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CARTONPIEDRA

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Cartonpiedra era una caja grande, triste, arrugada y agujereada que había sido abandonada junto a los contenedores de basura.
—¡Pobre de mí! —decía Cartonpiedra— ¡Me van a aplastar y trocear y hacer otras cosas mil! ¡Ay, ay, pobre de mí! El viento, que siempre acaba pasando por todos los sitios y en ese momento pasaba por allí, viéndola llorar y suspirar, temblar y tiritar, sintió mucha pena y quiso ayudarla.  Así que sopló y sopló con mucha fuerza y, medio volando, medio arrastrando, se la llevó hasta un descampado, casi, casi un prado, en medio de la ciudad, con un parque justo al lado. —¡Aquí la dejo, doña Caja! Ya no irá a la basura. A partir de ahora, su vida es suya. Y allí quedó Cartonpiedra, sin saber muy bien qué hacer, aparte de mirar a los insectos, las lagartijas, los pájaros, los ratones, las nubes, el sol, la luna, las estrellas...

Charcos

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Lo mejor de la lluvia son los charcos. Charcos tan pequeños que sólo caben tres gotas. Charcos tan grandes que casi se puede bañar un oso. Charcos marrones de barro. Charcos negros de suciedad. Charcos escondidos bajo baldosas sueltas que te mojan a traición. Charcos de todos los tamaños y todas las formas.
Charcos para saltar dentro. Charcos para saltar por encima. Charcos para rodear y charcos en los que casi, casi se puede nadar. Charcos para caer de culo y quedar empapados. Charcos que te llenan los zapatos de agua. Charcos con hojas donde viajan las hormigas. Charcos frescos donde beben los pájaros. Charcos para esquivar antes de que pase un coche. Charcos donde el agua ni se mueve. Charcos llenos de olas muy pequeñas. Charcos donde navegan barquitos de papel. Charcos para chapotear, salpicar, saltar y bailar. Charcos para jugar.

RASSS… SHHH… SHHH… RASSS…

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Esta noche hay  tormenta, y no brilla la luna yo no me puedo dormir y ya es casi la una. —Rasss… Shhh… Shhh… Rasss... Se oyen roces bajo mi cama. —¡Qué bien, un monstruo me viene a asustar! Me alegro y aplaudo a rabiar. —Rasss… Shhh… Shhh… Rasss... Una enorme cola llena de escamas, golpea y se agita en la oscuridad. —Rasss… Shhh… Shhh… Rasss… Unas largas garras, de uñas muy negras, suben muy despacio por mi manta nueva. —Rasss… Shhh… Shhh… Rasss... —¡Ayayay, qué miedo! ¡Menudo canguelo!
Digo, y me subo la manta hasta los hoyuelos.
Ahí viene, ahí llega, ya asoma la enorme cabeza. —Rasss… Shhh… Shhh… Rasss... Unos ojos muy grandes me miran con sorpresa y tras ella aparece un hocico lleno de pelos. Y bajo el hocico un bigote, un bigotito de nada, de tamaño caramelo