Es la noche, la gran noche,
la noche de Halloween,
la noche en que los monstruos
al fin pueden salir.
Es su noche, la gran noche,
la gran noche de festejar,
la noche en que los monstruos
salen a desfilar.
Primero llegan volando
brujas y brujos, girando
y haciendo cabriolas
sobre aspiradores y escobas.
Tras ellos, negros, muy negros,
llegan cuervos y murciélagos,
graznando, aleteando
y el cielo entero tapando.
Y aquí llegan los fantasmas
transparentes o con sábanas,
cien cadenas arrastrando
y sobre el suelo flotando.
Tras ellos con mil gruñidos
y unos doscientos aullidos,
los hombres lobos se acercan
marchando muy decididos.
En una tormenta de arena
llegan las momias, serenas,
en sus vendas bien envueltas,
sonrientes y resueltas.
Cocleando y claqueando
los esqueletos van llegando,
los huesos entrechocando,
muy elegantes bailando.
Refinados y estilosos
llegan los vampiros, garbosos,
atractivos y graciosos,
presumidos y orgullosos.
Renqueando y cojeando
los zombis van desfilando,
a voz en grito cantando
y, alguno, hasta bailando.
Entre gritos y gruñidos,
entre el calor y el fuego,
los demonios dando aullidos,
llegan saltando y rugiendo
y creyendo que dan miedo.
De armarios y de alacenas,
de roperos y vaseras,
vienen monstruos a docenas.
De debajo de las camas,
de desvanes y despensas,
salen monstruos a centenas.
Y con ellos acabamos,
el desfile terminamos,
con fuegos artificiales,
con música, con timbales
y bailes espectaculares.
Porque es la noche, la gran noche,
la noche de Halloween,
la noche en que los monstruos
al fin pueden salir.
Es su noche, la gran noche,
la gran noche de festejar,
la noche en que los monstruos
salen a desfilar.




No hay comentarios:
Publicar un comentario