sábado, 19 de mayo de 2012

La máquina del tiempo


Hoy hace exactamente un año menos cinco minutos que el profesor Inteligente Cerebrín inventó la máquina del tiempo. Ya, ya sé que nadie ha oído hablar de tan maravilloso invento y eso es porque nadie -excepto el profesor Cerebrín, Ithorm el extraterreste, una mosca que por allí revoloteaba y yo- sabe que esa máquina existe. Y nadie sabe que existe porque el profesor no se lo ha dicho a nadie. Y no se lo ha dicho a nadie porque su máquina del tiempo tiene los siguientes y “pequeños” fallos:


Primero, que la máquina del tiempo sólo puede ser utilizada el primer lunes de cada mes, exactamente a las seis de la tarde, ni medio poquito antes ni medio poquito después. Si la pones en marcha antes de esa hora, la máquina se pone a cantar alguna canción de moda a voz en grito y desafinando una barbaridad, si la enciendes después de las seis para lo único que sirve es para calentar la leche (y si le caes bien, te la chocolatea).


Segundo, la máquina del tiempo sólo puede ser usada por el profesor Inteligente Cerebrín y por nadie más. La única vez que el profesor intentó hacer viajar en el tiempo a otro ser vivo, utilizó a un gato cojo que acabó transformado en un perro afónico, que a su vez acabó transformado en un búho bizco, que a su vez se convirtió en una lagartija obesa, que a su vez mudó a ornitorrinco con orejas, y así hasta un total de ciento veinte transformaciones hasta que, por fin, logró devolverlo a su condición de gato, sin cojera pero sin rabo. El profesor no ha querido probar con otro ser humano por si acaba transformándose en el monstruo de las nieves o algo peor.

 
Tercero, la máquina del tiempo sólo viaja hasta el día 11 de junio del año 2002 a las 13:05, no se puede ir más atrás ni se puede ir más adelante, sólo hasta ese día y a esa hora.  Cuando se intenta ir más atrás, el reloj se vuelve tarumba y acaba bailando una jota, y si se intenta ir más adelante, el reloj se pone serio y sermonea a todo el mundo.


El pobre profesor Cerebrín, triste y apagado, por el fracaso de su máquina, estaba ya pensando en guardarla para siempre cuando se le ocurrió que, quizás, tal vez, posiblemente, pudiera viajar a aquel día tan soso y tonto, para contarse a sí mismo unas cuantas cosas interesantes que pudieran hacerle rico y famoso.


Y tal como lo pensó, lo hizo. De modo que el primer lunes del mes de marzo, justo a las seis de la tarde, ni medio segundo antes ni medio segundo después, el profesor Cerebrín se metió en su máquina del tiempo para viajar hasta el día 11 de junio del año 2002 y buscarse a sí mismo.


El pobre pensaba que sería facílisimo pero qué va, no hubo manera. 

 
Comenzó intentando ir a su laboratorio antes de su hora de salida pero llegó tarde porque, inexplicablemente, se tropezaba con todo el mundo (con alguno hasta dos veces), resbaló con cuatro cáscaras de plátano, pisó diez cacas de perro, estuvo a punto de ser atropellado por tres coches y un carrito de bebé con el que se encontró al doblar una esquina impactó de lleno en su estómago dejándolo sin respiración durante un largo rato.


Intentó luego encontrarse en su propia casa, pero tampoco tuvo suerte porque de camino para allá le pilló una tormenta que lo dejó calado hasta los huesos, una viejecita a la que le quiso preguntar la hora le dio de bastonazos pensando que quería robarle el monedero, un perro lo persiguió durante tres calles y media, se metió en un barrio que no recordaba y acabó perdido, agotado, derrengado, deslomado y tirado sobre un banco de un parque que no conocía. En fin, que fue todo un completo desastre y el profesor Cerebrín decidió volver al presente con la ropa hecha un asco y lleno de magulladuras, mordeduras, heridas y contusiones diversas.


Después de esto el profesor tuvo claro que lo mejor que podía hacer con su máquina del tiempo era llevarla al trastero y olvidarla para siempre. 

 
Y allí está, junto con otros acumuladores de polvo, perdón, quise decir junto con otros inventos del profesor Inteligente Cerebrín: el teletransportador que sólo te teletransporta hasta la Luna (un restaurante famoso en Gerhinburg, no el satélite), el lector de pensamiento que sólo lee mentes británicas, el robot inteligente que es más bien tirando a tonto, la máquina de invisibilidad que sólo te vuelve un poquito transparente, la dieta para adelgazar que te hace engordar y otros cuantos más.


Mientras, el profesor Cerebrín sigue investigando e inventando cosas inútiles junto a su amigo Ithorm un extraterrestre regordete que conoció en el viaje de prueba de una nave espacial que usaba como combustible gominolas de limón. Pero, si no os importa, mejor lo dejo para otro día.




sábado, 12 de mayo de 2012

¡Quiero un perro!




-¡Quiero un perro!- decía María al levantarse cada mañana, justo entre los buenos días y el desayuno.

-¡Quiero un perro!- insistía María al llegar del colegio y antes de sentarse a comer.

-¡Quiero un perro!- repetía María mientras su madre le daba la merienda.

-¡Quiero un perro!- volvía a decir María ya en la cama, justo entre el último beso y el primer ronquido.

Y así llevaba desde que tenía unos cinco años, dando la matraca, erre que erre y sin cansarse. Ni ella ni, al parecer, sus padres, que se negaban a regalarle un perro usando todas esas excusas que usan los mayores: que si es mucha responsabilidad, que si es mucho dinero, que a ver qué hacemos con él en vacaciones, que si hay que bañarlo, vacunarlo, alimentarlo, sacarlo de paseo, que si se iba a cansar a los dos días, que si patatín, que si patatán, que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá... bueno, ya sabéis lo pesados que se ponen los padres.

 
El caso es que, por mucho que lo pidiera, María seguía sin perro pero, para compensar, sus padres decidieron regalarle un precioso y aburrido pez de colores con el que no se podía jugar absolutamente a nada. María pasó aquella tarde con cara de aburrimiento, viendo al pececito girar y girar y girar, mientras ella pensaba en la manera de conseguir un perro por su cuenta.

Y cuando el pez de colores iba por la vuelta dos mil quinientos veinticinco y medio, María tuvo una estupenda idea que decidió poner en marcha de inmediato. Cogió el pez, la pecera, la comida para el pez y se largó corriendo a casa de su amigo Nico (bueno, corriendo no, que entonces se le caería el agua de la pecera, más bien caminando muy deprisa). 


 
Nico tenía una tortuga que le había regalado su tío Roberto, que no estaba mal pero él, manías suyas, hubiera preferido tener un pez... Un pez que le habrían comprado si su tío no le hubiera regalado la dichosa tortuga. De modo que cuando Maria le ofreció cambiar el pez por la tortuga, Nico no lo dudó, le entregó a María la tortuga y su terrario, cogió el pez y la pecera, se intercambiaron las comidas y cada uno se marchó por su lado la mar de contentos.

Pero la historia continúa...

Al día siguiente, María cogió tortuga y terrario y se fue tarareando y dando saltitos (hasta que la pobre tortuga acabó completamente mareada) a casa de su amiga Natalia.

 
Natalia tenía un hámster, un hámster precioso y muy listo pero le había cogido mucho miedo desde una vez en que lo quiso coger y el hámster, enfadado, le lanzó un mordisco. Así que cuando María le ofreció cambiar el hámster por la tortuga, Natalia le dijo que sí sin pensárselo ni dos segundos.

María estaba contentísima porque todo parecía ir viento en popa.

Al otro día, María cogió la jaula del hámster y se fue a toda prisa a casa de su amigo Juan.

 
uan tenía un precioso, blanco y muy estirado gato. A Juan le habría gustado mucho el gato que le había regalado su tía Engracia... sino fuera porque, gracias a él, había descubierto que era alérgico a estos preciosos felinos, así que estuvo encantado de cambiarlo por el pequeño hámster que María le ofrecía.

María estaba tan cerca de conseguir lo que siempre había querido que no pudo esperar ni un día más y, cogiendo la jaula del gato, salió corriendo a casa de Marga.

A Marga le habían regalado un perro, un precioso pastor inglés, de esos que tienen un flequillo tan gracioso, un pequeño cachorro que encantaba a todo el mundo... excepto al hermanito de Marga que tenía un miedo tremebundo a los perros de modo que, cuando María le ofreció cambiar su perro por el gatito de Juan, Marga aceptó enseguida.

En ese momento María se sintió la niña más feliz del universo. ¡Por fin tenía el perrito con el que siempre había soñado! Era tan feliz que casi había olvidado que sus padres no querían perros en casa... casi.

María entró en su casa con el perrito en brazos, algo asustada por si la obligaban a deshacerse de él pero decidida a pelear para que le permitieran quedarse con él. Fue directamente al salón y, tras la sorpresa y la lluvia de preguntas, contó todo lo que había hecho para conseguir aquel cachorrillo.

Sus padres se quedaron muy callados durante un buen rato y luego pidieron a María que fuera a su dormitorio donde la niña esperó jugando con el perrito y temiendo lo que pudieran decirle.

Al cabo de un rato, sus padres la llamaron.

María acudió, preocupada y preparada para recibir malas noticias, pero sus padres la esperaban sonrientes y le comunicaron que, viendo lo mucho que lo deseaba y lo mucho que había trabajado para lograrlo, habían decidido que podía quedarse con el perro.

Y entonces sí que María gritó y saltó y bailó de alegría.

¡Por fin había logrado su pequeño gran sueño!

domingo, 6 de mayo de 2012

El disfraz de Irina

La mamá de Irina Katrina era bruja. Y su hermana mayor, y su hermana pequeña, y su abuela, y su tatarabuela, y su tataratatarabuela. Vamos, que por si no os habéis dado cuenta, en la familia de Irina Katrina sólo nacían chicas y todas ellas eran brujas... Bueno, todas, excepto una: Irina Katrina.


Irina Katrina no entendía por qué ella era la primera y única no bruja de la larguísima lista de mujeres de su familia. Y tampoco lo entendía el resto de su familia mágica. Su madre decía que no tenía importancia, su abuela decía que quizás se arreglara con el tiempo, su bisabuela la miraba siempre con el ceño fruncido, su tatarabuela la miraba con pena y su tataratatarabuela llevaba años buscando una solución aunque sin demasiado éxito. Entretanto, Irina, fingía que la cosa no tenía demasiada importancia y aprendió a hacer de  todo sin necesidad de recurrir a la magia, incluso cosas que alguien de su edad no sabría, como coser, cocinar, cambiar enchufes, arreglar un grifo y docenas de cosas más. Era su forma de compensar su incapacidad mágica.

Por eso, al llegar carnaval (unas fiestas que le encantaban), Irina cosía su propio disfraz, sin ayuda mágica ni de otro tipo. De la mágica, porque no quería, y de la otra porque no había quien se la diera: su madre no sabía ni cómo coger una aguja, ni tampoco sus hermanas, ni la abuela, ni la bisabuela, ni la tatarabuela y en cuanto a la tataratatarabuela daba igual que supiera porque no tenía manos, ni pies, ni cabeza, ni nada que se pareciera a un cuerpo ya que hacía muchos años que tan sólo era una vaporosa y brillante nube de color malva.


Pero este carnaval la cosa era bien distinta, el colegio había convocado un concurso de disfraces e Irina quería presentarse y, por supuesto, ganarlo, sobre todo desde que se enteró de que una de sus competidoras era su gran rival, la insoportablemente presumida e insufrible cabeza de chorlito, Tatiana Svetlana que, desde muy pequeñas, se había burlado de ella de todas las maneras posibles y hasta de las imposibles.

Irina Katrina se pasó días y más días dándole vueltas a su disfraz pero ninguno la convencía, uno era demasiado normal, el otro era poco original, el de más allá era muy complicado, el de acullá seguro que se le había ocurrido a Tatiana, aquel era feo y ese otro era peor aún, y así iba desechando una idea tras otra hasta que se quedó sin ideas.

Y fue entonces cuando se le ocurrió usar la magia. No la suya, claro, que ya hemos dicho que ella no tenía ni un cuarto de átomo mágico en todo su cuerpo, pero en su casa había libros, libros enormes, antiguos, polvorientos y llenos de conjuros, hechizos, sortilegios y todas esas cosas mágicas. Irina pensó que no tenía más que ir a la biblioteca que habían instalado en el desván, buscar un libro que hablara de transformaciones, seguir las instrucciones y, ¡tachán!, tendría el mejor disfraz de todos y ganaría a la tontaina de Tatiana Svetlana.


Pensado, dicho y hecho, Irina subió a toda prisa las escaleras y fue directamente hacia donde sabía que estaba guardado el Gran Libro de Conjuros, Hechizos y Recetas Mágicas. Era un libro enorme, pesado y polvoriento (daba igual cuanto se limpiara, siempre tenía polvo) y a Irina le costó mucho trabajo llevarlo hasta la mesa cercana.

Irina lo abrió y rápidamente encontró los conjuros transformadores y escogió el que parecía más sencillo de realizar. Sólo necesitaba tiza traída de las lejanas montañas donde viven los trolls, velas hechas con cera de abeja del país de las hadas, papel fabricado por duendes y tinta fabricada por treinta elfos cojos y aquello en lo que quería ser transformada... y todo eso lo tenía allí mismo.

Dibujó un gran círculo en el suelo con la tiza de troll y lo rodeó con las velas de hada, en el centro puso una preciosa hadita de porcelana que siempre le había encantado y que le parecía un disfraz perfecto. Luego tomó el papel de duende y anotó cuidadosamente el conjuro con la tinta de elfo. A continuación se puso ella misma junto al hada de porcelana y pronunció lentamente el hechizo.

El círculo se llenó de luz y en el aire resonó el estruendo de diez truenos (quizás once). Una especie de tifón azulado levantó a Irina del suelo y la hizo girar como una peonza y cuando todo acabó... Cuando todo acabó Irina Katrina descubrió que, efectivamente, el conjuro había funcionado y ella se había transformado en una preciosísima hada... de porcelana.


¡Pobre Irina Katrina! No podía moverse, ni gritar, ni rascarse la nariz que le estaba picando horrores. Y ahí se tuvo que quedar toda la tarde, porque su madre había salido a tomar café con sus amigas, su hermana mayor había ido al cine, su hermana pequeña estaba en un cumpleaños, su abuela estaba visitando a su tía, su bisabuela estaba durmiendo, su tatarabuela andaba en el jardín y su tataratatarabuela estaba haciendo lo que sea que hacen las nubes de color púrpura por las tardes. De modo que en casa sólo estaban ella, el gato pianista  que siempre andaba a lo suyo y el hada de porcelana que no es que fuera una gran compañía.

Tras varias horas de picores en diversas partes del cuerpo, olisqueos de ratones, patitas de insectos, una casi rotura por culpa del gato, un ataque de nervios de la madre de Irina y un gran revuelo, por fin, su hermana mayor encontró el círculo, el libro y a las dos haditas y no le costó demasiado adivinar  lo que había ocurrido. Afortunadamente para Irina a su madre no le costó demasiado deshacer el hechizo y para la hora de la cena, Irina volvía a ser Irina.




Por supuesto se llevó una bronca monumental de su madre, sus hermanas se estuvieron riendo de ella días y días, su abuela le hizo chocolate y se lo llevó a la cama, su bisabuela sonrió un poquito (tan poquito que nadie lo notó), su tatarabuela soltó una lagrimita y su tataratatarabuela se volvió un poco menos púrpura y algo más azulada mientras pensaba que quizás, quizás, Irina Katrina sí que tenía, como mínimo, la mitad de un cuarto de átomo de magia.

Tras semejante desastre, Irina decidió volver a la aguja y el hilo para hacerse el disfraz ella misma, y era un disfraz precioso pero sólo consiguió quedar segunda, algo que le habría encantado sino fuera porque la ganadora fue, nada más y nada menos, que la repipi Tatiana Svetlana quien, a partir de ese día, se volvió mucho más insoportable que antes.

viernes, 27 de enero de 2012

Caramelo de Escarcha




En el jardín del Gran Hada de las Golosinas vivían y trabajaban docenas de pequeñas, pequeñísimas hadas, todas preciosas, todas presumidas, todas atolondradas y, sobre todo, todas muy atareadas cuidando las plantas, las flores y los árboles de gominolas, chicles, piruletas, caramelos, pirulíes, bombones, malvaviscos, regalices, peladillas, garrapiñadas y, en fin, cualquier golosina que puedas imaginar... y alguna otra que ni te imaginas.


Pero el hada más presumida de todas las haditas presumidas (tan presumida que se detenía en cada gota de rocío para contemplarse), la más atolondrada de todas las atolondradas (tan atolondrada que continuamente se tropezaba con plantas, animales y hadas) y la más pequeña de todas las pequeñas hadas era, sin duda, Caramelo de Escarcha, una hadita que no medía ni medio lápiz mordisqueado y con unas preciosas alas de libélula que se encargaba de mantener siempre centelleantes y perfectas.


 
A Caramelo de Escarcha le entusiasmaba trabajar en aquel jardín y acabar el día llena de pegajoso azúcar, y con el sabor y el olor de mil chuches diferentes impregnando sus ropas, sus manos y hasta su pelo. Sin embargo, a pesar ser un trabajo tan genial, había una pequeña pega, una pega sin importancia, una nadería: la pequeña Caramelo era una gran, una enorme, una extraordinaria golosa y tenía que esforzarse muchísimo para no comerse una gominola de limón brillantemente amarilla mientras recolectaba, o mordisquear una larga brizna de regalíz mientras segaba, o saborear un delicioso y blanquirosado malvavisco directamente del arbusto, en fin, que a la hadita le habría gustado pasar el día comiendo golosinas sin parar.


Y, claro, pasó lo que tenía que pasar, que un día toda la fuerza de voluntad de Caramelo de Escarcha se vino abajo, y eso ocurrió cuando le tocó encargarse por primera vez de los árboles rebosantes de caramelos de todos los tamaños, formas, colores y sabores: bastones rojiblancos, apretadas espirales rosas, pequeñas piezas de frutas anaranjadas, diminutas bolitas amarillas, cilindros multicolores... Ante cosas tan deliciosas, Caramelo de Escarcha no pudo resistirse y, mientras trabajaba, comenzó a comer de todos y cada uno de ellos.


Y siguió haciéndolo todos los días.

 
El Gran Hada de las Golosinas, notando la falta de caramelos, reunió a todas las haditas para advertirles que, fuera quien fuera la culpable, debía detenerse o sus robos iban a tener un gran castigo.


Al día siguiente, Caramelo de Escarcha, asustada, se dijo a sí misma que no cogería ni medio caramelo pero, lamentablemente, la decisión le duró bien poco y volvió a comer caramelos como si nada.


Varios días más tarde, el Gran Hada de las Golosinas, volvió a reunir a las pequeñas trabajadoras y volvió a repetir lo mismo de la vez anterior: que si la ladrona no dejaba en paz los caramelos, iba a sufrir muchísimo.


Caramelo de Escarcha, viendo hasta entonces no había ocurrido nada, continuó comiendo caramelos, un poco preocupada, pero no demasiado.


Volvieron a pasar los días, volvió el Gran Hada a reunirlas a todas y volvió a insistir en que sería mejor que, quienquiera que lo hiciese, dejara de coger caramelos sino quería pasarlo realmente mal. 

 
Caramelo de Escarcha, por supuesto, volvió al día siguiente a comer de todas y cada una de aquellas maravillas de colores.


Y así pasaron unas cuantas semanas hasta que, una mañana la pobre Caramelo de Escarcha despertó sufriendo un dolor horrible, espantoso y horroroso. Un dolor como nunca había sentido antes, un dolor horroroso, un tremebundo dolor de muelas que casi no la dejaba ni pensar y acudió a la única que podía ayudarla: el Gran Hada de las Golosinas que, al verla, la miró entre severa y divertida, y le dijo:


-¿Cuántas veces advertí de que seguir cogiendo caramelos iba a traer graves consecuencias?


Caramelo de Escarcha, sorprendida, preguntó:


-¿Ese dolor atroz me lo has causado tú para castigarme por comer caramelos?


El Gran Hada, sacudió la cabeza, negándolo:


-No, ese dolor atroz te lo has causado tú misma comiendo caramelos sin ton ni son.


 
Y le explicó que, cuando uno come tantas golosinas como ella había comido, acaban por formarse caries que es lo que estaba provocándole ese terrible dolor de muelas y que no pensaba castigarla de ninguna forma porque ya tenía castigo más que suficiente. Eso sí, esperaba que hubiera aprendido la lección y no volviera a hacer lo mismo nunca más.


Caramelo de Escarcha, avergonzada y dolorida, dijo que sí con un movimiento brusco de cabeza lo que hizo que el dolor de muelas se hiciera más fuerte aún. La Señora de las Golosinas había pensado dejar que Caramelo de Escarcha lo pasara mal un par de días más pero al verla tan avergonzada, arrepentida y dolorida, le dio tanta pena que decidió utilizar su magia para curarla en ese mismo instante.


Tan aliviada se sintió Caramelo de Escarcha que se hizo la firme promesa de no volver a comer golosinas, nunca más, promesa que sólo duró hasta la mañana siguiente, por supuesto. Porque sí, la diminuta hada siguió comiendo golosinas y difrutándolas como siempre, eso sí, ni volvió a robarlas del Jardín de Golosinas ni volvió a comerlas en tan grandes cantidades porque, por mucho que le gustaran las chuches, a Caramelo de Escarcha le gustaban muchos más sus dientes.





viernes, 23 de diciembre de 2011

Navidad fantasmal


Era una casa muy grande, encima de una colina, en un pueblo muy remoto de un país que no era China. Vivían en la casona cuatro fantasmas felices que a nadie molestaban ni asustaban porque no había a quien aterrar ni incordiar, ni ganas que tenían de hacerlo. Ellos eran felices paseando por la gran casa a cualquier hora sin que nadie intentara echarlos de allí y sin que nadie diera gritos de terror al verlos.

Pero todo cambió para los cuatro fantasmas de la casona encima de la colina el día en que una nueva familia -papá, mamá, dos hijos, la abuela, un perro, un gato, un periquito y tres macetas de geranios- se mudaron a la casa y acabaron con la paz y la tranquilidad de la fantasmagórica casona.

Al principio estaban los fantasmas tan asustados y preocupados que decidieron irse a vivir al desván y no dejarse ver ni oír por los nuevos habitantes pero estar allí todo el día y toda la noche era muy aburrido sobre todo para unos fantasmas que nunca duermen. De modo que, al poco tiempo, empezaron salir un ratito cada noche, para dar un paseo por la casa y estirar un poco las sábanas; eso sí, de uno en uno, para no llamar la atención.
 
Poquito a poquito, y viendo que no pasaba nada, los fantasmas se decidieron a salir más a menudo y, al cabo de unos meses, hasta salían de día aunque, claro está, sin dejarse ver por la familia no fuera a ser que les diera por llamar a uno de esos medios o midius o médiums o como se llamen, que asustaban a los fantasmas con sus horrorosas túnicas y sus cosas raras. Pasaron, pues, las semanas sin más problema que aguantar unos cuantos ladridos del perro, que el gato los mirara fijamente cuando pasaban a su lado, algo de música estruendosa, peleas de los niños y una abuela que ponía a toda pastilla el volumen del televisor porque era un poco sorda y no quería perderse ninguno de los cotilleos de sus programas favoritos. Los fantasmas seguían sin soportar a los humanos y todo el ruido que armaban pero, vaya, parecía que quizás fuera posible vivir todos juntos, eso sí, ignorándose cuidadosamente los unos a los otros.

Los fantasmas incluso llegaron a pasárselo en grande en Halloween con aquella maravillosa decoración de calabazas, murciélagos, brujas y demás cosas terroríficas, y todos aquellos niños disfrazados de monstruos monstruosos. Durante esos días los fantasmas disfrutaron como nunca y hasta se atrevieron a salir de la casa y dejarse ver por todo el mundo. Como era Halloween nadie se daba cuenta de que eran fantasmas de verdad y la gente, al verlos pasar, les felicitaban por sus estupendos disfraces.

Sí, señor, todo iba bien, estupendamente bien... Hasta que llegó la Navidad y se lió parda.



A los viejos fantasmas de la gran casona -¡qué se le va a hacer!- no les gustaba la Navidad. No porque les pareciera cursi -que sí les parecía-, ni porque pensaran que era ñoña -que lo pensaban-, ni porque creyeran que los villancicos eran horrorosos -que lo creían-, ni porque opinaran que la decoración era espantosa -que lo opinaban-. A los viejos fantasmas de la vieja casona nos les gustaba la Navidad porque... Porque... ¡Pues porque no les gustaba y nada más! Y cuanto más se acercaba la Navidad, más gruñones se volvían y más refunfuñaban y más se quejaban y más protestaban y más insoportables se ponían.

Finalmente se reunieron en el desván donde vivían desde que tenían compañía en la vieja casona y, tras mucho hablar y mucho discutir, decidieron pasar a la acción y declararle la guerra a la Navidad. Iban a hacer todo lo posible para que no hubiera adornos ni villancicos ni dulces navideños ni nada de nada de nada que oliera a esas fiestas.

Y llegó el día en que toda la familia se puso en marcha para llenar la gran casona de adornos navideños: guirnaldas en puertas y paredes, calcetines en la chimenea, velas en las mesas, figuritas de Papá Noel por todos lados, un precioso árbol en el salón. La casona fantasmal se llenó de luz y olor a Navidad.
 
Ese día a los fantasmas les salió una horrible urticaria debido a la alergia que todo eso les provocaba y, tras pasarse todo el día rascándose sin parar, decidieron que era el momento de actuar.

Se pusieron unos guantes de goma y quitaron todos los adornos navideños que encontraron y volvieron a meterlos en sus cajas... y el árbol lo llevaron, tal cual, al jardín.

Pero a la mañana siguiente, una vez superada la sorpresa y el susto, los niños , sus papás y la abuela, volvieron a colocarlo todo nuevamente en su sitio.

Los fantasmas no se rindieron y, esa noche, llenos de picores y con los guantes puestos, volvieron a recoger todos los adornos navideños... y el árbol lo llevaron al sótano.

Cuando la familia despertó y se encontró con todo recogido ya no se sorprendió ni se asustó tanto. Enseguida les había quedado claro que tenían fantasmas antinavideños en casa pero eso no les iba a impedir celebrar la Navidad, faltaría más. Es decir, que ellos tampoco se iban a rendir así que vuelta a empezar con toda la decoración por tercera vez.

Y los fantasmas volvieron a recogerlo y llevaron el árbol al tejado.

Y la familia volvió a colocarlo todo en su sitio.

Y los fantasmas lo quitaban todo.
 
Y la familia volvía a colocarlo.

Que la mamá encendía el horno para preparar galletas o pasteles navideños, iban los fantasmas y lo apagaban.

Que la abuela ponía villancicos, pues los fantasmas los quitaban.

Que los niños escribían cartas a Papá Noel o a los Reyes Magos, los fantasmas se las escondían.

Y así día tras día.

Hasta que todos, familia y fantasmas, acabaron agotados y aburridos de quitar y poner, de poner y de quitar. Lo habían hecho tantas veces y estaban tan cansados que, en alguna ocasión, incluso se equivocaron y lo hicieron al revés: la familia quitó los adornos y los fantasmas los colocaron.


Una mañana el papá decidió que lo mejor sería hablar con los dichosos fantasmas y llegar a algún acuerdo o se iban a pasar la Navidad quitando y poniendo cosas. Como no sabía qué hacer para hablar con ellos se le ocurrió que lo mejor era llamarlos a gritos desde el salón de la gran casona. Y los fantasmas, cansados, enfurruñados y llenos de urticaria, fueron apareciendo uno a uno dispuestos a acabar con aquello de una vez por todas.

Estuvieron hablando horas y horas y más horas. Y hablando y hablando descubrieron los fantasmas que aquella familia les caía bien y la familia descubrió que aquellos fantasmas no eran tan antipáticos como creían... pero seguían sin encontrar una solución a su problema. O seguían con su particular guerra -de la que estaban hartos-, o se iban los fantasmas -que no tenían la menor intención-, o se iba la familia -que tampoco tenía la menor intención-, o se rendían unos o se rendían los otros -y ni los otros ni los unos querían rendirse-. ¿Cómo iban a solucionar aquello?

Y pensaron y pensaron y siguieron pensando hasta que, por fin, a uno de los niños se le ocurrió una idea estupenda. ¿Y si hacían una especie de Naviween o Hallowidad? Si mezclaban ambas fiestas y adornos de las dos quizás les gustara más a los fantasmas y dejarían de tener urticaria. Y tras meditarlo todos durante un rato decidieron que no pasaba nada por probar... Y eso hicieron.


Entre todos, fantasmas y humanos, adornaron el árbol combinando las bolas de toda la vida con pequeñas calabazas y mezclando espumillón con telas de araña. Hicieron guirnaldas con muérdago y murciélagos. Pusieron figuritas de fantasmas sonrientes vestidos de Papá Noel y Papá Noel montado en una escoba de bruja. Y así con todos los adornos navideños, haciendo una mezcla de lo más curioso. Se prohibieron los villancicos porque les daba dolor de cabeza a los fantasmas pero a cambio los fantasmas les enseñaron unas canciones muy divertidas y unos dulces muy curiosos.

En fin, que aquellas fiestas, Navidad lo que se dice Navidad no parecían pero divertidas lo que se dice divertidas, lo eran un rato y todos se lo pasaron en grande. En realidad les gustó tantísimo tanto a humanos como a fantasmas que, a partir de entonces, en la gran casona de la colina de un país que no era china, al llegar el invierno, se preparaban con entusiasmo para celebrar Naviween o Hallowidad o como quieras llamarlo.

Antonia la momia (26 días para Halloween)

  Antonia la momia no puede dormir, las vendas le pican y empieza a gruñir. Si por ella fuera se levantaría, pero le da miedo lo que hay afu...