Todo el mundo en el pueblo sabía que la mansión de la colina era una casa encantada, más que encantada, encantadísima... Pero nadie le tenía miedo. El visitante que llegaba al pueblo, cuando oía hablar de la mansión encantada, abría mucho los ojos, todo asustado, empezaba a temblar y bajaba la voz como si alguien estuviera escuchando.
Y la gente del pueblo se reía a carcajadas.
Y el visitante miraba a todos con cara de pasmo y sin entender nada.
Luego lo invitaban a ir a la casa y el visitante, claro, se negaba.
Pero siempre había alguien que insistía e insistía:
—Verás que no pasa nada.
Y tanto insistían que, al final, el visitante aceptaba... Eso sí, antes se llevaba todas las cruces que encontraba, se bañaba en agua bendita, se colgaba ajos, se metía una estaca en el bolso, sal para círculos mágicos, una cucharilla de plata, una herradura de la suerte, un trébol en el ojal... Y una manta para taparse hasta la nariz, que todo el mundo sabe que es lo mejor para defenderse de los monstruos.
Y la gente del pueblo volvía a reírse, pero le dejaban ir así, cargado como un burro mágico, con lo cual llegaba a la puerta de la casa, en la cima de la colina, con la lengua fuera y arrastrando los pies.
Y, entonces, llegaba la primera sorpresa del visitante: la casa no se estaba cayendo a trozos, sino todo lo contrario. Era una mansión preciosa, con un jardín la mar de cuidado, recién pintada y con muy buen aspecto y, encima, al tocar sonaban unas campanillas muy agradables.
La segunda sorpresa era que la Mansión, sí, sí, la Mansión, les daba la bienvenida con una preciosa voz de abuelita y dentro olía a galletas recién hechas.
Cuando aparecía el primer fantasma, el visitante corría a esconderse bajo la manta que ya tenía preparada, pero casi enseguida se daba cuenta de que aquel fantasma y los que le seguían eran la mar de amables y educados. Y lo mismo ocurría con los dos vampiros, los tres hombres lobo y las cuatro momias. Al monstruo de debajo de la cama le costaba presentarse porque era muy tímido, y también salían a saludar unas hermanas gemelas que se acababan las frases la una a la otra, una bruja maruja a la que le gustaba más cotorrear que embrujar, un par de zombis que no dejaban de perder trozos... Y un montón de monstruos más, pero todos súper educados, amables y divertidos.
Era entonces cuando el visitante entendía por qué nadie en el pueblo tenía miedo a la mansión, porque no se llamaba encantada por estar embrujada, sino porque era, efectivamente, una mansión feliz y con mucha alegría.
Vamos, que era una mansión encantada de la vida.
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