Cojeando despacito,
andando medio de lado,
un zombi preocupadito
buscaba por todos lados
algo que había perdido.
No ha perdido la cartera,
ni las llaves, ni un zapato,
ni los guantes, ni un abrigo,
ni siquiera una tetera.
¿Qué es lo que habrá perdido?
Otro zombi que lo vio,
se acercó y le preguntó:
—¿Qué busca usted, don Benito?
—Pues algo que he perdido.
—Eso ya lo imagino...
¿Pero qué es eso que ha perdido?
—Pues verá usted, don Agapito,
no lo tengo muy clarito.
Don Agapito, sorprendido,
miró fijo a don Benito
y, tras meditar un rato,
fue y le dijo despacito:
—¿Y si hacemos un repaso
y vamos pasito a paso,
a ver si descubrimos
lo que puede haber perdido?
Y dijo don Benito
muy delicadamente:
—Es una idea excelente,
estoy harto de buscar inútilmente.
Empecemos rápidamente.
Y empezó don Agapito:
—Dígame usted, don Benito,
¿cómo andamos de cabello?
Me parece que le falta algo de ello.
—Huy, qué va, eso no es,
ese pelo lo perdí
hace lo menos un mes.
—Ah, muy bien,
sigamos pues.
Veo que aquí, a la izquierda,
parece faltar una oreja,
—Quédese usted tranquilo,
que esa se me cayó
hace ya año y pico.
—La nariz está en su sitio
y la lengua en su lugar,
¿quizás perdió algún diente,
un molar, algún colmillo?
—No es eso, ya se lo digo,
que me faltan es seguro,
pero los perdí hace
por lo menos un siglo.
—Pues no sé qué puede ser,
tiene usted ojos y orejas,
tiene pelo y tiene dientes,
dos brazos y dos piernas...
¿Se ha contado usted los dedos?
Don Benito los contó
con paciencia y atención.
—Uno, dos, tres, cuatro, cinco...
Y siguió con la revisión.
—A ver, hasta veinte no llego,
pero es que este meñique
tiene la costumbre de irse
y el anular izquierdo
lo perdí estando en Toledo.
—Pues verá usted, don Benito
que ando un poco perdido,
revisamos y revisamos
y todo parece en su sitio.
¿Quizás sea algo de adentro:
corazón, hígado, páncreas
estómago o intestino?
El corazón, aunque parado,
ahí lo tengo, en este lado,
el hígado se me cayó
hace ya un mes o dos.
En fin, don Agapito,
que lo que no está en su lugar,
lo perdí hace un tiempito.
Miró don Agapito,
fijamente a don Benito:
—¿Está usted seguro
de haber perdido algo suyo?
Y miró don Benito
fijamente a don Agapito:
—Pues si le soy sincero,
eso creía, pero...
igual no he perdido nada.
Sonrió don Agapito
y sonrió don Benito,
y se fueron ambos juntitos,
cojeando despacito.



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