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Mostrando entradas de 2013

El Sr. Invierno

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Sentado en un banco, enfurruñado y tristón, nos encontramos hace poco al Sr. Invierno. Despacito y con cuidado, para no enfadarlo, nos fuimos acercando hasta sentarnos a su lado y Pedrín, que es el menos tímido de los tres, le preguntó: -¿Qué le pasa Don Invierno? -¿Por qué está tan serio? -preguntó Pablín. -¿Por qué tiene esa cara de vinagre? -Pregunté yo también. Y el Sr. Invierno, dando un suspiro que casi nos deja congelados, dijo con voz helada: -Porque no le caigo bien a nadie -Y las palabras, según salían, caían al suelo convertidas en hielo. -Eso no es cierto -dijo Pedrín enseguida. -A nosotros nos cae muy bien -Dijo también Pablín. -Bueno... a mí no tanto... -dije yo y no sé por qué me miraron todos tan raro. El Sr. Invierno, intentó negar con la cabeza pero le costó mucho porque lleva como unas quince bufandas y así no hay quien mueva el cuello pero, vamos, que nosotros lo entendimos.

-Pues seréis los únicos -y una letra “s” casi se me cae encima del pie -. Porque yo no oigo más que qu…

Pagotín Pereñín Pachín

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Pagotín Pereñín Pachín vivía en un agujero al pie del árbol más alto, grueso y anciano del Bosque Más o Menos Encantado. Pagotín Pereñín Pachín era un duende no muy alto, regordete, pelirrojo, pecoso y con un gran culete. La mayor parte del año nadie prestaba demasiada atención al pequeño duende pero cuando llegaba el invierno... Ah, cuando llegaba el invierno Pagotín Pereñín Pachín se volvía la mar de importante. Super importante. Importantísimo. Tan importante que sin él la Navidad no sería Navidad. Bueno, sí que sería Navidad pero no sería una Navidad como tiene que ser la Navidad. Sería una Navidad... distinta... diferente... rara... Todos los años, por Navidad, los habitantes del Bosque Más o Menos Encantado se reunían en un claro justo en el centro del bosque. Y justo en el centro de ese claro había un abeto. El abeto más alto. El abeto más grueso. El abeto más anciano de todo el bosque. Y ese abeto era el abeto en el que vivía Pagotín Pereñín Pachín y él, el pequeño, el regordete…

El hada muérdago

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Este cuento tiene ya unos cuatro años pero como no lo tenía en este blog y comienza la temporada navideña... :)





El hada Muérdago es pequeña, muy pequeña. Viste siempre de verde y rojo y, cuando se siente especialmente entusiasmada o feliz, agita sin parar sus hermosas y centelleantes alas de color dorado, tan rápido tan rápido que casi ni se ven, y se eleva a toda velocidad para luego dejarse caer planeando con suavidad.
El hada Muérdago es graciosa, muy graciosa, y también divertida, alegre y bulliciosa pero, sobre todo, es una de las hadas más responsables y sensatas de todo el bosque mágico lo cual motivó -hace ya muchos, muchos, muchísimos años- que el Consejo Supremo de las Hadas decidiera nombrarla Guardiana de la Magia de la Navidad. Una gran elección, sin la menor duda. Ni un sólo año, desde que ella se hizo cargo del asunto, ha faltado la Navidad en nuestro mundo.
Bueno, hubo cierta vez en que casi, casi nos quedamos sin ella. Pero sólo casi. Y como ahora tengo un poco de tiempo…

El invento de don Marino

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Menudo invento inventó don Marino el inventor, un invento inventado una noche de calor. Menudo invento inventó don Marino el inventor, un invento inventado que él solito inventó. Menudo invento divertido, todo de su invención, una noche de verano don Marino se inventó. Aquel invento inventado que don Marino inventó era un invento importante, un invento super genial. Era el mejor invento que se haya inventado jamás. El inventado invento que don Marino inventó iba a acabar con lo malo, lo regular y lo peor. ¿Y dónde está ese invento inventado que don Marino inventó? ¿Por qué nadie lo conoce, ni tú, ni ella, ni yo?
Porque el señor don Marino, el grandísimo inventor, como es muy despistado de su invento se olvidó. Lo metió en una caja, la caja en un gran cajón, el cajón en un armario y el armario lo cerró. Una semana más tarde el armario se llevó, lo bajó hasta el trastero y luego se olvidó. Y aquel invento inventado por don Marino el inventor sigue en aquel trastero, encerrado en el mismo armario…

Aura y la lavadora

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La pequeña Aura entra en la cocina y se sienta en el suelo, frente a la lavadora. Muy a menudo, su mamá se queja  porque dice que los calcetines desaparecen en esa máquina. Esto intriga mucho a Aura. Por eso siempre se sienta delante de la lavadora, para ver si logra averiguar dónde van los calcetines que su mamá pierde. Sus ojos dan vueltas y vueltas siguiendo el girar de la ropa. Sube un pantalón, baja una camiseta, asoma el borde de un vestido, ahí, ahí hay un calcetín... ¡vaya desapareció! Mientras la ropa gira, Aura piensa que, quizás, la lavadora es algo más que una lavadora. Piensa que, tal vez, es una puerta mágica hacia el mundo de los calcetines y por eso es que desaparecen tantos ahí dentro. Piensa que, tal vez, si mira muy fijamente, muy fijamente, sin parpadear siquiera, podrá ver cómo se abre esa puerta, allá, al fondo, y cómo se escapa algún calcetín; igual uno de esos rosas suyos tan bonitos. Sus ojos dan vueltas y vueltas siguiendo el girar de la ropa. Sube un pantalón, ba…

Silvia y el monstruo

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A Silvia le daban miedo los monstruos. Por eso, cada noche, sin faltar ni una, sus papás, revisaban su dormitorio: bajo la cama, dentro del armario, en los cajones, entre sus muñecos... Cuando estaban seguros de que no había ninguno, ni siquiera uno pequeñito Silvia se metía en la cama sin miedo. Pero una noche de Halloween Silvia escuchó un pequeño ruido. Un ruido tan minúsculo que casi no parecía un ruido. Un diminuto ruido que venía del ropero. ¿Qué sería aquello? ¿Un monstruo? ¡Imposible! Su papá había rebuscado allí adentro y no había encontrado nada. ¿Entonces? ¿Qué sería aquello? ¿Un insecto? ¿Algún juguete? Silvia se levantó y se acercó al armario. Pegó su oreja a la puerta. Sonaba como alguien llorando bajito. ¡Pero eso no podía ser! ¿Verdad?
Abrió la puerta muy, muy despacio y se llevó el susto de su vida cuando vió, acurrucadito entre un montón de ropa, a un pequeño monstruo de color azul que lloraba desconsoladamente. El monstruito, al verla, intentó esconderse bajo el montón…