sábado, 23 de mayo de 2015

La bruja cuentacuentos


Érase que se era una bruja.
Érase que se era una bruja llamada Evelina Divina.
Érase que se era una bruja llamada Evelina Divina que vestía de negro, como todas las brujas.
Que usaba un enooooorme sombrero puntiagudo, como todas las brujas.
Que montaba en escoba, como todas las brujas.
Que tenía un gato negro, como todas las brujas.
Y que se peinaba más bien poco, como todas las brujas.
Pero érase que se era que la bruja Evelina Divina tenía un secreto.
Un secreto que no sabía ni siquiera su mejor brujiamiga.
Y este secreto tan secretísimo era que le gustaba, le encantaba, le divertía y le entusiasmaba inventar historias y que también le gustaba, le encantaba, le divertía y le entusiasmaba contarlas.
Y este secreto tan secretísimo era un secreto porque a las demás brujas eso de leer, escribir e inventar les parecía una pérdida de tiempo, un aburrimiento y una soberana tontería.
-¡Una bruja cuentacuentos! ¡Menuda ocurrencia! -diría Anodina Marina arrugando mucho la nariz.
-¡Una bruja que inventa historias! ¡Qué cosas hay que oír! -diría Ambrosina Temblina arrugando mucho el entrecejo.


-¡Una bruja con imaginación! ¡Lo que me quedaba por ver! -diría Antonina Cansina arrugando mucho los labios.
Y luego se reirían de ella, dejarían de invitarla a las fiestas y, lo peor de todo, le prohibirían seguir inventando y contando sus historias.
Así que, cada tarde, calladita, calladita, Evelina Divina cogía su cesta de recoger hierbas mágicas y se iba al bosque. Al llegar a un precioso claro justo en el centro del bosque se sentaba en un tronco y allí la brujita inventaba y contaba unas historias mega fantasticas y súper maravillosas a sus amigos, los animales, que escuchaban con las orejas bien abiertas y los ojos muy tiesos... Quiero decir, con las orejas bien tiesas y los ojos muy abiertos.
Érase que se era que cierta tarde de otoñal otoño, andaba por el bosque Pascualín buscando setas cuando se encontró con Evelina Divina que, muy concentrada, contaba a los animalitos una historia sobre una princesa aburrida y un príncipe tonto.
A Pascualín le gustó tanto la historia que se sentó en silencio muy silencioso, y escuchó con las orejas bien tiesas y los ojos muy abiertos.
La brujita Evelina Divina se quedó muy sorprendida al ver a un niño entre sus amiguitos pero estaba tan feliz que no dijo nada.
Pascualín escuchó la historia y luego escuchó otra, y luego otra, y otra... Hasta que no le quedó más remedio que marcharse. Prometiendo, eso sí, que volvería al día siguiente.
Y así fue, al día siguiente Pascualín regresó al bosque con su amigo Miguelín.
Al tercer día fueron a escuchar a Evelina Divina: Pascualín, Miguelín y Antolín.
Al cuarto día se unieron a los tres amigos: Anita y Margarita.
A la semana todos los niños del pueblo pasaban la tarde en el bosque escuchando a Evelina Divina que nunca, jamás, se había sentido tan feliz.
Érase que se era que otra tarde de otoño otoñal los niños y los animalitos se rieron tanto, tantísimo, con una historia de Evelina Divina que las otras brujas acabaron enterándose de todo.
-¡Niños en nuestro bosque! ¡Y animalitos con pinta de cursis! ¿A quién se le ocurre? -dijo Anodina Marina arrugando la nariz.
-¡Niños riéndose! ¡Animalitos felices! ¡Qué cosas hay que ver! -dijo Ambrosina Temblina arrugando mucho el entrecejo.


-¡Una bruja feliz! ¡Una bruja con amigos! ¡Lo que hay que aguantar! -dijo Antonina Cansina arrugando mucho los labios.
Érase que se era que las tres brujas brujonas, todas aburridas y arrugadas, dijeron a la pobre Evelina Divina:
-Debes dejar esas tonterías inmediatamente. Nada de imaginar. Nada de inventar. Nada de contar.
-¿Y si no obedece? -preguntó Pascualín.
-Tendrá que irse de este bosque, niño tontorrón y preguntón -respondieron las tres del tirón.
Evelina Divina miró a las brujas brujonas, todas aburridas y arrugadas:
-Si me marcho del bosque no tendré donde vivir.
Luego miró a sus amiguitos con cara muy triste:
-Tendré que dejar mis historias.
Pascualín miró a Miguelín, Miguelín miró a Antolín, Antolín miró a Anita, Anita a Margarita y así hasta que todos se miraron y, dijeron que sí con la cabeza.
Evelina Divina y las tres brujas brujonas los miraban sin entender nada de nada.
Entonces habló Pascualín:
-Hay una casa al borde del bosque.
-Una casa pequeña -dijo Miguelín.
-Abandonada -dijo Antolín.
-Nuestros padres pueden arreglarla -dijo Anita.
-Y entre todos podemos limpiarla -dijo Margarita.
Y Pascualín terminó:
-Puedes vivir allí. Los animalitos y nosotros te visitaremos todos los días. Podrás contarnos todas esas historias y ya no tendrás que esconderte.
Las brujas brujonas, gruñeron y se arrugaron aún más pero no podían hacer nada.
Evelina Divina saltó de alegría y abrazó a todos los niños, y a los animalitos y hasta a las tres brujas arrugadas y aburridas.
Érase que se era que al borde de un precioso bosque, en una preciosa casita blanca y azul, vive la bruja Evelina Divina. Y cada tarde, la brujita prepara una estupenda merienda para todos los amigos que van a visitarla. Luego, mientras el sol va bajando lentamente, Evelina Divina, imagina, inventa y cuenta unas maravillosas historias.

miércoles, 13 de mayo de 2015

Cómo duermen los animales



A la hora de dormir todos tienen sus manías.
Boca abajo duerme María,
boca arriba duerme Miguel,
de lado duerme Matías
y Pedrín siempre al revés.

Como es tan alta, tan alta,
la jirafa Mariví
usa como almohada
una nube azul y gris.


 Don Orondo, el elefante.
mueve su trompa, elegante,
como quien escucha música,
hacia atrás y hacia delante.

Doña Alegre Chimpancé
duerme subida a una rama
muy cómoda y calentita
como si fuera una cama.







El león Fiero Rugiente
ronca tan alto y tan fuerte
que a doña Fiona Leona
la despierta, siempre, siempre,

El cocodrilo Camilo,
en su cama de agua dulce,
se mece con suavidad
sin parar de bostezar.




La serpiente Maribel
agita su cascabel
como si fuera un sonajero
para dormir a sus bebés.

Sólo el búho Ululú
mantiene los ojos abiertos
pues lo suyo es dormir durante el día
y pasar las noches despierto.

A la hora de dormir todos tienen sus manías.
Boca abajo duerme María,
boca arriba duerme Miguel,
de lado duerme Matías
y Pedrín siempre al revés.


jueves, 23 de abril de 2015

La mascota de Adrián


La mascota de Adrián no es un perro, ni un gato, ni un canario, ni un hámster, ni ningún otro animal.
La mascota de Adrián es algo mucho más original.
Algo mucho más curioso.
Algo realmente único.
La mascota de Adrián es, nada más y nada menos que... una piedra.
Una piedra sin nada especial.
Una piedra de lo más normal.
Una piedra dura, gris y muy... muy... bueno, muy piedra.
Adrián cuenta a todo el mundo que su piedra es mejor que el perro de Lucía, que saluda dando la patita.
Mejor que el gato de Miguel, que cae siempre de pie.
Mejor que el loro de María que recita poesía.



Mejor que el hámster de Julián que da vueltas sin parar.
Mejor que cualquier mascota de cualquier niño de cualquier lugar.
A Adrián le gusta sacar a su piedra de paseo.
Llevarla al parque y jugar al tejo.
Meterla en la fuente e imaginar que es un submarino.
Arrastrarla por el suelo haciendo “Bruum... Bruum”  como si fuera un coche.
Moverla por el aire haciendo “Tactactactactac” igual que un helicóptero.
Los días que no puede salir de casa, Adrián saca sus pinturas y pinta su piedra.
Con blanco y rojo, una cara de payaso.



Con amarillo y marrón, un girasol.
Con negro, un gato presumido.
Con marrón, un perro divertido.
Con verde, un extraterrestre.
Y con todos los colores, un precioso arco iris.
Además de todo eso, su piedra le sirve de martillo para construir cosas.
La puede usar para cascar nueces.
O para que sus cromos favoritos no salgan volando.
Cuando va a la playa sirve para aplastar la arena de su castillo o para hacer dibujos en la arena mojada.
A veces la usa para remover la tierra y plantar semillas.
Adrián no entiende por qué todo el mundo dice que una piedra es una mascota aburrida y que no se puede jugar a nada con ella:
-¡Serán las otras piedras -dice- porque yo con la mía me lo paso en grande.

domingo, 15 de marzo de 2015

El gallo Cirilo y la gallina Marina


Aquella mañana el gallo Cirilo no pudo cantar.
Lo intentó una vez.
Lo intentó dos.
Hasta tres y cuatro veces probó
Pero de su pico nada salió.
¡El pobre Cirilo estaba ronco, casi sin voz!
-¡Ayayayayay! -pensó Cirilo- ¿Qué voy a hacer ahora? ¡Ayayayay! Si no canto nadie se despertará.
Cirilo, subido en lo más alto del gallinero, pensó y meditó.
-Igual si doy palmas,,,
Y Cirilo dio una palmada:
¡CLAP!
Y luego dio dos:
¡CLAP! ¡CLAP!
Y hasta con tres probó:
¡CLAP! ¡CLAP! ¡CLAP!
Siguió con cuatro, con cinco, con seis, con siete y así hasta diez y mucho más...
Pero nadie se enteró.
Cirilo, en lo alto del gallinero, volvió a pensar y a meditar.


-Igual si doy golpes con el pico...
Y Cirilo dio un golpe con el pico:
¡TOC!
Y luego dio dos:
¡TOC! ¡TOC!
Y hasta con tres probó:
¡TOC! ¡TOC! ¡TOC!
Siguió con cuatro, con cinco, con seis, con siete y así hasta diez y mucho más...
Pero nadie despertó.
-¡Ayayayayay! -pensó Cirilo- ¿Qué voy a hacer ahora? ¡Ayayayay! Si no canto nadie se despertará.
Y Cirilo, preocupado, siguió pensando sentado en lo más alto del gallinero.
La gallina Marina, que también madruga, al verlo tan preocupado le quiso ofrecer su ayuda.
Despacito, con cuidado, subió Marina a lo más alto del gallinero.
Se sentó junto a Cirilo y, después de colocarse las plumas, habló:
-Si tú no puedes cantar, lo haré yo.
-¿Tú? -dijo Cirilo muy, muy bajito-  ¡Si no puedes cantar!
-Bueno, lo puedo intentar.
-¡No sabes decir Kikirikí! -Cirilo gruñó.
-Pues diré Cocorocó -Martina insistió.


-¡Pero eres una gallina! -dijo Cirilo para acabar.
-¿Y eso qué más da? -respondió Marina sin dejarse asustar.
Cirilo, en lo alto del gallinero, volvió a pensar.
El tiempo pasaba.
El sol estaba a punto de llegar.
En la granja dormían y nadie los iba a despertar.
-Vale -dijo Cirilo-. Está bien. Si no queda más remedio, lo tendremos que intentar.
Y Marina la gallina, muy ufana y muy contenta, se puso en pie, arregló sus plumas, colocó su cresta, se estiró muy estirada, agitó sus alas y cantó con todas sus fuerzas:
-¡COCOROCÓOOO! ¡COCOROCÓOOO!
Poco a poco, toda la granja despertó: el cerdo, la vaca, el perro, la oveja, el caballo y hasta el granjero, que era un poco dormilón.
El gallo Cirilo nombró a la gallina Marina gallo honorario. Y, desde entonces, cada vez que Cirilo se pone enfermo, o se va de vacaciones, Marina sube a lo más alto del gallinero, se arregla las plumas, se coloca la cresta, se estira muy estirada y canta con todas sus fuerzas:
-¡COCOROCÓOOO! ¡COCOROCÓOOO!

miércoles, 18 de febrero de 2015

Brujinalda


La brujita Brujinalda creía que nadie la trataba como a una bruja temible.
Ni sus vecinos.
Ni las otras brujas.
Ni siquiera los niños.
Nadie.
Brujinalda se miraba al espejo y pensaba:
-Esta cara mía es demasiado normal para una bruja.
Su nariz era demasiado pequeña.
Su pelo estaba siempre perfectamente peinado.
No tenía ni arrugas, ni verrugas, ni siquiera un granito así de pequeñito.
Y, encima, no le faltaba ningún diente.
Con esa cara no había manera de dar miedo.
Con esas pintas nadie la tomaría en serio.
Pero, ¿qué podía hacer para remediarlo?
Brujinalda se puso su sombrero de pensar, se sentó en su sillón de pensar, puso su cara de pensar y pensó, repensó y volvió a pensar.
Pasó un rato sin que se le ocurriera nada.
Luego pasó otro rato más.
Después pasaron otros tres o cuatro ratos.
Al quinto rato, cuando ya se le estaba poniendo cara de seta de tanto pensar, Brujinalda tuvo una idea:
-¡Me tendré que disfrazar!


Y, dicho y hecho, Brujinalda cogió su escoba y voló hasta una tienda de disfraces donde compró todo lo necesario para convertirse en una bruja horrorosamente horrorosa.
A la mañana siguiente, antes de salir de casa, Brujinalda se puso una enorme nariz postiza, se pegó tres verrugas falsas -una bajo la nariz, otra en la barbilla y otra en la mejilla- se encasquetó una horripilante peluca y se pintó de negro dos o tres dientes.
-Ahora sí que parezco una bruja de verdad -dijo Brujinalda, y salió de casa la mar de contenta.
Sus vecinos, al verla, se alejaron con miedo.
Sus amigas, las  brujas, la saludaron con mucha educación.
Y los niños huyeron asustados.
La brujita Brujinalda estaba feliz como una lombriz.
¡Ahora sí que daba miedo!
Todo iba bien, mejor que bien, requetebien.
La brujita estaba tan horrorosa que nadie se atrevía a acercarse a ella.
Pero entonces todo empezó a ir mal, peor que mal, requetemal.
Mientras intentaba transformar a un príncipe en sapo, la nariz postiza le resbaló hasta la barbilla. Brujinalda se despistó, el hechizo falló y el príncipe acabó con ancas de rana.
¡Qué desastre!
Y mientras lanzaba un hechizo para dormir a una princesa, las verrugas se despegaron una tras otra: plic... plic... plic... Brujinalda intentó cogerlas en el aire, el hechizo se desvió... y la brujita acabó durmiendo a tres guardias reales, al bufón y a un señor con barbas que pasaba por allí.
¡Qué desastre!


Y la peluca, ay, la peluca. La dichosa peluca no se estaba quieta: se movía a la derecha, se movía a la izquierda, se movía hacia atrás, se movía hacia delante, le tapaba un ojo, le tapaba el otro ojo... le tapaba los dos ojos...
¡Qué desastre!
Brujinalda volvió a casa triste y decaída.
-¡Nunca daré miedo! -se lamentaba- ¡Nunca me tomarán en serio!
Su vecina doña Marlinda que la oyó quejarse le dijo:
-¿Y por qué quieres dar miedo? A nosotros nos gusta como eres.
Y la bruja Brujilda, que pasaba por allí comentó:
-Eres una bruja estupenda y  nos gusta tal cual eres.
Y los niños que por allí andaban jugando dijeron:
-No queremos que des miedo. Nos gustas así de divertida.
Brujinalda, en casa, se puso su sombrero de pensar, se sentó en su sillón de pensar, puso su cara de pensar y pensó, repensó y volvió a pensar.
Y, por fin, cuando ya se le estaba poniendo cara de seta de tanto pensar Brujinalda se dio cuenta de que conseguir que te quieran es mucho, pero muchísimo más difícil que dar miedo y era mucho, muchísimo mejor.
La brujita Brujinalda cogió la nariz postiza, las verrugas falsas y la peluca horrible, fue al desván y lo guardó todo bien guardado.
A partir de ese momento Brujinalda sólo se disfrazaría para Halloween.

Antonia la momia (26 días para Halloween)

  Antonia la momia no puede dormir, las vendas le pican y empieza a gruñir. Si por ella fuera se levantaría, pero le da miedo lo que hay afu...