El niño lobezno
tenía un problema,
un problema tremendo,
un problema, problema.
Al niño lobezno
no le preocupa
que salga la luna,
disfruta mucho cuando está llena.
Tampoco le importa
que se rompa su ropa,
ni afilarse las garras,
ni tener los colmillos
tamaño espada.
Menos le importa aullar
y hacer coros
o correr por el monte
y luchar y sudar.
No señor, nada de eso,
pero el pelo... Ay, el pelo...
Eso sí que es un problema,
pero problema, problema.
Porque el niño lobezno
tiene alergia al vello
y cuando se transforma
estornuda sin remedio.
Atchís por acá,
Atchús por allá,
se pasa la noche
venga a estornudar.
Y el picor horroroso,
y los ojos llorosos,
no digáis que no es un problema,
pero problema, problema.


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