martes, 3 de mayo de 2016

Hada madrina


La princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- tenía, como todas las princesas de cuento, un hada madrina.
El hada madrina de la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún-, se llamaba Satina.
Satina, el hada madrina de la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- era un hada madrina estupenda, buenísima, muy atenta pero, sobre todo, era un hada cansada, agotada y derrengada porque la princesa Tessa, del reino de Cundalán -justo a lado de Gundapún-, era la princesa más caprichosa, perezosa y latosa de todo el mundo de los cuentos, y tenía a la pobre Satina todo el día de acá para allá y de allá para acá sin tiempo ni para hacerse un moño en condiciones.
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! -gritaba la princesa Tessa por la mañana- ¡Necesito vestidos nuevos!
Y  Satina, el hada madrina, se ponía la bata a toda prisa, se colocaba dos pinzas en el pelo, cogía la varita y salía corriendo al dormitorio de la princesa para hacer aparecer unos preciosos vestidos mientras la princesa Tessa, del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- desayunaba tan pancha en la cama.

-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! -gritaba la princesa Tessa durante el desayuno- ¡Quiero unas magdalenas que no engorden!
La pobre Satina, medio dormida y sin haber tomado ni un café, movía tres veces la varita y hacía aparecer unas magdalenas enormes y riquísimas que no engordaban nada.
Y así seguía la princesa durante todo el día:
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero un príncipe que me lleve al baile!
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero aprobar sin estudiar!
.¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero un dragón que me rapte pero que me rapte poquito!
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Llévame a la feria!
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero que transformes en carroza esta calabaza!
Hada madrina esto, hada madrina aquello, hada madrina por aquí, hada madrina por allá.... La pobre Satina iba todo el día con la lengua fuera, el moño a medio hacer, la ropa arrugada y con ojeras hasta los pies. 
Estaba el hada madrina tan cansada, tan agotada y tan derrengada que decidió pedir al Gran Consejo de Hadas Madrinas un cambio de princesa o, al menos, unas vacaciones. Pero el Gran Consejo respondió:
-Todas nuestras hadas están ocupadas por lo menos, por lo menos, hasta dentro de mil años así que tendrás que seguir siendo el hada madrina de la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- hasta nueva orden.
Y a la pobre Satina no le quedó más remedio que seguir aguantando a la caprichosa princesa.
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero zapatitos de cristal! -gritaba la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- cuando Satina intentaba dormir la siesta y el hada, con legañas y despeinada, corría a dar tres pases de varita para hacer aparecer unos zapatitos de cristal.
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero que mi pelo sea rubio como el trigo rubio! -gritaba la princesa Tessa del reino de Cundalán- justo al lado de Gundapún- cuando Satina se estaba dando un baño y el hada, empapada y enfadada, corría a dar tres pases y transformar el cabello de la princesa en una preciosa melena rubia.
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Este bufón me aburre, conviértelo en sapo! -gritaba la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- cuando Satina acababa de sentarse a comer y el hada, masticando, con la servilleta al cuello y el tenedor en la mano, corría a dar tres pases de varita y convertir al pobre bufón en un gordo sapo.
Pero un día...
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡En mi cama hay un guisante y quiero que lo hagas desaparecer!  -gritó la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún-.
Pero Satina, el hada madrina, no apareció.
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Ven, hada madrina! -volvió a gritar la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún-.
Pero Satina, el hada madrina, siguió sin aparecer.
-¿Hada madrina? -preguntó la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- ¿Dónde estás, hada madrina?
Y en ese momento... ¡PUF! En medio de una nube de color rosa, apareció un pergamino que decía:
“Cansina Princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún-:

Me voy.
Lo dejo.
Me largo.
Abandono mi puesto como Hada Madrina.
Ya no aguanto más tus caprichos y tus tonterías.
No soporto que me llames cada dos por tres, ni cada tres por cuatro, en cualquier momento del día, de la tarde o de la noche que a ti se te antoje. Aún tengo la brecha en la frente que me hice al salir corriendo de la ducha por atender tu última llamada.
No te aguanto. No te soporto.
Eres una niñata caprichosa, malcriada y mimosa.
A partir de ahora te tendrás que apañar tú solita.
Y como ya no quiero aguantar a más princesas bobas, a partir de hoy me paso a la brujería.
Así que ahí te quedas.
No vuelvas a llamarme.
Te lo advierto.
A menos que quieras acabar transformada en gata de angora, déjame en paz.
Saludos de

Satina, antigua hada madrina y futura bruja piruja”.


La princesa, un tanto perpleja, giró el papel.
Lo puso del revés.
Se lo acercó a la cara.
Lo alejó.
Lo volvió a girar.
Lo miró fijamente durante un rato... y entonces recordó que ella no sabía leer. No lo necesitaba. Tenía criados, doncellas, a papá, a mamá y a su hada madrina para que le leyeran lo que necesitara ser leído.
Así que la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún-  abrió la boca.
Tomó aire.
Y gritó a todo gritar:
-¡Hada Madrinaaaaaaaa! ¡Hada Madrinaaaaaaa! Rrrrr…. Miaaaauuu…. ¿Miau?
Aquella noche notaron en palacio que faltaba la princesa y que sobraba una gata.
A la princesa nadie la extrañó demasiado.
A la gata todo el mundo le cogió cariño.
Ah, y Satina, el hada madrina, resultó un desastre como bruja piruja.

jueves, 14 de abril de 2016

El vendedor de nubes


Tristram era una ciudad gris, muy gris, y triste, muy  triste.
Grises eran los edificios.
Grises las personas.
Grises las calles y los parques.
Gris el cielo y el río.
Todo, todo, era gris y todo, todo era triste, muy triste.
Allí nadie reía.
Nadie sonreía.
Nadie jugaba.
Nadie se divertía.
Sus habitantes estaban tan acostumbrados a su ciudad que ni se daban cuenta de lo gris que era.
Sin embargo, los forasteros enseguida lo notaban y, lo que es peor, se contagiaban de esa tristeza y, al poco tiempo, eran tan tristes y grises como los demás.
Por eso ya nadie visitaba Tristram.
Y por eso la llegada de Mauricio llamó tantísimo la atención: porque era el primer forastero que llegaba a la ciudad en muchos, muchos, muchísimos años.
Bueno, que vistiera de colores también tuvo que ver, claro.


Y que viajara montado en una elefanta de color rosa.
Y que la elefanta cargara con un montón de maletas, otro montón de libros, varios instrumentos musicales, una sombrilla, una planta, un loro, un mono y una ratita con un precioso vestidito rojo.
Pensándolo bien, lo extraño habría sido que Mauricio no llamara la atención.
Los coches se paraban para dejarlo pasar.
Los automovilistas sacaban las cabezas por las ventanillas.
Las aceras se llenaban de gente con las bocas muy abiertas y los ojos como platos.
Se abrieron todas las ventanas, todos los balcones, todas las terrazas para ver aquél curioso espectáculo.
Todos murmuraban y se preguntaban unos a otros sobre aquél hombre tan extraño.
¿Quién era?
¿De dónde venía?
¿A qué se dedicaba?
¿Formaría parte de un circo?
¿Sería un loco peligroso, un rico aburrido, un explorador perdido?
¿Qué venía a buscar a Tristram?
¿Por qué viajaba en elefanta?
  


¿Y por qué la ratita llevaba un vestido rojo si ese color no le sentaba bien?
Y Mauricio, muy derecho y sonriente sobre su elefanta, seguía adelante saludando con la mano como si todo aquello fuera lo más normal del mundo.
Cuando llegó a la gran plaza que ocupaba el centro de la ciudad, Mauricio se bajó de la elefanta, descargó las maletas, descargó los libros, descargó la planta, la sombrilla y, con ayuda del loro, el mono y la ratita, montó en un pis pas un precioso kiosco (nadie sabe cómo) y colocó un gran cartel de colores que ponía:
SE VENDEN NUBES
-Ahora está claro, ese hombre es un loco -dijo una señora muy elegante.
-¡Se venden nubes, menuda ocurrencia! -dijo un señor muy formal.
-¿Cómo va a vender nubes? ¡Qué tonterías! -dijo el heladero.
Todos y cada uno de los habitantes de Tristram hablaron y opinaron sobre aquello.
Y todos y cada uno de los habitantes de Tristram opinaron que aquello era una locura.
Pero, eso sí, todos y cada uno de los habitantes de Tristram acabaron pasando por aquel curioso kiosco:
-A curiosear -decían las señoras.
-A echar un vistazo -decían los señores.
-A ver las nubes -decían los niños.
-A investigar -decían los policías.
Todos y cada uno de los habitantes de Tristram tenía una excusa para ir hasta allí.
De modo que cuando Mauricio abrió su kiosco, había una cola larguísima de personas deseando saber qué era aquello. 



La primera de la fila era una niña. Muy seria, muy gris, y muy triste, como todos en aquella ciudad.
-¿Es verdad que vende nubes? -preguntó.
-Sí, es verdad -respondió Mauricio.
-Me encantaría tener una, por favor -dijo la niña.
Y Mauricio, silbando, fue a la parte trasera del kiosco y volvió con una preciosa y vaporosa nube.
Rosa, como su elefanta.
-¿Te gusta? -preguntó Mauricio.
-¡Me encanta! -dijo la niña- ¡Ahora tendré el tutú más bonito de todos los tutús del mundo! ¿Cuánto cuesta? -volvió a preguntar.
-Una sonrisa -contestó Mauricio-. Justo como esa que me acabas de dar.
Porque, efectivamente, la niña antes tan seria, tan gris y tan triste, estaba sonriendo de oreja a oreja y así se fue, con su preciosa nube a modo de tutú, sonriendo y bailando.
Tras ella, llegaron dos hermanos, un niño y una niña. Tan serios, grises y tristes como el resto.
Y Mauricio les dio una nube a cada uno. Dos preciosas y esponjosas nubes sujetas a un hilo que, al unirse, formaban un brillante arco iris.
A una señora con su bebé, le dio una nube mullidita que le sirviera de cuna.
A un jardinero, una nube gris para que la usara para regar.
A un señor con pinta de explorador, le entregó una nube con cesta para que viajara en ella, como si fuera un globo.
A una señora con mucha imaginación, una nube para que hiciera castillos en el aire.
Otra señora usó su nube como si fuera un abrigo.
Y un señor la puso en su comedor.
Tenía Mauricio nubes para todos, de todo tipo y condición: nubes para hacer columpios, nubes para pasear sentaditos en ellas, nubes que llovían chuches,  nubes para estar en casa, nubes para imaginar y nubes para acompañar.
El único precio que pedía Mauricio era una sonrisa.
Nada más.
Y nada menos.
Al final del día, todos y cada uno de los habitantes de Tristram tenía su propia nube y todos y cada uno de ellos sonreían como nunca habían sonreído.
La ciudad ya no era una ciudad gris y triste.
Aquella misma noche, Mauricio, recogió su kiosco, los libros, las maletas, la planta, la sombrilla, el loro, el mono y la ratita y, todos sobre la elefanta rosa, en silencio y sin decir adiós, salieron de la ciudad.
Allí ya había cumplido su misión, tocaba buscar otro sitio donde vender sus nubes.

miércoles, 6 de abril de 2016

Los monstruos de Nina



Me llamo Nina y no tengo miedo a los monstruos.
Ni al monstruo que se esconde en el armario.
Ni al monstruo que se esconde bajo la cama.
Ni al monstruo que se esconde tras las cortinas.
Ni siquiera al que se sienta en la silla y se disfraza de ropa cuando lo pillan.
No señor, no me dan ningún miedo.
Ya no necesito luces encendidas por la noche.
Ni meterme bajo las mantas.
Ni esconder la cabeza bajo la almohada.
Nada de nada.
Porque ya no les tengo ningún miedo.
Antes sí que me lo daban pero, un día, me puse a hablar con  ellos y dejaron de asustarme.
Primero conocí a Netvor, el monstruo de la silla, una noche que hacía mucho frío y lo veía tiritar. 


Cuando ves a un monstruo pasando frío, ya no te puede asustar:
Le dejé una de mis mantas y nos pusimos a charlar.
Me contó que ellos no nos quieren asustar,  que se aburren mucho y les gustaría jugar, por eso entran en nuestros dormitorios pero, luego, como son muy tímidos, no se atreven a hablar.
Me dijo que no es cierto que sólo salgan de noche, lo que pasa es que el resto del día estamos tan distraídos con tantísimas cosas que no nos fijamos en ellos.
-¿Y los mayores? -le pregunté-. ¿Por qué ellos no os ven nunca?
-Pues porque son mayores, y ya.
Y me contó, además, que cuando los niños gritamos ellos se asustan muchísimo y les dan ganas de llorar.


A la noche siguiente conocí a Tirvor, el monstruo del armario.
Abrió la puerta salió, tropezó con mis muñecas y... ¡zas!, se  cayó.
Cuando ves a un monstruo tropezar, ya no te puedes asustar.
La tercera noche le tocó el turno a Dodó, el monstruo que se esconde bajo la cama. Las pelusas le hicieron cosquillas en la nariz y lo oí estornudar.
Cuando oyes estornudar a un monstruo, ya no te puedes asustar.
El último en aparecer fue Pogor, el monstruo que se oculta tras las cortinas. El pobre es tan torpe que no encontraba el modo de salir de entre tanta tela.
Cuando ves a un monstruo tan liado, ya no te puede asustar.
Ahora son mis amigos y pasamos los días juntos.
Jugamos.
Nos reímos.
Me cuidan.
Nos cuidamos.
Y, por las noches, cuando todo el mundo está dormido, nos reunimos en mi cuarto y charlamos muy bajito.
Por eso no temo a los monstruos, porque cuando te ríes con ellos ya no te pueden asustar. 

Halloween

  La brujita fantasmita no da miedo, ni miajita.