lunes, 17 de agosto de 2015

¿Qué estás pintando?




-¿Qué estás pintando?
Pregunta el gato Renato a la pequeña María.
-Un pájaro azul.
Responde María.
-Pero es amarillo.
Dice Renato el gato.
-Lo sé.
Responde la pequeña María.
-¡Qué cosa más rara! -suspira el gato.
Renato se tumba un rato.




Después vuelve a levantarse y vuelta a preguntar:
-¿Qué estás pintando?
Pregunta Renato el gato.
-Unas montañas muy altas.
Responde la pequeña María.
-¿Y dónde están esas montañas?
Dice el gato Renato.
-No tengo ni idea.
Responde María.
-¡Pues deberías saberlo! -exclama el gato.
Y Renato se da un paseo hasta la cocina.




Bebe leche.
Come algo.
Y regresa al poco rato.
-¿Qué estás pintando?
Maúlla Renato el gato.
-Un paisaje del revés.
Contesta la pequeña María.
-¿Del revés? -pregunta Renato- ¿Y eso por qué?
-No lo sé.
Responde María.
Renato se vuelve a tumbar.
Bosteza.
Se estira.
-¿Qué estás pintando?
-Pinto a un gato pesado, de nombre Renato, que se aburre un rato y no para de preguntar.
Y, dejando las pinturas, María coge a Renato y se lo lleva a jugar.

domingo, 19 de julio de 2015

El búho aburrido


Era de noche, como todas las noches.
Y estaba muy oscuro, como todas las noches.
En el bosque no se oía nada, como todas las noches.
Y el cielo estaba lleno de estrellas, como todas las noches.
En un árbol, como todas las noches, un pequeño búho de ojos muy grandes bostezaba.
-Uuu... Uuu.. -dijo como todas las noches- Uuu... Uuu... ¡Hay que ver cómo me aburro!
Como todas las noches, el pequeño búho giraba su cabeza buscando algo que lo divirtiera.
-Uuu... Uuu... -volvió a decir como todas las noches- Uuu... Uuu... Aquí no hay nada divertido.
En su árbol de todas las noches, el pequeño búho ululaba, como todas las noches, bostezaba, como todas las noches y se quejaba como todas las noches.
Un pequeño ratoncito que pasaba por allí todas las noches harto de escuchar los mismos lamentos todas las noches, dijo:


-Pues si tanto te aburres, haz algo diferente, pedazo de tonto. -y corrió a esconderse.
-¿Hacer algo diferente? -preguntó con los ojos muy abiertos el pedazo de ton... digo, el pequeño búho.
-Sí -respondió el ratoncito sacando el hociquito-, algo diferente, algo distinto, algo nuevo.
-¿Cómo qué? -dijo el pequeño búho moviendo la cabeza por entretenerse un rato.
-Como volar por el bosque -dijo el ratoncito con aire de listillo-, o hacer nuevos amigos, o contar estrellas, o inventar historias, o leer un libro... O cualquier otra cosa que no sea quejarte.
-Parece buena idea -dijo el búho.
-Pues claro que lo es -respondió el ratoncito y se largó corriendo tan contento.
El pequeño y tonto búho se quedó muy quieto, con cara de pensar y los ojos muy abiertos.
-Podría probar a hacer cosas nuevas -dijo-, pero no ahora, puede que mañana.
Y en su árbol de todas las noches, el pequeño búho ululó, como todas las noches, bostezó como todas las noches y se quejó como todas las noches:
-Uuu... Uuu... ¡Hay que ver qué aburrimiento! Uuu... Uuu...

miércoles, 8 de julio de 2015

La sonrisa de la princesa


Érase una vez una princesa que siempre, siempre sonreía.
Sonreía al levantarse.
Sonreía en el desayuno.
Sonreía en la comida, la merienda y la cena.
Sonreía a sus padres.
Sonreía a sus profesores.
Sonreía a los guardias, a la cocinera y a los pajes.
Pero un día, el dragón Zampón apareció de repente en el castillo y, del susto, a la princesa se le cayó la sonrisa.
Con todo el lío que se armó, la sonrisa se perdió.
La princesa, muy seria, se lo contó a la reina.
La reina, muy preocupada, se lo contó al rey.
El rey, muy real, ordenó:
-¡Hay que encontrar esa sonrisa! ¡Ya!



Y se sentó en su trono con cara de pensar.
Y cuando más pensativo estaba notó que el trono se agitaba. Se movía. Se meneaba.... Parecía que... ¿Se reía?
El rey se levantó, miró bajo el asiento... y... sí... ¡Ahí estaba la sonrisa!
Intentó cogerla pero la sonrisa... ¡PUF!... Salió volando y, dando volteretas y haciendo piruetas, se metió en la cocina.
¡Menudo alboroto se armó!
La sonrisa se metió en una cazuela y el guiso comenzó a gorgotear con ritmo de rock.
La cocinera intentó atraparla pero la sonrisa... ¡PUF! Salió volando y saltó a una sartén donde hizo bailar la conga a dos huevos fritos.
El pinche intentó atraparla pero la sonrisa... ¡PUF! Salió volando y se puso a nadar en un plato de natillas.
El rey saltó sobre ella dispuesto a atraparla y... ¡plaf!... Acabó con la cara dentro del plato de natillas y la sonrisa... ¡PUF! Salió volando y, dando volteretas y haciendo piruetas, salió al jardín.
¡Menudo alboroto se armó!


Allí, sentada en un banco, estaba la reina bordando y la sonrisa saltó sobre ella, le deshizo el moño, le hizo cosquillas, la tiró al suelo de la risa, se metió entre los hilos...
La reina quiso atraparla pero la sonrisa... ¡PUF! Salió volando y se escondió entre las flores que se pusieron  a girar como molinillos de viento.
El jardinero intentó atraparla pero la sonrisa...¡PUF! Salió volando hasta los árboles.
Los árboles agitaron sus ramas, sus hojas se llenaron de colores y los pájaros que por allí estaban empezaron a cantar como locos.
Un paje casi la atrapa pero la sonrisa... ¡PUF! salió volando y se coló por una ventana del castillo.
El capitán, el rey, la cocinera, el pinche, la reina, el jardinero y el paje corrieron a toda prisa tras ella.
¡Menudo alboroto se armó!
Los vasos tintineaban como locos.
Las armaduras bailaban por los pasillos.
Las paredes se llenaron de colores.



Las alfombras volaban de acá para allá y de allá para acá.
El perro maullaba.
El gato ladraba.
Los habitantes del castillo corrían y se tropezaban los unos con los otros....
Pero nadie conseguía atrapar aquella traviesa sonrisa.
Al llegar la noche, estaban todos tan cansados que se sentaron en medio del salón de baile mientras la sonrisa se columpiaba en una de las enormes lámparas.
En ese momento, la princesa, muy seria, se acercó a la sonrisa. La miró sin decir nada. Alargó la mano y la sonrisa, dando saltos y haciendo piruetas, fue subiendo por sus dedos, por su brazo, por su cuello y, así, sin más, volvió a colocarse en la boca de la princesa que, muy sonriente, dio las buenas noches y se fue a dormir.
En el suelo, el capitán, el rey, la cocinera, el pinche, la reina, el jardinero y el paje, se miraron y, sin decir nada, se tumbaron y, allí mismo, se quedaron dormidos.

miércoles, 1 de julio de 2015

Mi estantería de regalos


Hoy no va a haber cuento.
Mañana, puede, pero hoy, no.
Hoy os voy a compartir tres vídeos que son otros tantos regalos para mí.
El primero, un vídeo que me regalaron los alumnos del C.E.I.P. José María Pemán, de Jerez de la Frontera.





 El segundo, es de un nuevo amiguito, Mario que, desde Argentina, pidió una pequeña ayuda para su trabajo escolar sobre uno de mis cuentos y nos muestra el resultado.



 Y el tercero y último es un vídeo promocional del libro “Pinocha y la poción mágica” realizado entre la ilustradora Encarna Dorado y yo. Si alguno de vosotros pudiera estar interesado lo encontrará en Amazon.


sábado, 6 de junio de 2015

¡Vacaciones!

Esto lo escribí para mis amigos del CEIP José María Pemán de Jerez de la Frontera :)




Snif...
Snif...
¡Qué bien huele!
Snif...
Snif...
¿Qué será?
Huelo a playa.
Huelo a mar.
Huelo a protector solar.
Huelo a arena y huelo a sal.
Yo conozco este olor.
Lo conozco sin dudar.


Snif...
Snif...
¡Qué bien huele!
Snif...
Snif..
¿Qué será?
Huelo a pueblo.
Huelo a hierba.
Huelo a muchos helados de fresa.
Huelo a siesta y a calor.
Yo conozco este olor.
Que sí, que te lo digo yo.



Snif...
Snif...
¡Qué bien huele!
Snif...
Snif...
¿Qué será?
Huelo a piscina.
Huelo a sol.
Huelo a largas tardes de parque.
Huelo a barbacoa y a polo de limón.
Yo conozco este olor.
Vamos si lo conozco yo.



Snif...
Snif...
¡Qué bien huele!
Snif...
Snif...
¿Qué será?
Huelo a levantarse tarde.
Huelo a risas.
Huelo a viajes .
Huelo a coche, a tren, a avión.
Yo conozco este olor.
Y tú, y aquél y ese de allí aunque diga que no.



Snif...
Snif...
¡Qué bien huele!
Snif...
Snif...
¿Qué será?
Huelo a que se acaba el cole.
Huelo a que el verano llegó.
‘¡Adiós a los libros, adiós!
Snif...
Snif..
¡Qué bien huele!
Snif...
Snif...
¿Qué será?
¡Vacaciones, por supuesto!
¡Eso es lo que huelo yo!
Lo vamos a pasar en grande.
Aunque nos echaremos de menos
un poquito
o un montón. 

sábado, 23 de mayo de 2015

La bruja cuentacuentos


Érase que se era una bruja.
Érase que se era una bruja llamada Evelina Divina.
Érase que se era una bruja llamada Evelina Divina que vestía de negro, como todas las brujas.
Que usaba un enooooorme sombrero puntiagudo, como todas las brujas.
Que montaba en escoba, como todas las brujas.
Que tenía un gato negro, como todas las brujas.
Y que se peinaba más bien poco, como todas las brujas.
Pero érase que se era que la bruja Evelina Divina tenía un secreto.
Un secreto que no sabía ni siquiera su mejor brujiamiga.
Y este secreto tan secretísimo era que le gustaba, le encantaba, le divertía y le entusiasmaba inventar historias y que también le gustaba, le encantaba, le divertía y le entusiasmaba contarlas.
Y este secreto tan secretísimo era un secreto porque a las demás brujas eso de leer, escribir e inventar les parecía una pérdida de tiempo, un aburrimiento y una soberana tontería.
-¡Una bruja cuentacuentos! ¡Menuda ocurrencia! -diría Anodina Marina arrugando mucho la nariz.
-¡Una bruja que inventa historias! ¡Qué cosas hay que oír! -diría Ambrosina Temblina arrugando mucho el entrecejo.


-¡Una bruja con imaginación! ¡Lo que me quedaba por ver! -diría Antonina Cansina arrugando mucho los labios.
Y luego se reirían de ella, dejarían de invitarla a las fiestas y, lo peor de todo, le prohibirían seguir inventando y contando sus historias.
Así que, cada tarde, calladita, calladita, Evelina Divina cogía su cesta de recoger hierbas mágicas y se iba al bosque. Al llegar a un precioso claro justo en el centro del bosque se sentaba en un tronco y allí la brujita inventaba y contaba unas historias mega fantasticas y súper maravillosas a sus amigos, los animales, que escuchaban con las orejas bien abiertas y los ojos muy tiesos... Quiero decir, con las orejas bien tiesas y los ojos muy abiertos.
Érase que se era que cierta tarde de otoñal otoño, andaba por el bosque Pascualín buscando setas cuando se encontró con Evelina Divina que, muy concentrada, contaba a los animalitos una historia sobre una princesa aburrida y un príncipe tonto.
A Pascualín le gustó tanto la historia que se sentó en silencio muy silencioso, y escuchó con las orejas bien tiesas y los ojos muy abiertos.
La brujita Evelina Divina se quedó muy sorprendida al ver a un niño entre sus amiguitos pero estaba tan feliz que no dijo nada.
Pascualín escuchó la historia y luego escuchó otra, y luego otra, y otra... Hasta que no le quedó más remedio que marcharse. Prometiendo, eso sí, que volvería al día siguiente.
Y así fue, al día siguiente Pascualín regresó al bosque con su amigo Miguelín.
Al tercer día fueron a escuchar a Evelina Divina: Pascualín, Miguelín y Antolín.
Al cuarto día se unieron a los tres amigos: Anita y Margarita.
A la semana todos los niños del pueblo pasaban la tarde en el bosque escuchando a Evelina Divina que nunca, jamás, se había sentido tan feliz.
Érase que se era que otra tarde de otoño otoñal los niños y los animalitos se rieron tanto, tantísimo, con una historia de Evelina Divina que las otras brujas acabaron enterándose de todo.
-¡Niños en nuestro bosque! ¡Y animalitos con pinta de cursis! ¿A quién se le ocurre? -dijo Anodina Marina arrugando la nariz.
-¡Niños riéndose! ¡Animalitos felices! ¡Qué cosas hay que ver! -dijo Ambrosina Temblina arrugando mucho el entrecejo.


-¡Una bruja feliz! ¡Una bruja con amigos! ¡Lo que hay que aguantar! -dijo Antonina Cansina arrugando mucho los labios.
Érase que se era que las tres brujas brujonas, todas aburridas y arrugadas, dijeron a la pobre Evelina Divina:
-Debes dejar esas tonterías inmediatamente. Nada de imaginar. Nada de inventar. Nada de contar.
-¿Y si no obedece? -preguntó Pascualín.
-Tendrá que irse de este bosque, niño tontorrón y preguntón -respondieron las tres del tirón.
Evelina Divina miró a las brujas brujonas, todas aburridas y arrugadas:
-Si me marcho del bosque no tendré donde vivir.
Luego miró a sus amiguitos con cara muy triste:
-Tendré que dejar mis historias.
Pascualín miró a Miguelín, Miguelín miró a Antolín, Antolín miró a Anita, Anita a Margarita y así hasta que todos se miraron y, dijeron que sí con la cabeza.
Evelina Divina y las tres brujas brujonas los miraban sin entender nada de nada.
Entonces habló Pascualín:
-Hay una casa al borde del bosque.
-Una casa pequeña -dijo Miguelín.
-Abandonada -dijo Antolín.
-Nuestros padres pueden arreglarla -dijo Anita.
-Y entre todos podemos limpiarla -dijo Margarita.
Y Pascualín terminó:
-Puedes vivir allí. Los animalitos y nosotros te visitaremos todos los días. Podrás contarnos todas esas historias y ya no tendrás que esconderte.
Las brujas brujonas, gruñeron y se arrugaron aún más pero no podían hacer nada.
Evelina Divina saltó de alegría y abrazó a todos los niños, y a los animalitos y hasta a las tres brujas arrugadas y aburridas.
Érase que se era que al borde de un precioso bosque, en una preciosa casita blanca y azul, vive la bruja Evelina Divina. Y cada tarde, la brujita prepara una estupenda merienda para todos los amigos que van a visitarla. Luego, mientras el sol va bajando lentamente, Evelina Divina, imagina, inventa y cuenta unas maravillosas historias.

Halloween

  La brujita fantasmita no da miedo, ni miajita.