sábado, 13 de julio de 2019

Mauricio Molero

 


Mauricio Molero 
molía el maíz
y con la otra mano
movía su nariz.

Mauricio Molero
molía el millo
y con la otra mano
manejaba el martillo.

Mauricio Molero
molía el mijo
y con la otra mano
mecía a su hijo.


Mauricio Molero,
molía la avena
y con la otra mano
mojaba la arena.

Mauricio Molero
molía cebada
y con la otra mano
medía y marcaba.

Mauricio Molero
molía y molía
y con la otra mano
mil cosas hacía.

lunes, 22 de abril de 2019

El duende del sueño


Me meto en la cama,
me tapo hasta la nariz.
cierro los ojos
es hora de dormir.
Pero el duende del sueño,
hoy tarda en venir.
Espero y espero,
y vuelvo a esperar.
El duende no llega,
¿qué le pasará?
Giro a la derecha,
luego a la izquierda,
me pongo boca arriba
y sobre mi barriga,
miro al techo,
a la puerta,
la ventana,
la cortina...
Nada, que el duende no llega,
¿qué le ocurrirá?



Parece que lo oigo,
ay, que va a llegar.
¡Juguemos al escondite! —le escucho gritar.
Yo estoy muy cansada,
no quiero correr
ni tampoco saltar,
quiero seguir en la cama,
dormir y descansar.
Pero el duende del sueño hoy quiere jugar
¡Juguemos al escondite! —grita sin parar.
Hoy no me apetece,
prefiero descansar,
mira que mañana
debo madrugar.
Pero el duende del sueño no quiere trabajar.
¡Juguemos al escondite! —vuelve a gritar.
Y sale corriendo,
veloz como el viento,
a esconderse bajo un asiento.



Estás bajo la silla —le digo en un bostezo.
El duende del sueño ríe con regocijo
y sale disparado,
a buscar otro escondrijo.
Estás en el ropero —le digo al arrapiezo.
Y sin dejar de reír,
se busca otro cobijo.
Se mete bajo la cama,
se esconde tras las cortinas,
se enreda con mi pijama,
yo todo lo adivino y él no se desanima.
De vez en cuando le llamo,
por ver si me hace caso:
Ven, duende bonito,
ven, duende gracioso,
trae contigo al sueño,
te prestaré mi oso.



Ven, pequeño duende,
ven, duende chistoso,
trae el sueño, atiende,
quiero cerrar los ojos.
Pero nada, no hay manera,
él erre que erre,
corre, grita, salta, vuela,
tan feliz y tan alegre.
Se esconde sobre la lámpara,
se mete bajo mi manta,
yo intento atraparlo,
pero siempre se me escapa.
Y entonces se me ocurre
que si dejo de jugar
y el duende se aburre,
a lo mejor, puede ser, quizás...
Dicho y hecho,
hecho y dicho,
me quedo muy quieta,
mirando hacia el techo,
mientras de reojo al duende vigilo.
El duende del sueño,
comienza a aburrirse,
se sienta, bosteza,
me mira, se estira,
se rasca la cabeza,
pero no se anima.
Traer el sueño hasta mi almohada
le da mucha pereza.



¿Y ahora qué invento? —pienso para mí.
Si el duende no viene,
si el duende no quiere,
si el duende no se acerca a mí,
tendré que buscar otro modo
de poder dormir.
Me contaré una historia —digo para mí.
Y me cuento el cuento
de los piratas del desierto,
que nunca han visto el mar.
El duende del dueño mira boquiabierto.
Luego cuento la historia
de la princesa que atrapó un dragón,
y el de la caja de cartón,
y el del dragón gruñón....
Y poquito a poquito
el duende se aproxima
se sube a mi cama
y a mi lado se ovilla.
Y con él llega el sueño.
qué maravilla.
Y poquito a poquito
mis ojos se cierran,
el sueño me lleva
a países lejanos,
a lejanas tierras.
El duende,
muy cansado,
a mi lado se queda,
dormidito,
quietecito,
hecho un ovillito.
¡Buenas noches,
noches buenas!



domingo, 23 de diciembre de 2018

NOCHE DE NAVIDAD


Esta noche Lucía no puede dormir. 
Es Nochebuena y Papá Noel está a punto de venir.
¡Qué nervios!
¡Qué emoción!
¿Traerá todos los juguetes que Lucía pidió?
En su cama, ya revuelta, ella no puede parar,
gira a un lado, gira al otro, 
como siga dando vueltas Lucía se va a marear.
¿Dónde está el sueño esta noche?
¿Dónde el sueño se escondió?
Si no viene pronto el sueño,
no tendrá los regalos que pidió.
Lucía cierra los ojos,
los aprieta a todo apretar,
a ver si de esa manera
se duerme al contar dos.
Pero los ojos, tozudos, 
se abren de par en par.
¿Dónde está el sueño esta noche?
¿Dónde el sueño se escondió?
Si no viene pronto el sueño,
no tendrá los regalos que pidió.



Contaré ovejas, piensa Lucía,
así me dormiré, me lo dijo mi tía.
Una oveja, dos ovejas, tres ovejas amarillas,
cuatro ovejas, cinco ovejas, seis ovejas de mentira.
Cuenta veinte, cuenta treinta,
cuenta cuarenta y cincuenta.
Pero los ojos, tozudos, 
se abren de par en par.
¿Dónde está el sueño esta noche?
¿Dónde el sueño se escondió?
Si no viene pronto el sueño,
no tendrá los regalos que pidió.
Nada, que no hay manera,
nada, que no hay forma,
nada, que no se duerme, 
se ponga como se ponga.
Lucía, resignada,
triste
seria y enfadada,
se queda mirando la luna.





Ya que no me duermo, piensa,
y que es casi la una,
y que sin regalos me voy a quedar,
a Papá Noel voy a espiar.
Arregló la almohada,
se tapó bien tapada,
se cruzó de brazos
y muy peripuesta
se dispuso a esperar.
Y lo que pasó entonces
no lo vais a imaginar,
tras tanto llamar al sueño,
sin que el sueño quisiera venir,
Lucía se quedó dormida,
en lo que dura un atchís.
Y justo en ese momento,
unos cascabeles sonaron.
un ruido de cascos se oyeron,
unas botas asomaron 
bajo las cortinas del balcón.
Y Papá Noel, muy silencioso,
para no despertar a nadie,
entró muy quedo,
con su saco al hombro
y, bajo el árbol, dejó los regalos.




miércoles, 28 de noviembre de 2018

CARTONPIEDRA

 Cartonpiedra era una caja grande, triste, arrugada y agujereada que había sido abandonada junto a los contenedores de basura. 

—¡Pobre de mí! —decía Cartonpiedra— ¡Me van a aplastar y trocear y hacer otras cosas mil! ¡Ay, ay, pobre de mí! 
El viento, que siempre acaba pasando por todos los sitios y en ese momento pasaba por allí, viéndola llorar y suspirar, temblar y tiritar, sintió mucha pena y quiso ayudarla.  
Así que sopló y sopló con mucha fuerza y, medio volando, medio arrastrando, se la llevó hasta un descampado, casi, casi un prado, en medio de la ciudad, con un parque justo al lado. 
—¡Aquí la dejo, doña Caja! Ya no irá a la basura. A partir de ahora, su vida es suya. 
Y allí quedó Cartonpiedra, sin saber muy bien qué hacer, aparte de mirar a los insectos, las lagartijas, los pájaros, los ratones, las nubes, el sol, la luna, las estrellas...  
El primer día lo pasó bastante entretenida porque todo era nuevo. 
El segundo, un poco menos, porque no pasaba nada demasiado interesante. 
Para el tercero, comenzó a cansarse de tanto animalito, tanta hierba y tantas nubes. 
Al llegar el cuarto día, Cartonpiedra ya no soportaba el aburrimiento. 
Y venga otra vez a llorar, y vuelta otra vez a quejarse: 
—¡Pobre de mí! —decía— ¡Qué sola estoy aquí! ¡Cómo me aburro! ¡No tengo con quien hablar, ni con quien jugar ni na de na! 

El viento, que siempre acaba pasando por todos los sitios y en ese momento pasaba por allí, la vio, otra vez, llorar y suspirar, temblar y tiritar y volvió a sentir pena de la caja, aunque no tanto como la otra vez, eso sí.  
Así que sopló y sopló con bastante fuerza y, medio volando, medio arrastrando, la dejó en el parque justo, justo al lado de Adriana. 
Adriana era una niña pequeña, regordeta, con gafitas y coletas. Una niña pizpireta con una imaginación muy despierta que, en ese momento, estaba muy, muy, pero que muy aburrida. 
Adriana, sorprendida, miró a Cartonpiedra. 
Cartonpiedra, asombrada, miró a Adriana. 
Adriana nunca había visto una caja taaan grande. 
Cartonpiedra nunca había visto una niña, ni grande, ni pequeña, ni na. 
A Adriana, mirando a Cartonpiedra, se le fue poniendo cara de pensar, luego se le fue poniendo cara de imaginar y, al cabo de un rato, se le puso cara de eureka, que es la cara que se le pone a uno cuando se le ocurre una idea. 
—¡Serás una casa preciosa! —dijo a Cartonpiedra, que no entendió nada. 
Adriana, con mucho esfuerzo, tumbó la caja, cogió sus muñecas, unas piedras, unos palos y se metió dentro de ella.  
Y ahí se estuvo un buen rato, jugando, hasta que apareció su amigo Iván. 
Iván, sorprendido, miró a Cartonpiedra. 
Cartonpiedra, menos asombrada que antes, miró a Iván. 
A Iván, que era muy rápido, enseguida se le puso cara de eureka y dijo: 
—¡Serás un barco estupendo! 

Como Adriana estuvo de acuerdo, a partir de ese momento, Cartonpiedra fue un barco pirata, pero no un barco cualquiera, no, sino el mejor barco pirata de los siete mares completos. 

Y así estuvieron un buen rato, jugando, hasta que apareció su amiga Paula. 
Paula, sorprendida, miró a Cartonpiedra. 
Cartonpiedra, que ya no se asombraba, miró a Paula. 
A Paula le llevó un poco más pasar de la cara de imaginar a la cara de eureka, pero, al fin, tras un rato, ella también lo consiguió. Y dijo: 
—¡Serás un avión de pasajeros!  
Como Adriana e Iván estuvieron de acuerdo, a partir de ese momento, Cartonpiedra fue un enorme avión de pasajeros que volaba a lugares muy lejanos. 
Y así estuvieron un buen rato, jugando, hasta que apareció su amigo Hugo. 
Hugo, sorprendido, miró a Cartonpiedra. 
Cartonpiedra casi ni miró a Hugo. 
Hugo fue el que más tardó en poner cara de imaginar porque le daba mucha pereza ponerse a ello. Cuando, al fin, llegó a la cara de eureka, dijo: 
—¡Serás un castillo estupendo!  
Como Adriana, Iván y Paula estuvieron de acuerdo, a partir de ese momento, Cartonpiedra fue un castillo, lleno de almenas y de torres. 
Amigo tras amigo, niño tras niño, eureka tras eureka, Cartonpiedra pasó a ser un tren, una nave espacial, un submarino, un globo, una cocina, un restaurante, un centro comercial, una farmacia, la consulta de un médico, un estudio de televisión, un platillo volante y un montón de cosas más. 
Al final de la tarde, los niños, agotados y encantados tras horas de diversión e imaginación, se despidieron de Cartonpiedra. 
Y la caja volvió a quedar sola, pero esta vez no lloraba ni suspiraba, ni temblaba ni tiritaba, ni se quejaba. Esta vez, Cartonpiedra, pensaba y silbaba, pensaba y cantaba, pensaba y casi, casi bailaba. 
El viento, que siempre acaba pasando por todos los sitios, y en ese momento pasaba por allí, la encontró tan feliz que tuvo que preguntar qué había pasado. 
—¡Ay, señor Viento! ¡Que estoy muy contenta! Ya no estoy triste ni sola, ni aburrida ni nada. He encontrado muchos, muchos amigos, que me quieren y juegan conmigo. Hoy hemos estado toda la tarde pasándolo bien y mañana volverán. Y también pasado mañana y al otro, y al otro... ¿No es genial? 
El viento, contento al ver a la caja tan feliz, sopló y sopló, levantó a Cartonpiedra y, durante un rato, bailó con ella, dando vueltas y más vueltas, para celebrar su felicidad. 
Luego, con suavidad, la puso de nuevo en el suelo, le dio un último empujoncito y se marchó a soplar en otro lado. 
Cartonpiedra quedó allí, feliz, soñando con sus nuevos amigos y los juegos que estaban por llegar... 


(Publicado en el libro "Una historia por una sonrisa")

Mauricio Molero

  Mauricio Molero  molía el maíz y con la otra mano movía su nariz. Mauricio Molero molía el millo y con la otra m...