miércoles, 28 de noviembre de 2018

CARTONPIEDRA

 Cartonpiedra era una caja grande, triste, arrugada y agujereada que había sido abandonada junto a los contenedores de basura. 

—¡Pobre de mí! —decía Cartonpiedra— ¡Me van a aplastar y trocear y hacer otras cosas mil! ¡Ay, ay, pobre de mí! 
El viento, que siempre acaba pasando por todos los sitios y en ese momento pasaba por allí, viéndola llorar y suspirar, temblar y tiritar, sintió mucha pena y quiso ayudarla.  
Así que sopló y sopló con mucha fuerza y, medio volando, medio arrastrando, se la llevó hasta un descampado, casi, casi un prado, en medio de la ciudad, con un parque justo al lado. 
—¡Aquí la dejo, doña Caja! Ya no irá a la basura. A partir de ahora, su vida es suya. 
Y allí quedó Cartonpiedra, sin saber muy bien qué hacer, aparte de mirar a los insectos, las lagartijas, los pájaros, los ratones, las nubes, el sol, la luna, las estrellas...  
El primer día lo pasó bastante entretenida porque todo era nuevo. 
El segundo, un poco menos, porque no pasaba nada demasiado interesante. 
Para el tercero, comenzó a cansarse de tanto animalito, tanta hierba y tantas nubes. 
Al llegar el cuarto día, Cartonpiedra ya no soportaba el aburrimiento. 
Y venga otra vez a llorar, y vuelta otra vez a quejarse: 
—¡Pobre de mí! —decía— ¡Qué sola estoy aquí! ¡Cómo me aburro! ¡No tengo con quien hablar, ni con quien jugar ni na de na! 

El viento, que siempre acaba pasando por todos los sitios y en ese momento pasaba por allí, la vio, otra vez, llorar y suspirar, temblar y tiritar y volvió a sentir pena de la caja, aunque no tanto como la otra vez, eso sí.  
Así que sopló y sopló con bastante fuerza y, medio volando, medio arrastrando, la dejó en el parque justo, justo al lado de Adriana. 
Adriana era una niña pequeña, regordeta, con gafitas y coletas. Una niña pizpireta con una imaginación muy despierta que, en ese momento, estaba muy, muy, pero que muy aburrida. 
Adriana, sorprendida, miró a Cartonpiedra. 
Cartonpiedra, asombrada, miró a Adriana. 
Adriana nunca había visto una caja taaan grande. 
Cartonpiedra nunca había visto una niña, ni grande, ni pequeña, ni na. 
A Adriana, mirando a Cartonpiedra, se le fue poniendo cara de pensar, luego se le fue poniendo cara de imaginar y, al cabo de un rato, se le puso cara de eureka, que es la cara que se le pone a uno cuando se le ocurre una idea. 
—¡Serás una casa preciosa! —dijo a Cartonpiedra, que no entendió nada. 
Adriana, con mucho esfuerzo, tumbó la caja, cogió sus muñecas, unas piedras, unos palos y se metió dentro de ella.  
Y ahí se estuvo un buen rato, jugando, hasta que apareció su amigo Iván. 
Iván, sorprendido, miró a Cartonpiedra. 
Cartonpiedra, menos asombrada que antes, miró a Iván. 
A Iván, que era muy rápido, enseguida se le puso cara de eureka y dijo: 
—¡Serás un barco estupendo! 

Como Adriana estuvo de acuerdo, a partir de ese momento, Cartonpiedra fue un barco pirata, pero no un barco cualquiera, no, sino el mejor barco pirata de los siete mares completos. 

Y así estuvieron un buen rato, jugando, hasta que apareció su amiga Paula. 
Paula, sorprendida, miró a Cartonpiedra. 
Cartonpiedra, que ya no se asombraba, miró a Paula. 
A Paula le llevó un poco más pasar de la cara de imaginar a la cara de eureka, pero, al fin, tras un rato, ella también lo consiguió. Y dijo: 
—¡Serás un avión de pasajeros!  
Como Adriana e Iván estuvieron de acuerdo, a partir de ese momento, Cartonpiedra fue un enorme avión de pasajeros que volaba a lugares muy lejanos. 
Y así estuvieron un buen rato, jugando, hasta que apareció su amigo Hugo. 
Hugo, sorprendido, miró a Cartonpiedra. 
Cartonpiedra casi ni miró a Hugo. 
Hugo fue el que más tardó en poner cara de imaginar porque le daba mucha pereza ponerse a ello. Cuando, al fin, llegó a la cara de eureka, dijo: 
—¡Serás un castillo estupendo!  
Como Adriana, Iván y Paula estuvieron de acuerdo, a partir de ese momento, Cartonpiedra fue un castillo, lleno de almenas y de torres. 
Amigo tras amigo, niño tras niño, eureka tras eureka, Cartonpiedra pasó a ser un tren, una nave espacial, un submarino, un globo, una cocina, un restaurante, un centro comercial, una farmacia, la consulta de un médico, un estudio de televisión, un platillo volante y un montón de cosas más. 
Al final de la tarde, los niños, agotados y encantados tras horas de diversión e imaginación, se despidieron de Cartonpiedra. 
Y la caja volvió a quedar sola, pero esta vez no lloraba ni suspiraba, ni temblaba ni tiritaba, ni se quejaba. Esta vez, Cartonpiedra, pensaba y silbaba, pensaba y cantaba, pensaba y casi, casi bailaba. 
El viento, que siempre acaba pasando por todos los sitios, y en ese momento pasaba por allí, la encontró tan feliz que tuvo que preguntar qué había pasado. 
—¡Ay, señor Viento! ¡Que estoy muy contenta! Ya no estoy triste ni sola, ni aburrida ni nada. He encontrado muchos, muchos amigos, que me quieren y juegan conmigo. Hoy hemos estado toda la tarde pasándolo bien y mañana volverán. Y también pasado mañana y al otro, y al otro... ¿No es genial? 
El viento, contento al ver a la caja tan feliz, sopló y sopló, levantó a Cartonpiedra y, durante un rato, bailó con ella, dando vueltas y más vueltas, para celebrar su felicidad. 
Luego, con suavidad, la puso de nuevo en el suelo, le dio un último empujoncito y se marchó a soplar en otro lado. 
Cartonpiedra quedó allí, feliz, soñando con sus nuevos amigos y los juegos que estaban por llegar... 


(Publicado en el libro "Una historia por una sonrisa")

martes, 29 de mayo de 2018

Charcos



Lo mejor de la lluvia son los charcos.
Charcos tan pequeños que sólo caben tres gotas.
Charcos tan grandes que casi se puede bañar un oso.
Charcos marrones de barro.
Charcos negros de suciedad.
Charcos escondidos bajo baldosas sueltas que te mojan a traición.
Charcos de todos los tamaños y todas las formas.

Charcos para saltar dentro.
Charcos para saltar por encima.
Charcos para rodear y charcos en los que casi, casi se puede nadar.
Charcos para caer de culo y quedar empapados.
Charcos que te llenan los zapatos de agua.
Charcos con hojas donde viajan las hormigas.
Charcos frescos donde beben los pájaros.
Charcos para esquivar antes de que pase un coche.
Charcos donde el agua ni se mueve.
Charcos llenos de olas muy pequeñas.
Charcos donde navegan barquitos de papel.
Charcos para chapotear, salpicar, saltar y bailar.
Charcos para jugar.
Sí, sin ninguna duda, lo mejor de la lluvia son los charcos.

domingo, 18 de marzo de 2018

RASSS… SHHH… SHHH… RASSS…


Esta noche hay  tormenta, y no brilla la luna
yo no me puedo dormir y ya es casi la una.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss...
Se oyen roces bajo mi cama.
—¡Qué bien, un monstruo me viene a asustar!
Me alegro y aplaudo a rabiar.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss...
Una enorme cola llena de escamas,
golpea y se agita en la oscuridad.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Unas largas garras, de uñas muy negras,
suben muy despacio por mi manta nueva.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss...
—¡Ayayay, qué miedo! ¡Menudo canguelo!

Digo, y me subo la manta hasta los hoyuelos.

Ahí viene, ahí llega,
ya asoma la enorme cabeza.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss...
Unos ojos muy grandes me miran con sorpresa
y tras ella aparece un hocico lleno de pelos.
Y bajo el hocico un bigote,
un bigotito de nada, de tamaño caramelo
un mostacho tan ridículo, tan minúsculo y estúpido
que me entra la risa quiera o no quiera.
El monstruo me mira muy serio:
—¿Por qué te ríes? ¿Por qué no tiemblas?
¿Por qué no lloras ni te lamentas?
—Perdone usted señor don monstruo,
pero no lo puedo evitar,
creí que iba  a asustarme mucho
y a pasar mucho miedo.
pero al ver su bigote
me entra la risa y no puedo parar.

El monstruo, muy ofendido,
lanza un rugido feroz,
de esos que quitan el hipo,
pero ni con esas me olvido
de un bigote tan atroz.
Así que enfadado y molesto
el monstruo se va
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Me quedo en la cama mirando al techo,
el pobre monstruo se lo tomó muy a pecho.
Si se hubiera quedado sólo un ratito,
seguro que ahora seríamos amigos.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
¿Qué es eso que oigo? ¿Otro monstruo quizás?
Seguro que con este sí me voy a asustar.

—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Oigo resoplidos, jadeos, bufidos…
Algo tira de mi manta.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
—¡Ayayay, qué miedo! ¡Menudo canguelo!
Digo, y me tapo hasta los hoyuelos.
Sigo esperando pero nada aparece,
nasa se asoma,  nada se ve,
o este monstruo es invisible o vete tú a saber.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
De pronto una garra se posa en el colchón,
con un arf y con un ¡plof!
Y tras ella jadeando y sudando
un monstruo no más grande que yo.
Con sus cuernos, y sus dientes
y sus uñas sucias.

Con sus pelos y su cola
y su mal aliento.
Pero pequeño, pequeño,
tamaño llavero.
—Perdone usted, don Monstruo, pero no da miedo.
—¿Nada? ¿Ni un poquito?
—Nada, lo siento.
—Eso me pasa por ser tan pequeño.
Dando un suspiro el pequeño monstruo
se lanza hasta el suelo
y rueda que te rueda
bajo mi cama se mete de nuevo.
Ahora que se ha ido, me río y me río.
Pobre monstruito tan pequeñito
lo que le costó subir hasta aquí
para que enseguida se tuviera que ir.

—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Vaya, vaya, vaya, otro monstruo llega
aunque ya me empieza a dar mucha pereza.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Mi cama se separa del suelo,
lo que esté debajo debe ser enorme,
la cama se mueve,
menudo mareo.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
El monstruo al respirar
me sube y me baja,
como no se pare
me voy a marear.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Noto que mi cama vuelve a su sitio,
contra la ventana una sombra negra
que lo cubre todo, es gigantesca.

—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Este monstruo sí que asusta.
Este monstruo sí me aterra.
Este monstruo igual se queda.
Abre la enorme bocaza,
y menuda dentadura.
Con horribles colmillos,
incisivos y molares
todos ellos amarillos
y más de uno con caries.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Me quedo quieto, muy quieto,
esperando un gran rugido,
de esos que hacen temblar
y hasta te duele el oído.

Con las orejas tapadas,
asustado y encogido,
espero que el monstruo
suelte su gran berrido.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
—Buenas noches, ¿cómo estás?
Me dice una voz de pito,
una voz de niña fina,
un voz que no da miedo,
ni me asusta, ni me espanta.
Me quedo un rato parado,
así como asombrado,
mirando al monstruo más feo,
más grande y más horrendo
que en lugar de un vozarrón
tiene esa vocecita.

Y no lo puedo evitar,
me tengo que carcajear.
Río y río sin parar.
El pobre monstruo se va,
avergonzado y triste,
de verdad que está muy mal,
pero es que no puedo parar.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Pobre monstruo, bien lo siento,
ojalá me pudiera disculpar.
Quizás mañana lo haga,
si me vuelve a visitar.
Pero esta noche ya vale,
de monstruos y de pamemas,
que ya es tarde y mañana tengo que ir a la escuela.

—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Me asomo bajo la cama y digo a la oscuridad:
—Buenas noches, señores monstruos,
siento si les he molestado,
disculpen ustedes mi risa,
intentaré evitarlo.
Mañana si ustedes quieren
podemos volver a intentarlo.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Se oyen roces y arañazos,
cosas que corren y se escurren,
estos monstruos, en el fondo,
son todos unos buenazos.


sábado, 20 de enero de 2018

Rimas alfabéticas


Foca
Fina refina la foca patina,
fino refino el faisán alucina,
la foca tan fina afila el patín
y el fino faisán afina el violín.
Arregla su falda la foca refina
y su mostacho atusa el fino faisán
Fina refina la foca patina,
fino refino el faisán alucina.






Grillo

El grillo agripado
le grita a la grulla
que vuele a la gruta
y calle el graznido
del grajo agraviado.
El grajo agraviado
tragando su grano
le grita a la grulla
que deje la gruta
y siga su ruta.
La grulla agraciada
y bastante cansada
gravita graciosa
hasta la cascada
y deja que el grillo y el grajo
griten y graznen,
hasta que se cansen.

Hipo

Hipólito Hipopótamo de hipo sufría
y el hipocampo Heriberto de él se reía.
El hipo de Hipólito no se detenía
y Heriberto Hipocampo no lo padecía.
Hipólito Hipopótamo hipaba de día
hipaba de noche
hipaba por la tarde
y hasta a mediodía.
Mientras Heriberto se carcajeaba
tan alto
tan fuerte
tan a mandíbula batiente
que el hipo, curioso, lo miró fijamente
y saltó sobre Heriberto
así, de repente.
Heriberto Hipocampo de hipo sufría
y el hipopótamo Hipólito de él se reía.


Iguana

Mueve la iguana indolente e impaciente
su Iridiscente iris de irisados colores
que irradian irreales resplandores,
irritada porque unos insectos impertinentes
zumban en los alrededores
provocando en la iguana indolente
insomnio inclemente.



Halloween

  La brujita fantasmita no da miedo, ni miajita.