sábado, 25 de mayo de 2013

Los trabajos del mono remono


El mono Remono se aburría mucho todo el día subido a un árbol.
-¿Y si trabajaras? -le dijo su madre la mona Remona.
Al mono Remono no le pareció mala idea, así que se bajó del árbol y fue en busca de trabajo.
-Podría ser peluquero -pensó Remono.
Y tal como lo pensó, lo hizo.
Su primer cliente fue Simón el león, que quería arreglarse la melena.
Remono cortó y cortó y cortó tanto que acabó dejando al león sin melena.
Simón se enfureció, rugió, gruñó y persiguió a Remono que se salvó por los pelos de ser zampado.

-Quizás debería probar como pintor -pensó Remono.
Y tal como lo pensó, lo hizo.
Su primer cliente fue Cirilo el cocodrilo que quería pintar su casa.
Remono pintó y pintó y pintó: las paredes, el techo, el suelo, las sillas, las mesas, los armarios...
Cirilo se enfureció, gruñó y poco le faltó para zamparse a Remono de un bocado.


-¿Y si fuera sastre? -pensó Remono.
Y tal como lo preguntó, lo hizo.
Su primer cliente fue Atila el gorila que quería un traje para una boda.
Remono cosió y cosió y cosió hasta acabar el traje: con una pata más larga que la  otra, con las mangas cosidas y sin ojales.
Atila gruñó y rugió y persiguió a Remono que corrió y corrió hasta llegar a casa.
Cansado, agotado y agitado, Remono dijo a su madre:
-Esto de trabajar es muy peligroso, mejor me quedo en casa.



sábado, 18 de mayo de 2013

Los deberes



-¡Deberes! ¡Menudo rollo! -dice Pablo con cara de mucho asco mientras pone sobre la mesa libros, cuadernos y estuche -¡Con lo que me apetecía bajar hoy al parque!
Pablo da un suspiro enormísimo y coge el libro de mates.
-Pirámides -lee-. Son poliedros. Tienen una sola base con forma de polígono (que puede ser un triángulo, un cuadrilátero, un pentágono, ….).
El niño bosteza y vuelve a leer:
-Pirámides. Son poliedros. Tienen una sola base con forma de polígono (que puede ser un triángulo, un cuadrilátero, un pentágono, ….).
Nada, no se ha enterado de nada. Pablo lee de nuevo: 


-Pirámides... Pirámides... Pirámides... -. De pronto la silla en la que está sentado se transforma en un altísimo camello y, frente a Pablo, en lugar de su escritorio y el poster de su equipo favorito de fútbol, se extiende un ardiente desierto.
Pablo Jones, la cabeza cubierta por un ajado sombrero y armado sólo con un látigo, se dirige hacia una gigantesca pirámide cuyos tesoros corren peligro por culpa de unos malvados criminales.
Y entonces una voz femenina comienza a llamarlo:
-¡Pablo! ¡Pablo! -El gran aventurero se prepara para rescatar a la chica en apuros-. ¡Pablo! ¡Pablo!
Una mano se posa sobre su hombro y Pablo se sobresalta.
-Pablo, hijo, que estás en babia.
Vaya, no era ninguna chica en apuros sino su madre para que siguiera estudiando.


Pablo mira al libro de mates y decide dejarlo para más tarde.
-Mejor pruebo con cono que me gusta más.
Abre el libro y comienza a leer:
-Una galaxia está compuesta de estrellas, planetas, satélites, cometas, gases y polvo cósmico, que forman un conjunto en el espacio.
Y Pablo deja de ser Pablo para convertirse en un comandante a bordo de una gigantesca nave espacial rumbo a lejanas galaxias, saltando de estrella en estrella, acosado por piratas espaciales y luchando con monstruos de lejanos mundos. El comandante Pablo es el más valiente de todos los comandantes de las Tropas Intergalácticas y ha explorado más de mil mundos, salvado media docena de planetas y conocido cientos de razas alienígenas.
El viaje estelar de Pablo se ve interrumpido -nuevamente- por la voz de su madre que le trae una taza de chocolate y lo saca de su ensimismamiento.
-¡Pablo, hijo, los deberes!

Pablo vuelve a intentar acabar con los deberes pero no hay forma, en cuanto se pone a ello la imaginación se le va y Pablo se vuelve pirata en un mar de comas y lucha con tildes contra hiatos y diptongos. Habla un perfecto inglés mientras cabalga sobre su “horse” en el “far west” o se comunica en perfecto francés con un espía mientras come “croissants” y “baguettes” en París. Escala tetraedros, se desliza por octaedros, esquiva decimales, visita satélites, explora intestinos... Aquella tarde Pablo hace de todo... menos los deberes.
Llega la hora de dormir y Pablo no ha terminado ni la mitad, ni la cuarta parte, ni tan siquiera la sexta parte. Sabe que al día siguiente le va a caer una bronca tremenda del profesor y luego otra de sus padres pero...
Armado hasta los dientes el fabuloso pirata Pablo Sparrow, salta a bordo de su fabuloso barco y se hace a un mar poblado de acentos y triptongos, para explorar islas llenas de quebrados y luchar contra monstruosas divisiones y perversas multiplicaciones dejándose guiar por los fabulosos astros que brillan, lejanos, sobre su cabeza...


sábado, 11 de mayo de 2013

Garabato y la oscuridad



Al gato Garabato -que duerme en un zapato- la oscuridad le da muchísimo miedo. Cada noche, al meterse en su zapato, se tapa bien tapado, se encoge bien encogido y no abre los ojos... por si acaso.
-¡Esto tiene que acabar! -dice un día Garabato- Esta misma noche me voy a investigar qué se esconde en la oscuridad. Dicen que no hay nada. Veremos si es verdad.
Esa misma noche, a la hora de dormir, sale Garabato de su zapato y comienza a investigar.

Nada más empezar.... ¡Uuuuuhhh! Un fantasma vuela justo ante sus narices y del susto, se queda parado... Hasta que se da cuenta de que aquello que le hacía cosquillas en la nariz no era un fantasma sino una cortina.
-¡Seré tontorrón!
El paseo continúa con más tranquilidad hasta que, de pronto... ¡Zas! Garabato tropieza contra un enorme monstruo lleno de brazos y del susto, se queda parado... Hasta que, tras mirar con un solo ojo, descubre que aquello tan grande no es un gigante sino un perchero.
-¡Seré cobardón!

A continuación Garabato confunde una silla con un horror de señor, una planta con una bruja piruja, la pecera con un extraterrestre sin dientes, el reloj del microondas con un diablillo de ojillos amarillos.
Así, recorriendo toda la casa, Garabato descubre que los monstruos que veía y oía en la oscuridad no existían más que en su imaginación y se da cuenta de que, por oscuro que esté, no hay nada que temer.




 

sábado, 4 de mayo de 2013

Mi abuelo




Mi abuelo hace unas cosas tan raras, tan raras, que no parece un abuelo.
Mi abuelo va a todas partes en bicicleta. Una bicicleta roja que, en lugar de timbre, lleva una enorme bocina color verde.
Mi abuelo, todas las tardes, se pone su chándal amarillo y sale a correr. Yo a veces lo acompaño y jugamos a echar carreras.
Algunas tardes de lluvia mi abuelo dice, me voy a  esconder, y nos tiene toda la tarde busca que te busca. Una vez se escondió en el desván, tras un armario viejo, y se quedó dormido como un tronco. Menos mal que ronca muy fuerte y lo pudimos encontrar porque ni se nos había ocurrido mirar en un sitio tan estrecho.


Mi abuelo hace unas cosas muy raras, tan raras, que no parece un abuelo.
Cuando me acompaña al parque, mi abuelo se sube a los columpios, se lanza por el tobogán y, si jugamos al fútbol, se pone siempre de portero.
Si vamos a la piscina, mi abuelo se pone un traje de baño lleno de colorines, unas aletas de hombre rana y, antes de meterse en el agua, nos hace el “baile del pato”. Luego me coge de la mano y nos vamos a nadar juntos.
Mi abuelo no me lee cuentos, se los inventa.
Mi abuelo se levanta silbando y se acuesta cantando. Sabe hacer magia y cometas. Le gustan las chuches y los pasteles, y hasta sabe hacer pasteles de chuches. Mi abuelo se viste siempre de colores y se pasa el día bailando, riendo y jugando. 

Está muy loco mi abuelo...
Hubo un tiempo en que me daba mucha vergüenza que mi abuelo fuera tan raro, pero cuando vi lo serios y aburridos que son los otros abuelos y lo mucho que mis amigos se reían con mi abuelo, me sentí muy contento y muy orgulloso.
Mi abuelo hace unas cosas tan raras, tan raras, que no parece un abuelo.
Por eso yo, de mayor, quiero ser tan raro como mi abuelo...


 

sábado, 27 de abril de 2013

Nada es lo que parece IX

Pues aquí os dejo el último capítulo de Nada es lo que parece, espero hayáis disfrutado con las pequeñas aventuras de Ayla tanto como yo disfruté escribiéndolas.

Ilustraciones de Eliz Segoviano.



CAPÍTULO NOVENO



Ayla se sentía eufórica, parecía que ya le había cogido el truco a esto de enfrentarse a las pesadillas y cada vez sentía menos miedo. Se quedó allí hasta que el feliz dragón se perdió de vista y, luego, siguió su camino.

La cima estaba ya muy cercana y la niña avanzaba muy tranquila, convencida de que todo estaba a punto de acabar, y justo en ese momento lo que se acabó fue el camino. Ayla no podía seguir avanzando hacia la cima. Ante ella se levantaba una enorme pared por la que era imposible escalar.

-¿Y ahora qué hago? -preguntó al Aire, que se movía suavemente a su alrededor.

-Esperar -dijo el Aire.

Ayla se sentó y esperó. Pero no pasó nada.

Ayla se levantó y esperó. Pero no pasó nada.

Ayla se sentó, se levantó, se volvió a sentar, esperó... y nada.

-Aquí no pasa nada -dijo al Aire.

-Sigue esperando -respondió el Aire.

Y Ayla siguió esperando. Y esperó. Y esperó. Y esperó hasta que, tras un rato larguísimo, algo cambió: en la pared había aparecido una pequeña grieta. No era mucho, pero era algo.

Ayla miró fijamente la diminuta grieta casi sin parpadear. Poco a poco, la pequeña grieta se hizo tres veces más grande, luego seis veces mayor, y creció y creció sin parar hasta tener tamaño más que suficiente para que una persona pudiera pasar a través de ella.

-Yo ahí no entro -dijo Ayla con voz temblorosa-. Está muy oscuro y a saber qué cosas se esconden en esa cueva.

-Vale, como quieras, no entres -el Aire rozó suavemente su oreja-, pero si no entras en ella, no podrás llegar a la cima, y si no llegas a la cima, no podrás volver a casa.

-Vamos, que tengo que hacerlo quiera o no quiera.

-Eso es -afirmó el Aire.

Ayla no tenía más remedio que hacer lo que no quería hacer, así que respiró profundamente y, con seis decididos pasos, entró en la oscura caverna.

 En cuanto estuvo dentro, el agujero se cerró tras ella de sí sin que pudiera hacer nada para evitarlo, y quedó allí encerrada sin atreverse a moverse porque no veía nada.

 Cuando se acostumbró a la oscuridad, se dio cuenta de que no era tan completa como había creído: desde el lado opuesto de la cueva llegaba un fino hilo de luz y decidió caminar en aquella dirección. Avanzó despacio, sin alejarse de la pared, y poniendo un pie tras otro con muchísimo cuidado. A su alrededor se oían murmullos, roces y pasos. Había algo en aquella cueva, y ella estaba segura de que era algo horrible. Su imaginación le decía que estaba rodeada de monstruos temibles, horrorosos fantasmas, insectos gigantescos y bestias colosales. Estaba aterrorizada y el Aire le dio un susto morrocotudo cuando susurró en su oído:

 -Recuerda que es un sueño. Recuerda que puedes cambiarlo. Recuerda que puedes acabar con la pesadilla en cuanto quieras.

 Cuando el Aire se calló, otra voz, una chirriante y desconocida voz, susurró en su otro oído:

 -No es cierto. Esto no es un sueño. Esto es real. No puedes cambiar nada.

 Ayla se sobresaltó al escuchar esa nueva voz.

 -¿Quién eres? -preguntó asustada.

 -No le hagas caso -le dijo el Aire-. Es la Pesadilla la que habla, quiere engañarte para que no te libres nunca de ellas. Puedes cambiar el sueño, ya lo has hecho antes.

 Era cierto, ya había cambiado el sueño antes, pero es que ahora estaba en la peor de sus pesadillas, la que más miedo le producía, y le costaba creer que pudiera hacerlo. A pesar de todo, cerró los ojos con fuerza, se concentró y...

 Los sonidos callaron y la oscuridad pareció retroceder un poco, hasta que la nueva voz volvió a sonar en su oído:

-Es imposible. No se pueden cambiar los sueños. No tienes ningún poder.

Ayla abrió los ojos de golpe y, durante unos segundos, dejó de creer en su poder. La oscuridad regresó y volvieron a oírse los terroríficos sonidos.

Pero Ayla, con esfuerzo pero decidida, cerró otra vez los ojos e ignoró a la maliciosa voz que seguía diciéndole que era imposible. Se concentró aún con más fuerza que antes y repitió una y otra vez:

-No es más que un sueño. No es más que un sueño. No es más que un sueño y puedo cambiarlo.

Los sonidos que tanto la habían asustado fueron sustituidos por trinos, tintineos y una dulce música. La oscuridad retrocedió empujada por una suave luz dorada. El aire se llenó de diminutas hadas, de primorosos pájaros de colores, de polvo de estrellas. Y, mientras todo esto sucedía, la malvada voz que hasta hacía un momento intentaba convencer a Ayla de que todo aquello era imposible, lanzó un terrible rugido de furia y se hundió en la oscuridad que se retiraba, al tiempo que la espantosa gruta se desmoronaba poco a poco a su paso hasta que, con un último fogonazo, desapareció.

Ayla se encontró bajo la brillante luz del sol, aunque no en la cima de la montaña sino de regreso al mismo prado del que había partido.

Allí estaban la misma hierba, las mismas flores, las mismas ovejas -incluida la olfateadora que, con un par de trotes, se puso nuevamente a su lado- y su cama en el mismo lugar.

-¿Se ha acabado todo? -preguntó al Aire.

Y el Aire, haciendo bailar la hierba y las flores, respondió alegremente:

-Sí, se ha acabado.

 -¿Me he librado de las pesadillas? -volvió a preguntar.

-No -respondió el Aire -. Tendrás pesadillas de vez en cuando, todo el mundo las tiene, pero ¿a que ya no te asustan como antes?

Ayla reflexionó unos segundos y contestó sonriente:

-No, es cierto, ya no me dan ningún miedo.

-Pues de eso se trataba. No se puede dejar de tener pesadillas, pero se puede dejar de temerlas. A fin de cuentas no son más que sueños y los sueños no pueden hacerte daño.

Y el Aire voló alegremente por el prado y levantó miles de semillas de dientes de león que cayeron sobre Ayla y las ovejas -incluida aquella que seguía olfateándola sin parar- como si fueran copos de nieve.

-¿Y ahora cómo regreso a casa? -preguntó la niña.

-Del mismo modo que llegaste -contestó el Aire revoloteando en torno a ella-. Acuéstate en tu cama, cuenta ovejas y duerme...

Ayla se sentó en su cama y contempló, por última vez, el precioso prado. Pensó en la cebra con uniforme y voz de pito, en el elefante de peluche que no dejaba de sonreír, en Charlie y Jackie jugando al “Tú la llevas” allá en el bosque, en las hadas-gato, en la tortuga gruñona, en el dragón negro y en el Aire parlanchín que la había acompañado durante todo su viaje.

-¿Podré volver a este lugar? ¿Volveré a ver a la cebra, al elefante, a Charlie, a Jackie, a la tortuga y al dragón? ¿Volveré a charlar contigo? -preguntó un poco triste.

-¡Por supuesto! -respondió alegremente el Aire- Siempre que quieras. Recuerda que estamos en tus sueños.

Más animada por esas palabras, Ayla se tumbó en su cama, se tapó y comenzó a contar ovejas:

-Una oveja... Dos ovejas... Tres ovejas... Cuatro ovejas...

Cuando abrió los ojos estaba de regreso en su dormitorio. Las ovejas habían desaparecido -un gran alivio para la niña que ya estaba bastante harta de limpiarse babas de oveja de manos y cara-, volvía a ser invierno y en el cielo brillaba una enorme luna llena en lugar del cálido sol.
Ayla suspiró feliz, cerró de nuevo los ojos y se durmió sin miedo a ninguna pesadilla.



 

Halloween

  La brujita fantasmita no da miedo, ni miajita.