viernes, 5 de abril de 2013

Nada es lo que parece VI

Ilustraciones de Eliz Segoviano.



CAPÍTULO SEXTO




No había dado tres pasos cuando algo pasó raudo a su lado, le dio un golpecito y lanzó el mismo alarido de antes:

-¡Tuuuuuuuuuuuuuuuuuuuvaaaaaaaaaaaaaaaaash!

Ayla siguió andando sin hacer caso del monstruo que, inmediatamente, volvió a pasar a su lado a toda velocidad y volvió a gritar:

-¡Tuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuvaaaaaaaaaaaaaaaaash!

-¡No, no y no! ¡No la llevo! ¡No puedo llevarla! ¡Tengo cosas importantes que hacer!

Y el canguro con pajarita roja apareció otra vez ante ella:

-Pues ya sabes, si no la quieres, pásala....

-¡Aaaargh... está bien! -Ayla dio un golpecito al canguro- ¡Tú la llevas!

El canguro, sin moverse del sitio, le devolvió el golpecito:

-No, la llevas tú.

-No, tú -dijo Ayla.

-No, tú -dijo el canguro.

-La llevas tú -y Ayla le dio un tirón a la pajarita.

-No... la llevas tú -y el canguro le tiró de la nariz.

-Tú la llevas -insistió Ayla.

-La llevas tú -repitió el canguro.

Charlie el monstruo los miraba como quien mira un partido de tenis. Giraba la cara a la derecha, giraba la cara a la izquierda, y luego otra vez a la derecha, y después a la izquierda, a la derecha, a la izquierda, a la derecha, a la izquierda...

-La llevas tú -decía Ayla.

-No, la llevas tú -insistía el canguro.

-No, tú -proclamaba la una.

-No, tú - afirmaba el otro.

Y así una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, hasta que Charlie el monstruo rodó por el suelo completamente mareado.

Ayla y el canguro con pajarita siguieron, y siguieron, y siguieron hasta que el canguro, bostezando, dijo:

-Esto ya no es divertido -y se sentó en el suelo.

-Pues no, nada divertido -dijo Ayla, y se dejó caer al suelo al lado del canguro.

-Noiiidooooo -dijo Charlie el monstruo, que aún rodaba mareado sobre hojas y ramas.

-¿Entonces no es cierto que el bosque esté lleno de cosas terroríficas? -preguntó Ayla al cabo de un rato.

-¡Tonterías! Lo más terrorífico que puedes encontrar en este bosque es a Charlie o a alguno de sus familiares con exceso de gases, ya sabes -y, al decir esto, el canguro puso los ojos en blanco y agitó la mano frente a su nariz.

Pasaron un agradable rato allí sentados, en mitad del bosque, mientras compartían una estupenda merienda que el canguro sacó de su bolsa -lo cual resultaba de lo más asombroso teniendo en cuenta el tamaño que parecía tener- y hablaban sobre esto, aquello, lo otro y lo de más allá. Ayla se enteró así que aquel canguro de pajarita roja se llamaba Jackie, que Jackie no era canguro sino cangura, que Charlie -a pesar de su tamaño- era casi un bebé y por eso hablaba de aquella manera tan rara, que en el bosque habitaban otros como Charlie pero que no había más canguros, que Jackie extrañaba mucho a su familia pero que era muy feliz en aquel bosque y que las Montañas de las Pesadillas le daban un miedo atroz aunque nunca jamás había estado en ellas ni ganas que tenía.
En cuanto Charlie -que en ese momento perseguía a unos curiosos animales con grandes alas de mariposa y cuerpo de hipopótamo- escuchó las palabras: “Montañas de las Pesadillas”, corrió a esconderse en los brazos de Jackie. En su alocada carrera pisoteó el mantel con los restos de la merienda que acababan de disfrutar, haciendo volar platos, tazas, cubiertos, restos de tarta, trozos de fruta, migajas de sándwiches y servilletas, que acabaron cubriendo a Ayla. Esta, una vez se libró del último trozo de sándwich -que se había instalado cómodamente en su coronilla-, se encontró con que la pobre canguro había caído aplastada bajo el enorme corpachón del monstruito que, aferrado a ella, temblaba como una hoja.

Costó bastante trabajo tranquilizar a Charlie y convencerlo para que soltara a la pobre Jackie pero, al fin, la tranquilidad regresó al pequeño claro del bosque y, mientras el pequeño monstruo andaba entretenido con el lento paseo de unos lombrajos -lombrices con cabeza de ajo-, Ayla decidió que, por muy a gusto que se sintiera con sus nuevos amigos, era ya el momento de ponerse en marcha y enfrentarse a lo que sea que le esperara en aquellas siniestras montañas.

Se despidió de Jackie y Charlie con mucha pena, muchos abrazos y muy pocas ganas de marcharse, pero apenas había comenzado a andar, cuando Charlie se puso a darle golpecitos y a gritar:

-¡Tuvash! ¡Tuvash! ¡Tuuuuuvaaaaaaash!

-No puedo jugar, Charlie, debo irme.

Pero Charlie insistía:

-¡Tuvash!¡Tuvash! ¡Tuuuuuvaaaaash!

Y a Ayla lo único que se le ocurrió en aquel momento fue dar un golpe a un árbol cercano y decir:

-¡Tú la llevas! ¿Ves? Yo ya no la llevo, ahora la lleva el señor árbol -dicho lo cual se dispuso a seguir su camino.

Y entonces un extraño crujido hizo que se detuviera en seco. ¿Qué era eso? Ayla miró a Charlie y a Jackie. Jackie y Charlie miraron hacia lo alto. Ella también hizo lo mismo y, cuando lo hizo, vio que el árbol al que había dado el pequeño golpe, movía pesadamente una de sus ramas hasta tocar el árbol más cercano al tiempo que se oía un profundo retumbar que a Ayla le sonó a algo así como:

-¡TÚUUUUUU LAAAAAAAAA LLEEEEVAAAAS!

El árbol tardó casi media hora en decir la frase y en tocar al árbol vecino porque los árboles todo lo hacen muy, muy, muy despacio. Ayla recorrió lo que quedaba de bosque acompañada por los crujidos de las ramas y el retumbar de las profundas voces de los árboles, sin poder creerse aún que los árboles estuvieran jugando al Tú la llevas”.

-Y el caso es que parece que se lo están pasando genial -dijo Ayla al Aire, que andaba entretenido con unas hojas.

-Eso parece -dijo el Aire, y movió el flequillo de Ayla.

-Ya que estás aquí de nuevo, ¿podrías explicarme por qué me dijiste que este bosque estaba lleno de cosas terroríficas?

-Yo nunca dije eso -contestó el Aire, y le hizo cosquillas en la nariz.

-Bueno... -respondió Ayla pensativa-, dijiste que había cosas muy feas en él.

-Cierto -y el Aire voló hasta las flores más cercanas-, y no te mentí: Jackie y Charlie no es que sean precisamente guapos, ¿verdad? -dicho esto desapareció con una rápida ráfaga que levantó hojas, pétalos y ramitas.

Ayla abrió la boca para responder pero la verdad es que debía reconocer que el Aire tenía razón, así que volvió a cerrar la boca y continuó su camino pensando en todo lo que había pasado y en lo que aún estaba por pasar.



jueves, 28 de marzo de 2013

Nada es lo que parece V


Ilustraciones de Eliz Segoviano.




CAPÍTULO QUINTO




Al cabo de un rato Ayla se percató de que el camino la llevaba directamente hacia un bosque de aspecto sombrío, que parecía esconder en su interior cosas bastante desagradables.

-¿No se podría rodear ese bosque en lugar de atravesarlo? -preguntó Ayla al Aire.

-No -respondió el Aire en su oído derecho.

-¿Y hay cosas muy feas ahí dentro? -volvió a preguntar Ayla al Aire.

-Sí -volvió a contestar el Aire en su oído izquierdo.

-No me vas a contar nada más, ¿verdad? -dijo Ayla un poco molesta.

-Verdad -respondió el Aire revolviendo el pelo de Ayla y dando por concluida la conversación.

El bosque se encontraba ya a pocos metros y cada vez que Ayla pensaba en la clase de monstruos y bestias que podía encontrar en aquel lugar tan oscuro y frío, le flojeaban las piernas. El miedo quiso obligarla a correr en sentido contrario pero, antes de que tuviera tiempo de conseguirlo, Ayla se encontró rodeada por los enormes y centenarios árboles del tenebroso bosque.

La niña se obligó a ir con cuidado, a vigilar cada sombra, a sospechar de cada ruido, aunque lo que de verdad le apetecía era hacer caso al miedo y salir corriendo a la máxima velocidad que pudieran sus piernas. Cualquier pequeño crujido la hacía saltar y cualquier minúsculo movimiento la hacía detenerse con el corazón a punto de escapar por su garganta.

De improviso algo pasó a toda velocidad junto a Ayla. Ese mismo algo, sin detenerse, le tocó el brazo y ese mismo, mismísimo algo, emitió un sonido parecido a: ¡Tuuuuvaaaashhhhh!”, o algo por el estilo. Ayla se giró en la dirección hacia la que la cosa había corrido pero no vio nada. El silencio y la quietud volvieron al bosque y Ayla siguió su camino con más cautela que antes.

Y entonces volvió a ocurrir: la misteriosa sombra pasó a su lado tan velozmente que lo único que pudo ver fue un montón de hojas que volaban en todas direcciones, y la misma voz de antes volvió a lanzar aquel extraño: “¡Tuuuuvaaaaaaaaaashhhhh!”. Volvió Ayla a girarse para intentar averiguar qué cosa monstruosa era esa que la acosaba, pero tampoco esta vez vio nada más que las hojas y ramitas que salían despedidas en todas direcciones al paso de “aquello”.

Ayla estaba cada vez más asustada. ¿Qué era esa cosa? ¿Era animal, vegetal o mineral? ¿Por qué la acosaba de aquella manera tan extraña? Se quedó quieta y esperó que aquello volviera a aparecer, pero tras unos minutos de espera sin que regresara, decidió seguir adelante.

Y entonces, cuando menos se lo esperaba, volvió a ocurrir.

Una ráfaga de aire, un toque en el hombro y aquel curioso alarido: “¡Tuuuuuvaaaaash!”

Ayla se dio la vuelta rápidamente y se quedó sentada -una vez más- en el suelo del susto que se llevó al encontrarse frente a un canguro con una ridícula pajarita de color rojo brillante que, cruzado de brazos, le espetaba:

-Bueno. ¿Qué? ¿Juegas o no juegas?

-¿Qué? ¿Cómo? -preguntó Ayla dando muestras de su gran inteligencia y sin poder apartar la vista de la llamativa pajarita mientras se ponía en pie.

-¡Que si juegas o no juegas! -repitió el canguro con los brazos en jarras.

Ayla no entendía nada. Hacía un momento estaba convencida de que la atacaba algún monstruo sanguinario, y ahora un canguro con una pajarita la mar de fea le preguntaba no sé qué sobre jugar. Tanta caída le debía de estar afectando al cerebro... aunque los golpes los estaba recibiendo en el lugar opuesto.

-Yo creía que este bosque estaba lleno de monstruos -dijo Ayla mientras frotaba su dolorido trasero.

-¿Monstruos? ¿Quieres decir como ese de ahí atrás? -respondió el canguro señalando algo que se encontraba a la espalda de Ayla, quien, lentamente, se giró para toparse con una gran cara azul que la miraba fijamente con cuatro ojos verdes (los de arriba mucho más grandes y verdes que los de abajo), una bocaza llena de dientes afilados y una enorme lengua babeante.

Ayla dio un salto hacia atrás y en ese momento el monstruo decidió abrir la enorme bocaza y gritar:

-¡Tuuuuuuuvaaaaaaaaaaaash! -al tiempo que le daba un golpe que -y esto es algo totalmente nuevo- envió a Ayla otra vez al suelo.

La niña, desde donde estaba sentada, miró al bicho con la boca abierta. Era enorme, era feo, era peludo, era todo brazos y piernas y garras y dientes, también usaba pajarita... y debía de ser el peor monstruo que nadie pueda imaginarse porque, más que miedo, daba risa.

-¿Qué es eso que grita? -preguntó Ayla al malhumorado canguro.

-Ya te dije yo que esta chica es tonta, Charlie -dijo el canguro al babeante monstruo.

-No soy tonta, bueno, al menos antes no era tonta y no creo que me haya vuelto tonta de repente, vamos, creo yo, es sólo que no entiendo lo que dice ese... ese... ese bicho.

-Charlie no es un bicho -replicó el canguro con pajarita-, es... es... bueno, no sé lo que es pero no es un bicho, niña tonta.

-Vale, no es un bicho, pero sigo sin entender lo que ha dicho.

-Pues está bien claro, ha dicho que tú la llevas.

-¿Que la llevo? ¿Qué llevo? -y Ayla se miró por todos lados buscando eso que se suponía que llevaba.
El canguro puso los ojos en blanco y preguntó:

-¿Pero es que nunca has jugado a “Tú la llevas”?

-¡Aaaaaaah! -dijo Ayla- ¡Te refieres a eso!

-Sí, a eso me refiero.

-Vale, pues no la llevo.

-Sí que la llevas. Yo vi como Charlie te la pasaba hace un rato.

-Pero yo no quiero llevarla, no tengo tiempo para llevarla.

-Pues pásala.

-Muy bien. Tú la llevas -dijo Ayla al tiempo que daba un golpecito en el hombro del canguro y se ponía nuevamente en marcha.

 

Halloween

  La brujita fantasmita no da miedo, ni miajita.