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Mostrando entradas de julio, 2014

El paraguas rojo

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Érase que se era una sombra. Una sombra curiosa. Una sombra fantasiosa. Una sombra soñadora. Una sombra nada normal. Una sombra que no quería arrastrarse por el suelo, ni pegarse a las paredes, ni ser de un color tan feo. Una sombra que soñaba con volar, viajar por todo el mundo y ser de muchos colores. Una mañana lluviosa esta sombra tan curiosa, soñadora y fantasiosa se encontró con un paraguas. Un paraguas precioso. Un paraguas enorme, de color rojo rabioso. Era tan bonito y tan rojo que la sombra no podía dejar de mirarlo. Se acercó a él. Despacito. Con cuidado.
Lo cogió con las dos manos y, justo en ese momento...

Pobrecita Huyhuyhuy

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Huyhuyhuy era una niña diminuta. Tan pequeña, tan pequeña que podía dormir en la palma de una mano. Tan minúscula, tan minúscula que una margarita era más alta que ella. Huyhuyhuy vivía en un mundo donde todo, todo, era rojo. Bueno, todo menos las nubes que eran blanquirosadas. Lo demás, todo rojo. Su pelo era rojo. Sus vestidos, rojos. O blancos con rayas rojas. O rojos con lunares blancos. O a cuadros rojos y blancos. Las flores eran rojas. La hierba, roja. Y los árboles. Y las hojas. Y el otoño, por supuesto. Y las fresas, las cerezas y las manzanas. Y hasta los animales. Todo, todo, era de color rojo. Huyhuyhuy era tan pequeñita que era difícil verla. Y, además, entre tanto rojo, era muy difícil distinguirla de todo lo demás.




Así que la pobrecita Huyhuyhuy, siempre que salía a pasear, iba con mucho cuidado y con mucho miedo. - Huyhuyhuy – decía la niña cuando se encontraba con el Sr. Gato. – Tenga usted cuidado, Sr. Gato, que estoy aquí abajo y me puede pisar.