejados, chapoteaban en las fuentes, peleaban entre ellos, hacían mucho ruido y lo dejaban todo hecho un asco.
Los habitantes del pueblo temblaban de miedo.
¿Qué querían esos horriblemente horribles monstruos?
¿Destrozar el pueblo?
¿Dominar el mundo?
¿Convertirlos en bocadillos?
Cuanto más pensaban en esas cosas más se asustaban.
Y cuanto más se asustaban, más se pegaban al suelo, o a la pared, o los unos a los otros, temblequeando de miedo.

Entonces, repentinamente de repente, todo se quedó en silencio.
-¿Qué habrá ocurrido? -se preguntaron todos- ¿Se habrán ido los monstruos monstruosos?
Pablito -que era el más valiente- se atrevió a mirar, y también doña Catalina y don Fabián, y dos o tres más.
Los monstruos, muy quietos, casi sin respirar, miraban a lo lejos y escuchaban.
Se oyó un horrible rugido.
Un monstruo de color naranja se encogió de miedo.
Uno con veinte ojos los cerró todos y se tapó la cara.
Otro, enorme, peludo y colmilludo se puso a temblar.
Y uno, pequeñito, se escondió entre las patas enormes del monstruo más enorme.
¿Qué cosa podía ser tan horrible para asustar a aquellos terribles y temibles bichos?
Algo tremebundo se acercaba.
Algo espantoso.
Algo horroroso.
Algo que de terror los llenaba.
Unas pesadas pisadas se acercaban.
-¡BROOM! ¡BROOM! ¡BLAAM!
El suelo temblaba y retemblaba tanto que todos decidieron salir de su escondite por miedo a que las paredes se vinieran abajo.
Entonces se oyó un:
-¡PLAAAFFF!
Las ventanas vibraron.
Las puertas golpetearon.
Un monstruo comenzó a lloriquear:
-¡BUAAA! ¡BUAAA!
 
Después, rugidos, aullidos, alaridos y maullidos.
-¡Grarguito más vale que vengas aquí inmediatamente! -gritó una especie de bolsa amarilla sin asas.
-¡Rurgarsita como no estés aquí en tres segundos te vas a enterar de lo que vale un peine! -aulló algo que parecía una pelusa enorme de color azul.
-¡Ya verás cuando le cuente a tu padre lo que has hecho! -rugió una cosa enorme llena de plumas.
Luego siguieron unos cuantos gritos, sermones, cachetes y tirones de orejas-cuernos-tentáculos.
Los vecinos del pueblo miraban todo con los ojos muy abiertos.
¡Resulta que aquellos terroríficamente terroríficos monstruos, aquellos monstruosamente monstruosos monstruos, aquellos bichos enormes y rarísimos eran niños disfrutando de sus vacaciones!
Como Pablito.
Como Marianita.
Como Luisito.
Como Andreita.
¡Tanto miedo!
¡Tanto susto!
¡Tanto terror!
¡Y todo por unos monstruos que ahora no daban miedo ni nada!
Los niños del pueblo miraban con las bocas abiertas a aquellos monstruos tan terroríficos que lloriqueaban. Y miraban aún más asombrados a aquellas mamás monstruosas que les reñían.
Y del miedo pasaron a sentir alivio. 


Luego se rieron un poquito, no mucho, porque a ellos también les regañaban de vez en cuando.
Y al final sintieron algo de pena porque, por culpa del miedo, se habían perdido la oportunidad de conocer a unos nuevos amigos.
Las mamás de los monstruitos pidieron disculpas.
Las mamás del pueblo sonrieron, comprensivas.
Los pequeños monstruitos lloriqueban.
Los niños del pueblo les daban ánimos
Las mamás monstruos se llevaron a los monstruitos de las orejas-cuernos-tentáculos-lo que fuera.
Los vecinos del pueblo les dijeron adiós con la mano.
-¡Qué tarde más rara! -Dijo don Ambrosio, el cartero.
Y todos estuvieron de acuerdo con él.
Luego, poco a poco, el pueblo volvió a su vida normal.
Nadie iba a olvidar nunca la invasión de los monstruos.


sábado, 19 de julio de 2014

El paraguas rojo


Érase que se era una sombra.
Una sombra curiosa.
Una sombra fantasiosa.
Una sombra soñadora.
Una sombra nada normal.
Una sombra que no quería arrastrarse por el suelo, ni pegarse a las paredes, ni ser de un color tan feo.
Una sombra que soñaba con volar, viajar por todo el mundo y ser de muchos colores.
Una mañana lluviosa esta sombra tan curiosa, soñadora y fantasiosa se encontró con un paraguas.
Un paraguas precioso.
Un paraguas enorme, de color rojo rabioso.
Era tan bonito y tan rojo que la sombra no podía dejar de mirarlo.
Se acercó a él.
Despacito.
Con cuidado.

Lo cogió con las dos manos y, justo en ese momento...
¡FIUUUUUU!
Una ráfaga de viento tiró del paraguas.
Y el paraguas tiró de la sombra.
Y la sombra y el paraguas salieron volando.
El suelo se hizo pequeñito enseguida.
El cielo se acercó muy rápido.
La sombra sonrió.
El viento jugaba con el paraguas y la sombra reía a carcajadas.
Riendo y jugando, el viento, el paraguas y la sombra atravesaron el arco iris.
La sombra ya no era negra.
Era roja, verde, amarilla, azul, naranja y violeta...
Era una sombra feliz.
Desde entonces, agarrada a su paraguas rojo, la sombra recorre el mundo, viendo todo cuanto soñaba, riendo sin parar y llenando todo de colores.

miércoles, 2 de julio de 2014

Pobrecita Huyhuyhuy



Huyhuyhuy era una niña diminuta.
Tan pequeña, tan pequeña que podía dormir en la palma de una mano.
Tan minúscula, tan minúscula que una margarita era más alta que ella.
Huyhuyhuy vivía en un mundo donde todo, todo, era rojo. Bueno, todo menos las nubes que eran blanquirosadas.
Lo demás, todo rojo.
Su pelo era rojo.
Sus vestidos, rojos. O blancos con rayas rojas. O rojos con lunares blancos. O a cuadros rojos y blancos.
Las flores eran rojas.
La hierba, roja.
Y los árboles.
Y las hojas.
Y el otoño, por supuesto.
Y las fresas, las cerezas y las manzanas.
Y hasta los animales.
Todo, todo, era de color rojo.
Huyhuyhuy era tan pequeñita que era difícil verla. Y, además, entre tanto rojo, era muy difícil distinguirla de todo lo demás.




Así que la pobrecita Huyhuyhuy, siempre que salía a pasear, iba con mucho cuidado y con mucho miedo.
- Huyhuyhuy – decía la niña cuando se encontraba con el Sr. Gato. – Tenga usted cuidado, Sr. Gato, que estoy aquí abajo y me puede pisar.
Y el Sr. Gato, maullaba (bajito para no amedrentarla):
- Lo siento, Huyhuyhuy, pero eres tan pequeña y es todo tan rojo que no logro verte. -
- Huyhuyhuy – decía la niña cuando se encontraba conel Sr. León. – Tenga usted cuidado, Sr. León, que estoy aquí abajo y me puede pisotear.
Y el Sr. León rugía (bajito para no asustarla):
- Lo siento, Huyhuyhuy, pero eres tan pequeña y es todo tan rojo que no logro verte. –
- Huyhuyhuy – decía la niña cuando se encontraba con el Sr. Cardenal. – Tenga usted cuidado, Sr. Cardenal, que estoy aquí abajo y me puede zampar.
- Lo siento, Huyhuyhuy, pero eres tan pequeña y es todo tan rojo que no logro verte. –
Y la pobrecita Huyhuyhuy seguía paseando con mucho cuidado para que nadie la pisara, la aplastara o se la zampara sin querer.
 Un día, mientras la pobrecita y pequeñita Huyhuyhuy, se hallaba sentada en una pequeña piedra (roja), contemplando los árboles (rojos), disfrutando del otoño (rojo) y pensando en qué podía hacer para pasear con tranquilidad, vio algo sorprendente: una rana de un color que nunca, jamás, había visto.
La rana, salta que te salta, se dirigía directamente hacia donde ella estaba y la pequeña y pobrecita Huyhuyhuy dijo:
- Huyhuyhuy. Tenga usted cuidado, Sra. Rana, que estoy aquí abajo y me puede aplastar.
huyhuy. – y diciendo esto se puso sobre la pata de la rana, donde destacaba como una gota de roja sangre sobre una hoja verde, pues este era el color de la Sra. Rana.- ¿Me ve ahora? –
- Sí, jovencita, ahora sí te veo, perdona si casi te piso pero es que eres tan pequeña y es todo tan rojo que no te había visto.
- ¡Qué color tan extraño tiene usted, señora! Nunca lo había visto. ¿Cómo se llama?
- ¿Yo o mi color? Bueno, es igual. Yo me llamo Grarg y mi color se llama verde. Allí de donde yo vengo, todo es como yo: verde.
- Vaya. Seguro que si viviera allí, aunque fuera pequeña como soy, todos sabrían donde estoy. – Dijo la pequeña Huyhuyhuy con tristeza.- ¿No podría llevarme con usted Sra. Rana? Al menos allí no correré el riesgo de que alguien me aplaste, me pisotee o me zampe sin querer.

- Supongo que sí podría pero tus padres se iban a poner muy tristes si te fueras ¿no crees?

- Eso es verdad – dijo la pobrecita Huyhuyhuy, y suspirando, se sentó en la pata de la Sra. Rana y siguió contemplando pensativa el rojo paisaje.
- Pero esa no es la única solución, jovencita.
- ¿Tiene usted otra idea, señora? – Dijo Huyhuyhuy con ilusión.
- Por supuesto. Es muy fácil: iré a mi país y te traeré un sombrero, un precioso sombrero de color verde. Y, cuando te lo pongas, aunque sigas siendo tan pequeña, tan pequeña, todos podrán ver donde estás porque tu sombrero verde destacará sobre todo el rojo de tu país.
La pobrecita Huyhuyhuy se puso muy contenta. Le dio un gran beso a la Sra. Rana y esta se marchó inmediatamente a su país. A los pocos días estaba de regreso con un precioso sombrero verde que Huyhuyhuy se puso inmediatamente.
Desde ese día, todo el mundo sabe donde se encuentra la pequeña Huyhuyhuy porque su sombrero verde destaca como una esmeralda en un mar rojo.
Así que si un día vas a ese país tan rojo, tan rojo y ves un puntito verde saltar entre la hierba, ten cuidado de no pisarlo porque esa cosita verde es el sombrero de la pequeña Huyhuyhuy y, debajo, va ella.
Y si no me crees pregunta a la primera rana que te encuentres.


 
 


jueves, 8 de mayo de 2014

El lunar de Garuja


La bruja Garuja tenía un lunar.
Un lunar circular.
Un lunar super mega hiper espectacular.
Un lunar de color marrón bombón.
La bruja Garuja adoraba su lunar.
Su lunar circular.
Su lunar super mega hiper espectacular
Su lunar de color marrón bombón.
Todas las mañanas, la bruja Garuja, al mirarse al espejo, pensaba:
-¡Qué bonito lunar! ¡Qué lunar tan circular! ¡Qué lunar tan super mega hiper espectacular! ¡Qué precioso lunar de color marrón bombón!
Una mañana, al mirarse al espejo, Garuja descubrió que su lunar, su lunar circular, su lunar super mega hiper espectacular, su lunar de color marrón bombón, ya no estaba. Se había esfumado. Había desaparecido.


Garuja buscó el lunar por toda su cara, se levantó el flequillo, se bajó el labio, se miró los dientes y hasta hurgó dentro de su nariz... pero el lunar no estaba.
Luego buscó el lunar en su cuello, en sus piernas, en sus brazos, bajo los sobacos y  entre la pelusa del ombligo... pero el lunar no estaba.
Buscó el lunar en el bolsillo derecho, después en el izquierdo, dentro de sus zapatos, bajo las diez uñas de las manos y las diez uñas de los pies... pero el lunar no estaba.
-¡Ayayayayayay! -lloraba la bruja Garuja- ¿dónde está mi lunar, mi lunar circular, mi super mega hiper espectacular lunar, mi lunar de color marrón bombón?¡Ayayayayayay!
Garuja buscó en la cama, bajo la cama, detrás de la cama, al lado de la cama... pero el lunar no estaba.

Luego buscó el lunar fuera de casa, alrededor de casa, bajo la casa, al lado de su casa... pero el lunar no estaba.
Buscó el lunar sobre el caparazón de una mariquita pequeñita, bajo la pata de un búho melenudo, en la trompa de un elefante elegante... pero el lunar no estaba.
-¡Ayayayayayay! -lloraba la bruja Garuja- ¿dónde está mi lunar, mi lunar circular, mi super mega hiper espectacular lunar, mi lunar de color marrón bombón? ¡Ayayayayayay!
Al verla tan triste, la mariquita se acercó y le dio uno de los lunares negros de su caparazón, y la mariposa le regaló una mancha roja de sus alas, un pequeño ciervo le dejó una de sus manchas blancas y su amiga, el hada Granada, le regaló una pequeña estrellita dorada.
Y así uno por uno, todos los habitantes del bosque, le dieron un precioso lunar, un lunar circular, un super mega hiper espectacular lunar...


 

jueves, 17 de abril de 2014

¡Quiero un dragón!


Cierta mañana la princesa Tessa se despertó, se estiró, bostezó y dijo:
-¡Quiero un dragón!
Así, como quien pide magdalenas...
Como estaba sola en su dormitorio sólo la oyó Mimí, su gato de angora, que sabía mucho de ratones pero nada de dragones.
Así que Tessa repitió durante el desayuno:
-¡Quiero un dragón!
La reina, su madre, y su padre, el rey, la miraron, se miraron, volvieron a mirarla y respondieron:
-¡NO!
Y siguieron desayunando tan tranquilos.
Así que Tessa se puso sus botas rojas, cambió su vestidito por ropa cómoda, escribió una nota que decía: “¡QUIERO UN DRAGÓN!”  y fue en busca de un dragón.
Volvió casi enseguida porque se dio cuenta de que no tenía ni idea de dónde encontrar un dragón, cómo atraparlo y de qué forma traerlo hasta casa.


Se quitó, pues, sus botas rojas, volvió a ponerse su vestido, guardó la nota que decía: “¡QUIERO UN DRAGÓN!”, fue a la gran biblioteca del castillo y se pasó allí días y más días estudiando todo lo que se pudiera estudiar sobre los dragones. Cuando supo todo lo que podía saberse sobre los dragones, se quitó su vestido de princesa, se puso las botas, sacó la nota que decía: “¡QUIERO UN DRAGÓN!” y se fue a la montaña más alta del reino que es donde suelen vivir los dragones.
Siguiendo el olor a azufre, chamusquina y aceite para escamas marca Dragonia, Tessa encontró la enorme cueva frente a la cual dormía un enorme dragón que lanzaba unos enormes ronquidos que ponían los pelos de punta.
Tessa sacó una enorme cuerda, se acercó al enorme dragón y comenzó a atarla alrededor del enorme cuello. El dragón despertó, la miró sorprendido, miró la cuerda y preguntó:
-¿Qué haces?
-Te rapto -dijo Tessa anudando la cuerda.
-¿Raptarme? -preguntó el dragón aún más sorprendido.
-Sí. Quiero un dragón y te rapto.
-Pero yo soy más fuerte, más grande, más... todo -dijo el dragón con una enorme sonrisa llena de dientes.
-Lo sé -dijo Tessa dando un tirón de la cuerda-.

Al dragón, cuando sintió aquel tironcito y vio aquella cuerdecita y se fijó en la pequeña princesita, le entró la risa tonta y ya no pudo parar. Y jijiji por acá, jojojo por allá, se fue dejando llevar por la princesa Tessa hasta su palacio.
Cuando quiso darse cuenta... ¡PATAPAM! La puerta de una enorme jaula de oro se cerró tras él.
La princesa Tessa lo miró muy satisfecha y se fue a dormir.
A la mañana siguiente la princesa Tessa se despertó, se estiró, bostezó y dijo:
-¡Quiero un unicornio!
Así, como quien pide magdalenas... Y todo volvió a comenzar.


Halloween

  La brujita fantasmita no da miedo, ni miajita.