sábado, 21 de noviembre de 2015

Pequeño robot



Pequeño Robot quería ser un niño como todos los niños.
Jugar como todos los niños.
Tener amigos como todos los niños.
Pero cuando intentó hacer amigos, los niños no lo quisieron.
-¡Vete de aquí! -le dijeron- ¡Ni siquiera tienes ojos como los nuestros! ¡Das mucho miedo!
Pequeño Robot se fue con la cabeza baja. Habría llorado si hubiera podido,  pero con sus ojos de robot no se podía llorar.
-Papá -dijo al llegar a casa-. Quiero tener ojos como los de los demás niños.
-Eres un robot perfecto, no los necesitas... pero si es lo que quieres, te los haré.
Y el papá del pequeño robot construyó unos enormes y preciosos ojos humanos.
Pequeño Robot, la mar de contento, volvió a donde los niños jugaban.
-Ahora tengo ojos como los vuestros -dijo muy ilusionado.
Los niños dejaron de jugar y lo miraron muy fijamente.
-Nos da igual que tengas ojos. No tienes nariz. ¡Das mucho miedo!


Pequeño Robot se fue con la cabeza baja. Ahora sí podía llorar y lloró desconsolado.
-Papá -dijo al llegar a casa-. Quiero una nariz como la que tienen todos los niños.
-Eres un robot perfecto, no necesitas nariz... pero si eso es lo que quieres, te la haré.
Y el papá del pequeño robot construyó una preciosa nariz que, además de oler, podía tener mocos.
Pequeño Robot, la mar de feliz, volvió a donde los niños jugaban.
-Ya tengo ojos -dijo-, y también tengo nariz.
Los niños dejaron de jugar y lo miraron fijamente.
-Nos da igual que tengas ojos y nariz. No tienes orejas. ¡Das mucho miedo!

 
Pequeño Robot se fue con la cabeza baja. Ahora que tenía ojos y nariz, lloraba y sorbía mocos.
-Papá -dijo al llegar a casa-. Quiero un par de orejas como la de los otros niños.
-Eres un robot perfecto, no necesitas orejas... pero si es lo que quieres, te las haré.
Y el papá, con mucha paciencia, le construyó un par de magníficas orejas.
Pequeño Robot, la mar de alegre, volvió a donde los niños jugaban.
-Ya tengo ojos -les dijo-, y nariz, y también orejas.
Y entonces le dijeron que no tenía una boca como la suya.
Y Pequeño Robot se la puso.
Luego le dijeron que no tenía pelo, que si era de metal, que si los zapatos, que si los pantalones, que si las camisetas...
Poquito a poquito, Pequeño Robot fue cambiándose todo, hasta que los niños dijeron:
-¡Eh, ahora sí que pareces un niño como nosotros! ¡Ahora podemos ser amigos!
Y Pequeño Robot se sintió feliz.


¡Por fin era un niño como todos los niños!
-¡Papá! - dijo al llegar a casa- ¡Ya tengo amigos!
Y el papá de Pequeño Robot lo miró muy triste y dijo:
-Eras un robot perfecto, no necesitabas ser como ellos, pero si eso es lo que quieres...
Todo fue bien durante un tiempo pero, un día, otro pequeño robot casi idéntico a él se acercó y los niños le dijeron:
-¡Vete de aquí! ¡Ni siquiera tienes ojos como los nuestros! ¡Das mucho miedo!
Y aquel robotito se fue con la cabeza baja y muy triste.
Pequeño Robot se quedó muy pensativo y, al llegar a casa, se miró al espejo.
Se miró largo rato desde todos los lados.
Se miró los ojos, la nariz, las orejas...  Se miró durante mucho rato.
Y no se reconoció.
Aquél del espejo no era Pequeño Robot.
-Papá -dijo-, quiero ser yo.  Quítame estas cosas.
Y el papá del pequeño robot, la mar de contento, se lo quitó todo: las ropas, el pelo, la boca, las orejas, la nariz, los ojos...
Cuando acabó,  Pequeño Robot volvió a mirarse al espejo.
Se miró largo rato desde todos los lados.
Se miró durante mucho rato.
Sí, aquel sí que era él.
Un pequeño robot metálico y si aquellos niños no lo querían así, es que no lo querían de verdad.
Al día siguiente los niños no quisieron jugar con él pero a Pequeño Robot no le importó.
Ya no quería ser un niño como todos los niños.
Ahora sólo quería ser Pequeño Robot.
Y cuando el otro robotito llegó con sus nuevos ojos, dispuesto a cambiarse del todo para poder tener amigos, Pequeño Robot se acercó a él, le contó su historia y empezaron a ser amigos.

viernes, 6 de noviembre de 2015

Paisaje pleistoceno


Os invito a pasear
por un paisaje pleistoceno,
aquí podremos merendar
y pasar un rato ameno.

Hay todo tipo de animales
en este lugar maravilloso,
algunos son muy curiosos,
otros son muy hermosos,
los hay de tamaño grandioso,
los hay que son valerosos
y también los hay miedosos,
poderosos, armoniosos, peligrosos y vellosos.

Si miramos con cuidado
y observamos con detalle
si nos estamos callados
y nos asomamos a ese valle,
contemplaremos asombrados
(si nos deja ese aye aye)
el espléndido panorama
que se oculta tras tanta rama.





El dinoterio Emeterio se lo toma todo en serio,
piensa en cosas aburridas mientras come su elaterio.
Eleuterio el megaterio se toma un refrigerio
y charla con gran criterio
con su amigo el paleoterio.

El tranquilo toxodonte contempla el horizonte
vigilando de reojo al felino esmilodonte
el cual persigue a un bisonte
que charla con un mastodonte
yendo camino del monte.

En lo alto de una loma
un curioso hocico asoma
un pequeño y raro homínido
mira con aire tímido
a un par de hiperiones
que suben por una loma
huyendo con aire aturdido
de dos o tres fieros leones.





Hay gacelas, cocodrilos,
hienas, un megantereon,
tres artiodáctilos,
un tigre diente de sable
y una cebra amigable.

Hay un ciervo gigante,
tres grandes bóvidos,
varios curiosos équidos,
dos hipopótamos y un elefante.
La noche empieza a caer
en este extraño lugar
ya es casi hora de cenar
será mejor que nos marchemos,
otro día volveremos
para dar otro paseo
en un tranquilo atardecer.

miércoles, 28 de octubre de 2015

Halloween


Es su noche, la gran noche, cuando los monstruos pueden salir,
mezclarse con la gente, pasear como si nada y hasta comer regaliz.
Es la noche, la gran noche, noche de Halloween.
Monstruos,  vampiros, fantasmas y momias.
Gatos muy negros y brujas con cofias.
Hombres lobos que aúllan, búhos que ululan,
ratas y arañas peludas.


Esqueletos sonrientes y zombis malolientes.
Todos se preparan, se reparan, se dan lustre, se acicalan.

 
-¡Al fin, por fin, llegó, ya está aquí, Halloween!
Y todos contentos y bien arreglados
salen a la calle en grupos, de dos, de tres o de cuatro.
Es su noche, la gran noche, cuando los monstruos pueden salir,
mezclarse con la gente, pasear como si nada y hasta comer regaliz.
Es la noche, la gran noche, noche de Halloween.
Esta noche no sabrás
al lado de quién estarás.


Aquella bruja piruja con sus tacones de aguja,
¿será alguien con disfraz o será bruja de verdad?
Y ese zombi con bombín,
¿será alguien disfrazado o es que siempre es así?
Ese señor con colmillos puede que sea un vampiro,
o puede que sólo sea el bueno de Casimiro.
Y ese fantasma elegante
puede que sea fantasma o puede ser doña Violante.
Es su noche, la gran noche, cuando los monstruos pueden salir,
mezclarse con la gente, pasear como si nada y hasta comer regaliz.
Es la noche, la gran noche, noche de Halloween.

viernes, 16 de octubre de 2015

Aburrimiento


Cuando el príncipe Adrián se aburría se ponía de lo más insoportable.
-Me aburro -se quejaba a la reina.
-Me aburro -le contaba al rey.
-Me aburro -se quejaba a su paje.
-Me aburro -le decía a la cocinera, el jardinero, los guardias, las doncellas, el bufón, las hormigas, los pájaros y a un señor con mostacho que pasaba por allí.
Por fortuna, esto no solía pasar muy a menudo ni duraba demasiado.
Hasta que llegó un día que, nadie sabe por qué, el aburrimiento no se iba y el príncipe Adrián estuvo todo el día quejándose de aburrimiento en todos los tonos de voz posibles.


Lo decía muy bajito.
-Me aburro.
Lo decía gritando:
-¡Me aburro!
Lo decía triste.
Lo decía enfadado.
Lo decía al revés:
-Orruba em.
En inglés:
-I’m bored.
Y hasta lo intentó en japonés.
Lo decía haciendo el pino, saltando a la pata coja, cantando como un tirolés y hasta hablando en chino.
Y siguió diciéndolo hasta que se fue a dormir.
Y al día siguiente, igual.
Y al otro.
Y al otro.
Y pasó una semana y el príncipe Adrián seguía aburrido.
Su hado padrino, preocupado, fue a hablar con los reyes:
-Me he enterado de que el dragón Aburrimiento está a punto de llegar al reino para raptar al príncipe y llevarlo a su reino, Aburrido, donde pasará el día junto a otros príncipes sin nada que hacer y bostezando.

-¿Qué podemos hacer? -preguntó el rey- ¿Llamo a los magos? ¿Busco brujas? ¿Tienes tú algún hechizo?
-Nada de eso funciona -contestó el hado padrino-. Lo único que puede salvar al príncipe es que deje de aburrirse. No hay nada que espante más al dragón Aburrimiento que un príncipe pasándoselo bien. Pero tiene que hacerlo él solo, nada de ayuda. El príncipe debe aprender a no aburrirse sin ayuda.
Y así se le dijo al príncipe Adrián.... que no hizo mucho caso y siguió con su me aburro por aquí y me aburro por allá.
Hasta que el dragón Aburrimiento llegó a las mismas puertas del castillo y pidió que le entregaran al príncipe:
-Si en dos días no me lo habéis entregado -dijo el dragón Aburrimiento-. Yo mismo entraré a por él.
Entonces, sí que se preocupó el príncipe Adrián que, inmediatamente, se puso a buscar cosas con las que no aburrirse.
Lo primero que se le ocurrió, a saber por qué, fue ponerse a cantar.
Cuando comenzó a aburrirse de eso se puso a saltar a la comba.


Cuando eso también lo aburrió corrió a por su pelota.
Naturalmente, al rato se cansó, así que pasó a jugar al pilla pilla con su sombra.
Luego jugó con muñecos.
Se le estaban acabando las ideas cuando, al mirar al dragón Aburrimiento, vio que había comenzado a desaparecer.
Pensó con más fuerza.
Se sentó en el jardín y miró las nubes imaginando formas.
Jugó a que era un valeroso caballero.
Subió a los árboles.
Imaginó que era un pirata.
Hizo pasatiempos.
Dibujó.
Y, por fin, ya agotado, se metió en la biblioteca y leyó hasta quedarse dormido.
Tan dormido que no oyó el rugido que lanzó el dragón Aburrimiento al desaparecer.
Desde entonces, el príncipe Adrián, no ha vuelto a quejarse de aburrimiento. No porque no se aburra sino porque, cuando se aburre, usa su imaginación para encontrar algo divertido que hacer.

Halloween

  La brujita fantasmita no da miedo, ni miajita.