sábado, 18 de agosto de 2012

La varita mágica





Carola soñaba con tener una varita mágica: la pedía para Reyes, la pedía para su cumple, la pedía por sacar buenas notas, la pedía todos los días pero nadie le regalaba una varita.


Quiso comprarla ella misma con los ahorros que guardaba en su hucha pero nadie sabía donde se vendían las dichosas varitas mágicas.


Preguntó a todo el mundo cómo podía conseguir una pero nadie parecía tener ni la menor idea sobre varitas mágicas o no mágicas.


Hasta que su abuela, cansada de oírla todo el santo día que si quiero una varita por aquí, que si quiero una varita por allá, la hizo sentar a su lado y le contó que ella podría ayudarla a hacerse su propia varita mágica pero que debía hacerle caso en todo lo que le dijera o la varita no valdría absolutamente para nada.



Carola, por supuesto, aceptó re-encantada que es mucho más que encantada pero mucho menos que requete-encantada porque, para estar re-encantada Carola habría tenido que conseguir esa varita sin trabajo alguno pero, bueno, menos da una piedra y a caballo regalado no le mires el diente y bla, bla, bla... O sea, que Carola aceptó obedecer a su abuela sin rechistar y su abuela comenzó con la lista de condiciones.


-Lo primero -le dijo su abuela-,  es desear de verdad, de verdad, pero de verdad, con todo el corazón, con todo el alma y con todo lo que haga falta, tener una varita mágica.


-Eso está “chupao” -dijo Carola-. Yo quiero mi varita con todo eso que dices, y mucho más, abuela.


Su abuela  asintió y continuó diciéndole que la varita sólo debía ser usada para el bien y nunca jamás para el mal y, tras decir esto, le soltó un discurso sobre el bien, sobre el mal, sobre la generosidad, sobre el egoísmo, sobre la verdad, sobre la mentira y bla, bla, bla... (a Carola esto del “bla, bla, bla” le gustaba muchísimo).


Carola asentía a todo lo que su abuela decía intentando mantener los ojos muy abiertos y diciendo a todo ajá, ajá, ajá...” y, de vez en vez, muy bien... vale... sí...”, mientras pensaba que eso no iba a suponer ningún problema pues, sin la menor duda, ella quería la varita para hacer cosas buenas: transformar a la tonta de Mariana en un sapo lleno de verrugas horrorosas -y, además, conseguir pasteles-, hacer desaparecer el bigote del profe de música que era un antipático de tomo y lomo -y, además, conseguir pasteles-, estropear un poquito la bicicleta del presumido de Mario -sin olvidar conseguir pasteles-, aprobar el examen de mates -y los pasteles... no te olvides los pasteles-. Y todo eso -pasteles incluidos- eran cosas buenas ¿verdad? De modo que cuando su abuela terminó el largo, larguísimo discurso sobre el bien y el mal, Carola pudo decir con total y absoluta seguridad que su varita mágica sólo sería empleada para hacer el bien, faltaría más (y, además, para conseguir pasteles).



-Entonces -dijo su abuela-, lo primero que necesitas es una rama.


-Muy bien-, dijo Carola comenzando a levantarse.


-Una rama- Carola volvió a sentarse- de un árbol centenario, el más longevo del lugar donde lo encuentres.


-Vale-, dijo Carola poniéndose, nuevamente, en pie.


-Una rama -Carola se sentó de nuevo- de un árbol plantado y cuidado con amor.


-Estupendo-. Y Carola se separó levemente del sillón.


-Una rama -Carola se dejó caer sobre su asiento poniendo los ojos en blanco-, no cortada, sino caída.


-Genial-, y Carola intentó, nuevamente, levantarse.


-Una rama -Carola miró a su abuela con cara de pocos amigos porque empezaba a sospechar que lo estaba haciendo adrede- recogida durante el cuarto menguante.


-El cuarto menguante, ajá-, Carola, como quien no quiere la cosa, alejó lentamente su cuerpo del asiento del sillón, mirando de reojo a su abuela...


-Una rama -Carola reprimió un gritito y volvió a sentarse tan bruscamente que se mordió la lengua- de castaño o roble. Tras conseguir esa rama -continuó la abuela-, esperarás al cuarto creciente para descortezar y untar la varita con cierto aceite mágico que debéis comprar a la  señora Dora a cambio de una cesta con pan, miel y frutas


-¿A la bruja? -preguntó Carola estremeciéndose.


-A la bruja -contestó su abuela sonriendo-. Una vez hecho esto, al llegar la luna llena y durante siete noches, dejarás la rama bajo la luz lunar para que se llene de magia y tú te limitarás a sentarte junto a ella y pensar en todas esas cosas buenas que quieres hacer con tu varita para llenarla de sueños. Una vez pasada esa semana, la varita estará lista para que la decores a tu gusto y preparada para funcionar.



-¿Y ya está? -dijo Carola sorprendida- ¿Eso es todo?


-Sí, ya está -respondió la abuela-. Eso es todo.


Y, diciendo esto, la abuela se levantó y se marchó.


Carola sabía perfectamente donde encontrar madera que decía la abuela: en el jardín trasero de una enorme casa no lejos de la suya tenían plantado un enorme castaño centenario que, según le habían contado, fue plantado por el dueño de la casa hacía tres siglos para que una hija suya, muy enferma, pudiera verlo desde la ventana de su dormitorio. Desde entonces, el castaño había sido cuidado con mucho cariño y mucho mimo, como si formara parte de la familia.


El problema era saltar la gran valla, entrar en el jardín, esquivar al perro, recoger la rama y luego salir de allí a toda pastilla. Carola pensó que lo mejor era pedir ayuda a sus amigos Jorge y Carlos cosa que ellos no dudaron en hacer porque nada les gustaba más que una buena aventura nocturna y porque Carola les prometió que ellos también tendrían su varita mágica.


Aquella misma noche, Carola, Carlos y Jorge, fueron hasta la gran casa y treparon el muro que rodeaba el jardín, saltaron dentro y comenzaron a avanzar ocultándose entre las sombras. Todo parecía ir estupendamente hasta que, a pocos metros del centenario castaño, apareció un enorme, inmenso, descomunal perro negro con unos enormes, inmensos, descomunales colmillos blancos que, plantado frente a ellos, gruñía amenazadoramente bajito. Los tres niños se quedaron quietos, muy quietos, tan quietos como estatuas.



El perro dio un paso hacia delante sin dejar de gruñir, y los niños dieron un paso hacia atrás sin dejar de mirarlo. Volvieron a quedarse muy quietos los cuatro, el perro gruñendo y enseñando los colmillos, Carola mirando al perro y mordiéndose las uñas, Carlos mirando al perro y diciendo ayayayayayayay”, y Jorge mirando al perro y rebuscando en los bolsillos de su pequeña mochila.


El perro volvió a dar un paso hacia delante. Carlos y Carola dieron un paso hacia atrás. Jorge, sin embargo, dio un paso hacia el animal con la mano derecha adelantada. Sus amigos lo miraban con los ojos muy abiertos pensando que se debía haber vuelto loco y esperando que el enorme perro, en cualquier momento, le arrancara la mano de un mordisco. Entonces, el perro dejó de gruñir, se puso a olfatear la temblorosa mano de Jorge y, a continuación, abrió su enorme bocaza... para zamparse las golosinas que el niño había traído por si acaso. Una vez calmado el animal, los niños pudieron llegar hasta el árbol y recoger una ramita para cada uno. Luego, dejando al perro comiendo las últimas golosinas, salieron de allí todo lo aprisa que pudieron... y más.


Ahora había que ir a por el aceite mágico. Reunir pan, miel y fruta fue bastante sencillo. Lo difícil fue reunir el valor suficiente para acercarse a la casa de la señora Dora, una anciana arrugada y de nariz ganchuda, que vivía sola a la entrada del bosque y que todos los niños sabían que era una bruja malvada.


Los niños intentaron retrasar ese momento todo cuanto les fue posible pero el cuarto creciente estaba cerca y, si querían sus varitas, debían conseguir el aceite. Así que una tarde oscura y lluviosa, tomaron la cesta y, asustados y encogidos, fueron a casa de la señora Dora que, a la mortecina luz de la encapotada tarde, tenía un aspecto siniestro. Una ventana del piso superior golpeaba y chirriaba empujada por el viento, las ramas de los árboles cercanos golpeaban la casa y las ventanas iluminadas semejaban ojos malignos y vigilantes. Cuando llegaron al porche un gato negro salió corriendo de la nada, haciéndoles gritar y saltar espantados. Una vez lograron retornar los corazones a su sitio, Carola dio tres fuertes golpes en la puerta de entrada. Nada se oyó en el interior. Tras un rato de espera, Jorge volvió a golpear en la puerta. Les volvió a responder el silencio. Tras otro rato, tocó el turno a Carlos quien, tragando saliva, se aproximó a la puerta, alzó el puño y lanzó un enorme grito cuando un monstruo de cara ceñuda y de color verde pistacho apareció de repente ante él. Le costó un rato percatarse de que era la señora Dora con una horripilante mascarilla facial. Cuando dejaron de gritar como locos (Carola y Jorge también se habían llevado un buen susto), la bruja les hizo pasar. Los niños entraron y se quedaron muy quietos en la entrada, contemplando una casita que no se diferenciaba en nada de la casa de cualquiera de sus abuelas. La señora Dora, que ya sabía a qué venían, les entregó una botellita a cada uno y, cuando ellos le entregaron a su vez, la cesta que le habían traído, les dio las gracias con una enorme sonrisa que hizo a los niños pensar que, a fin de cuentas, la señora Dora no era la bruja que ellos habían creído hasta entonces.



Dos días después, llegó el cuarto creciente y los niños pudieron limpiar y encerar la rama. Tuvieron que esperar un mes para la llegada del plenilunio y, tal como había dicho la abuela de Carola, dejaron las varitas bajo la luz de la luna.


Los tres amigos estaban ansiosos y nerviosos. Llevaban semanas imaginando lo que iban a hacer con sus respectivas varitas, las docenas de chuches que iban a obtener, los juguetes que iban a conseguir y los pasteles que se iban a zampar. Soñaban con volar, con hacerse invisibles, con transformarse en animales, con ayudar a amigos y castigar a enemigos, con hacer desaparecer al profe de mates, con viajar a la luna... Soñaban y soñaban y soñaban, esperando el momento en que, por fin, pudieran hacer realidad todos sus sueños.


Y llegó el gran día y los tres amigos se dispusieron a usar sus varitas. Pero no pasó nada. Quizás estaban haciendo algo mal, pensaron, y volvieron a intentarlo. Siguió sin pasar nada.. Se les ocurrió que, tal vez deberían dejarla una noche más bajo la luz de la luna, pero ni así. Probaron pidiendo cosas para ellos, probaron haciendo magia para otros, probaron durante días todo lo que se les ocurrió... pero las varitas no funcionaban ni mucho, ni poco, ni nada.


¡Menudo chasco! Las varitas sólo eran trozos de madera sin magia ninguna.


Pero ninguno de ellos se animó a romper su varita porque, en el fondo, sabían que sí habían hecho algo de magia con ellas: habían vivido una estupenda aventura, habían llenado sus días de sueños maravillosos y se lo habían pasado genial.


Carola, Jorge y Carlos guardaron las varitas con sus tesoros más preciados y, de vez en cuando, las sacaban para jugar a que eran grandes magos y no permitían que nadie dudara de la magia de aquellas tres preciosas varitas.






sábado, 19 de mayo de 2012

La máquina del tiempo


Hoy hace exactamente un año menos cinco minutos que el profesor Inteligente Cerebrín inventó la máquina del tiempo. Ya, ya sé que nadie ha oído hablar de tan maravilloso invento y eso es porque nadie -excepto el profesor Cerebrín, Ithorm el extraterreste, una mosca que por allí revoloteaba y yo- sabe que esa máquina existe. Y nadie sabe que existe porque el profesor no se lo ha dicho a nadie. Y no se lo ha dicho a nadie porque su máquina del tiempo tiene los siguientes y “pequeños” fallos:


Primero, que la máquina del tiempo sólo puede ser utilizada el primer lunes de cada mes, exactamente a las seis de la tarde, ni medio poquito antes ni medio poquito después. Si la pones en marcha antes de esa hora, la máquina se pone a cantar alguna canción de moda a voz en grito y desafinando una barbaridad, si la enciendes después de las seis para lo único que sirve es para calentar la leche (y si le caes bien, te la chocolatea).


Segundo, la máquina del tiempo sólo puede ser usada por el profesor Inteligente Cerebrín y por nadie más. La única vez que el profesor intentó hacer viajar en el tiempo a otro ser vivo, utilizó a un gato cojo que acabó transformado en un perro afónico, que a su vez acabó transformado en un búho bizco, que a su vez se convirtió en una lagartija obesa, que a su vez mudó a ornitorrinco con orejas, y así hasta un total de ciento veinte transformaciones hasta que, por fin, logró devolverlo a su condición de gato, sin cojera pero sin rabo. El profesor no ha querido probar con otro ser humano por si acaba transformándose en el monstruo de las nieves o algo peor.

 
Tercero, la máquina del tiempo sólo viaja hasta el día 11 de junio del año 2002 a las 13:05, no se puede ir más atrás ni se puede ir más adelante, sólo hasta ese día y a esa hora.  Cuando se intenta ir más atrás, el reloj se vuelve tarumba y acaba bailando una jota, y si se intenta ir más adelante, el reloj se pone serio y sermonea a todo el mundo.


El pobre profesor Cerebrín, triste y apagado, por el fracaso de su máquina, estaba ya pensando en guardarla para siempre cuando se le ocurrió que, quizás, tal vez, posiblemente, pudiera viajar a aquel día tan soso y tonto, para contarse a sí mismo unas cuantas cosas interesantes que pudieran hacerle rico y famoso.


Y tal como lo pensó, lo hizo. De modo que el primer lunes del mes de marzo, justo a las seis de la tarde, ni medio segundo antes ni medio segundo después, el profesor Cerebrín se metió en su máquina del tiempo para viajar hasta el día 11 de junio del año 2002 y buscarse a sí mismo.


El pobre pensaba que sería facílisimo pero qué va, no hubo manera. 

 
Comenzó intentando ir a su laboratorio antes de su hora de salida pero llegó tarde porque, inexplicablemente, se tropezaba con todo el mundo (con alguno hasta dos veces), resbaló con cuatro cáscaras de plátano, pisó diez cacas de perro, estuvo a punto de ser atropellado por tres coches y un carrito de bebé con el que se encontró al doblar una esquina impactó de lleno en su estómago dejándolo sin respiración durante un largo rato.


Intentó luego encontrarse en su propia casa, pero tampoco tuvo suerte porque de camino para allá le pilló una tormenta que lo dejó calado hasta los huesos, una viejecita a la que le quiso preguntar la hora le dio de bastonazos pensando que quería robarle el monedero, un perro lo persiguió durante tres calles y media, se metió en un barrio que no recordaba y acabó perdido, agotado, derrengado, deslomado y tirado sobre un banco de un parque que no conocía. En fin, que fue todo un completo desastre y el profesor Cerebrín decidió volver al presente con la ropa hecha un asco y lleno de magulladuras, mordeduras, heridas y contusiones diversas.


Después de esto el profesor tuvo claro que lo mejor que podía hacer con su máquina del tiempo era llevarla al trastero y olvidarla para siempre. 

 
Y allí está, junto con otros acumuladores de polvo, perdón, quise decir junto con otros inventos del profesor Inteligente Cerebrín: el teletransportador que sólo te teletransporta hasta la Luna (un restaurante famoso en Gerhinburg, no el satélite), el lector de pensamiento que sólo lee mentes británicas, el robot inteligente que es más bien tirando a tonto, la máquina de invisibilidad que sólo te vuelve un poquito transparente, la dieta para adelgazar que te hace engordar y otros cuantos más.


Mientras, el profesor Cerebrín sigue investigando e inventando cosas inútiles junto a su amigo Ithorm un extraterrestre regordete que conoció en el viaje de prueba de una nave espacial que usaba como combustible gominolas de limón. Pero, si no os importa, mejor lo dejo para otro día.




sábado, 12 de mayo de 2012

¡Quiero un perro!




-¡Quiero un perro!- decía María al levantarse cada mañana, justo entre los buenos días y el desayuno.

-¡Quiero un perro!- insistía María al llegar del colegio y antes de sentarse a comer.

-¡Quiero un perro!- repetía María mientras su madre le daba la merienda.

-¡Quiero un perro!- volvía a decir María ya en la cama, justo entre el último beso y el primer ronquido.

Y así llevaba desde que tenía unos cinco años, dando la matraca, erre que erre y sin cansarse. Ni ella ni, al parecer, sus padres, que se negaban a regalarle un perro usando todas esas excusas que usan los mayores: que si es mucha responsabilidad, que si es mucho dinero, que a ver qué hacemos con él en vacaciones, que si hay que bañarlo, vacunarlo, alimentarlo, sacarlo de paseo, que si se iba a cansar a los dos días, que si patatín, que si patatán, que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá... bueno, ya sabéis lo pesados que se ponen los padres.

 
El caso es que, por mucho que lo pidiera, María seguía sin perro pero, para compensar, sus padres decidieron regalarle un precioso y aburrido pez de colores con el que no se podía jugar absolutamente a nada. María pasó aquella tarde con cara de aburrimiento, viendo al pececito girar y girar y girar, mientras ella pensaba en la manera de conseguir un perro por su cuenta.

Y cuando el pez de colores iba por la vuelta dos mil quinientos veinticinco y medio, María tuvo una estupenda idea que decidió poner en marcha de inmediato. Cogió el pez, la pecera, la comida para el pez y se largó corriendo a casa de su amigo Nico (bueno, corriendo no, que entonces se le caería el agua de la pecera, más bien caminando muy deprisa). 


 
Nico tenía una tortuga que le había regalado su tío Roberto, que no estaba mal pero él, manías suyas, hubiera preferido tener un pez... Un pez que le habrían comprado si su tío no le hubiera regalado la dichosa tortuga. De modo que cuando Maria le ofreció cambiar el pez por la tortuga, Nico no lo dudó, le entregó a María la tortuga y su terrario, cogió el pez y la pecera, se intercambiaron las comidas y cada uno se marchó por su lado la mar de contentos.

Pero la historia continúa...

Al día siguiente, María cogió tortuga y terrario y se fue tarareando y dando saltitos (hasta que la pobre tortuga acabó completamente mareada) a casa de su amiga Natalia.

 
Natalia tenía un hámster, un hámster precioso y muy listo pero le había cogido mucho miedo desde una vez en que lo quiso coger y el hámster, enfadado, le lanzó un mordisco. Así que cuando María le ofreció cambiar el hámster por la tortuga, Natalia le dijo que sí sin pensárselo ni dos segundos.

María estaba contentísima porque todo parecía ir viento en popa.

Al otro día, María cogió la jaula del hámster y se fue a toda prisa a casa de su amigo Juan.

 
uan tenía un precioso, blanco y muy estirado gato. A Juan le habría gustado mucho el gato que le había regalado su tía Engracia... sino fuera porque, gracias a él, había descubierto que era alérgico a estos preciosos felinos, así que estuvo encantado de cambiarlo por el pequeño hámster que María le ofrecía.

María estaba tan cerca de conseguir lo que siempre había querido que no pudo esperar ni un día más y, cogiendo la jaula del gato, salió corriendo a casa de Marga.

A Marga le habían regalado un perro, un precioso pastor inglés, de esos que tienen un flequillo tan gracioso, un pequeño cachorro que encantaba a todo el mundo... excepto al hermanito de Marga que tenía un miedo tremebundo a los perros de modo que, cuando María le ofreció cambiar su perro por el gatito de Juan, Marga aceptó enseguida.

En ese momento María se sintió la niña más feliz del universo. ¡Por fin tenía el perrito con el que siempre había soñado! Era tan feliz que casi había olvidado que sus padres no querían perros en casa... casi.

María entró en su casa con el perrito en brazos, algo asustada por si la obligaban a deshacerse de él pero decidida a pelear para que le permitieran quedarse con él. Fue directamente al salón y, tras la sorpresa y la lluvia de preguntas, contó todo lo que había hecho para conseguir aquel cachorrillo.

Sus padres se quedaron muy callados durante un buen rato y luego pidieron a María que fuera a su dormitorio donde la niña esperó jugando con el perrito y temiendo lo que pudieran decirle.

Al cabo de un rato, sus padres la llamaron.

María acudió, preocupada y preparada para recibir malas noticias, pero sus padres la esperaban sonrientes y le comunicaron que, viendo lo mucho que lo deseaba y lo mucho que había trabajado para lograrlo, habían decidido que podía quedarse con el perro.

Y entonces sí que María gritó y saltó y bailó de alegría.

¡Por fin había logrado su pequeño gran sueño!

domingo, 6 de mayo de 2012

El disfraz de Irina

La mamá de Irina Katrina era bruja. Y su hermana mayor, y su hermana pequeña, y su abuela, y su tatarabuela, y su tataratatarabuela. Vamos, que por si no os habéis dado cuenta, en la familia de Irina Katrina sólo nacían chicas y todas ellas eran brujas... Bueno, todas, excepto una: Irina Katrina.


Irina Katrina no entendía por qué ella era la primera y única no bruja de la larguísima lista de mujeres de su familia. Y tampoco lo entendía el resto de su familia mágica. Su madre decía que no tenía importancia, su abuela decía que quizás se arreglara con el tiempo, su bisabuela la miraba siempre con el ceño fruncido, su tatarabuela la miraba con pena y su tataratatarabuela llevaba años buscando una solución aunque sin demasiado éxito. Entretanto, Irina, fingía que la cosa no tenía demasiada importancia y aprendió a hacer de  todo sin necesidad de recurrir a la magia, incluso cosas que alguien de su edad no sabría, como coser, cocinar, cambiar enchufes, arreglar un grifo y docenas de cosas más. Era su forma de compensar su incapacidad mágica.

Por eso, al llegar carnaval (unas fiestas que le encantaban), Irina cosía su propio disfraz, sin ayuda mágica ni de otro tipo. De la mágica, porque no quería, y de la otra porque no había quien se la diera: su madre no sabía ni cómo coger una aguja, ni tampoco sus hermanas, ni la abuela, ni la bisabuela, ni la tatarabuela y en cuanto a la tataratatarabuela daba igual que supiera porque no tenía manos, ni pies, ni cabeza, ni nada que se pareciera a un cuerpo ya que hacía muchos años que tan sólo era una vaporosa y brillante nube de color malva.


Pero este carnaval la cosa era bien distinta, el colegio había convocado un concurso de disfraces e Irina quería presentarse y, por supuesto, ganarlo, sobre todo desde que se enteró de que una de sus competidoras era su gran rival, la insoportablemente presumida e insufrible cabeza de chorlito, Tatiana Svetlana que, desde muy pequeñas, se había burlado de ella de todas las maneras posibles y hasta de las imposibles.

Irina Katrina se pasó días y más días dándole vueltas a su disfraz pero ninguno la convencía, uno era demasiado normal, el otro era poco original, el de más allá era muy complicado, el de acullá seguro que se le había ocurrido a Tatiana, aquel era feo y ese otro era peor aún, y así iba desechando una idea tras otra hasta que se quedó sin ideas.

Y fue entonces cuando se le ocurrió usar la magia. No la suya, claro, que ya hemos dicho que ella no tenía ni un cuarto de átomo mágico en todo su cuerpo, pero en su casa había libros, libros enormes, antiguos, polvorientos y llenos de conjuros, hechizos, sortilegios y todas esas cosas mágicas. Irina pensó que no tenía más que ir a la biblioteca que habían instalado en el desván, buscar un libro que hablara de transformaciones, seguir las instrucciones y, ¡tachán!, tendría el mejor disfraz de todos y ganaría a la tontaina de Tatiana Svetlana.


Pensado, dicho y hecho, Irina subió a toda prisa las escaleras y fue directamente hacia donde sabía que estaba guardado el Gran Libro de Conjuros, Hechizos y Recetas Mágicas. Era un libro enorme, pesado y polvoriento (daba igual cuanto se limpiara, siempre tenía polvo) y a Irina le costó mucho trabajo llevarlo hasta la mesa cercana.

Irina lo abrió y rápidamente encontró los conjuros transformadores y escogió el que parecía más sencillo de realizar. Sólo necesitaba tiza traída de las lejanas montañas donde viven los trolls, velas hechas con cera de abeja del país de las hadas, papel fabricado por duendes y tinta fabricada por treinta elfos cojos y aquello en lo que quería ser transformada... y todo eso lo tenía allí mismo.

Dibujó un gran círculo en el suelo con la tiza de troll y lo rodeó con las velas de hada, en el centro puso una preciosa hadita de porcelana que siempre le había encantado y que le parecía un disfraz perfecto. Luego tomó el papel de duende y anotó cuidadosamente el conjuro con la tinta de elfo. A continuación se puso ella misma junto al hada de porcelana y pronunció lentamente el hechizo.

El círculo se llenó de luz y en el aire resonó el estruendo de diez truenos (quizás once). Una especie de tifón azulado levantó a Irina del suelo y la hizo girar como una peonza y cuando todo acabó... Cuando todo acabó Irina Katrina descubrió que, efectivamente, el conjuro había funcionado y ella se había transformado en una preciosísima hada... de porcelana.


¡Pobre Irina Katrina! No podía moverse, ni gritar, ni rascarse la nariz que le estaba picando horrores. Y ahí se tuvo que quedar toda la tarde, porque su madre había salido a tomar café con sus amigas, su hermana mayor había ido al cine, su hermana pequeña estaba en un cumpleaños, su abuela estaba visitando a su tía, su bisabuela estaba durmiendo, su tatarabuela andaba en el jardín y su tataratatarabuela estaba haciendo lo que sea que hacen las nubes de color púrpura por las tardes. De modo que en casa sólo estaban ella, el gato pianista  que siempre andaba a lo suyo y el hada de porcelana que no es que fuera una gran compañía.

Tras varias horas de picores en diversas partes del cuerpo, olisqueos de ratones, patitas de insectos, una casi rotura por culpa del gato, un ataque de nervios de la madre de Irina y un gran revuelo, por fin, su hermana mayor encontró el círculo, el libro y a las dos haditas y no le costó demasiado adivinar  lo que había ocurrido. Afortunadamente para Irina a su madre no le costó demasiado deshacer el hechizo y para la hora de la cena, Irina volvía a ser Irina.




Por supuesto se llevó una bronca monumental de su madre, sus hermanas se estuvieron riendo de ella días y días, su abuela le hizo chocolate y se lo llevó a la cama, su bisabuela sonrió un poquito (tan poquito que nadie lo notó), su tatarabuela soltó una lagrimita y su tataratatarabuela se volvió un poco menos púrpura y algo más azulada mientras pensaba que quizás, quizás, Irina Katrina sí que tenía, como mínimo, la mitad de un cuarto de átomo de magia.

Tras semejante desastre, Irina decidió volver a la aguja y el hilo para hacerse el disfraz ella misma, y era un disfraz precioso pero sólo consiguió quedar segunda, algo que le habría encantado sino fuera porque la ganadora fue, nada más y nada menos, que la repipi Tatiana Svetlana quien, a partir de ese día, se volvió mucho más insoportable que antes.

Halloween

  La brujita fantasmita no da miedo, ni miajita.