miércoles, 16 de noviembre de 2016

Estornudo Morrocotudo

A Estornudo Morrocotudo,
gordinflón y mofletudo,
le gusta mucho jugar.
hacer muchas travesuras,
enredar y alborotar.
Siempre anda el estornudo,
gordinflón y mofletudo,
buscando a quien molestar,
a quien hacer cosquillas
hasta hacerlo estornudar.
Cuando ve a don Elefante
no lo puede resistir.
con esa trompa elegante
el estornudo se oirá en París.
Se acerca muy despacio,
intentando no hacer ruido,
y al pasar don Elefante,
con esas patas gigantes,
Estornudo Morrocotudo,
gordinflón y mofletudo,
de un salto sube a la trompa.
El elegante elefante,
se detiene de repente,
arruga la enorme nariz,
cierra los ojos muy fuerte,
abre mucho la boca
y...
¡Aaa... Aaaa... Atchís!
Estornudo Morrocotudo,
gordinflón y mofletudo,
sale volando de allí.


Vuela y vuela entre risas
y de golpe aterriza
en la amarilla melena
de un león de gran sonrisa.
Antes que el rey de la selva
se dé cuenta de nada,
Estornudo Morrocotudo
entre su melena avanza,
baja hasta su hocico
y se cuela como en su casa.
El gruñón león
se detiene de repente,
arruga la nariz,
cierra los ojos muy fuerte,
abre mucho la boca,
enseñando muchos dientes
y...
¡Aaa... Aaaa... Atchís!
Estornudo Morrocotudo,
gordinflón y mofletudo,
sale volando de allí.
Vuela estornudo
feliz y morrocotudo
hasta el pico de una garza
que intenta atrapar un pez.
La garza alza la cabeza,
con el pez del pico colgando,
se detiene de repente,
cierra los ojos muy fuerte,
abre mucho la boca
y...
¡Aaa... Aaaa... Atchís!


El pez y el estornudo
salen volando de allí.
Estornudo Morrocotudo,
gordinflón y mofletudo,
vuela, feliz y dichoso,
cae en la frente de un corzo,
rueda hasta su nariz
y se cuela con gran gozo.
El perezoso corzo
se detiene de repente,
arruga el hocico ,
cierra los ojos muy fuerte,
abre mucho la boca
y...
¡Aaa... Aaaa... Atchís!
Estornudo Morrocotudo,
gordinflón y mofletudo,
sale volando de allí.
De animal en animal
pasa el estornudo,
gordinflón y mofletudo,
siempre riendo feliz,
siempre haciendo travesuras,
siempre dispuesto a alborotar,
buscando a quien molestar,
a quien hacer cosquillas
hasta hacerlo estornudar.


jueves, 6 de octubre de 2016

La casa destartalada



¡Qué cosa más rara!
Mira allá, a lo alto de la colina,
a la casa abandonada,
sí, sí, esa, la  destartalada,
la que los niños miran de lejos,
sin acercarse para nada,
porque dicen que hay fantasmas,
y monstruos,
y cientos de arañas,
esa casa, ¿la ves?, esta noche está
toda iluminada.
¡Qué cosa más rara!
-Alguien se habrá mudado-
dice doña Engracia haciendo ganchillo.
-Pues yo ni me he enterado-.
responde don Rafael mordiendo su bocadillo.
Y los niños, emocionados,
deciden que esa noche,
en esa casa,
harán truco o trato.
Quieren curiosear
en la casa encantada,
sí, sí, la destartalada,
la que hoy está toda iluminada.
¡Qué cosa más rara!


Con sus disfraces,
muy despacito,
todos con sus bolsas,
muy calladitos,
se van acercando
poquito a poquito.
Miran todo, emocionados,
asustados, divertidos, exaltados.
¡Está todo decorado!
Calabazas en la puerta.
Esqueletos en los árboles
Arañas con sus telarañas
cuelgan de las ventanas.
Momias desdentadas
intentan asustar y no asustan nada.
Murciélagos en manada.
Garras de uñas muy sucias,
-¡Si mamá las ve, se las lava!
Ríen los niños bajito.
Gatos y cuervos muy negros.
Y ojos de color rojizo,
que vigilan a los niños.
Todo esto en la casa encantada.
Sí, sí, la destartalada,
la que hoy está toda iluminada.
¡Qué cosa más rara!


Pablito, Pedrito,
Martita, Elenita,
Julián, Carmencita,
Victoria, Juanito...
todos los niños,
muy juntos, muy juntos
y muy pegaditos,
llaman a la puerta
y esperan calladitos.
Allá, muy adentro,
se oyen suspiros, gemidos,
lamentos.
Los niños tiemblan
pero no se mueven.
Son cosas de Halloween,
piensan, grabaciones,
bromas, quizás unos muebles...
-¿Verdad, Marianita?
-¡Verdad, Eduardito!
Pero, por si acaso,
se cogen la manita.
No es que tengan miedo ni nada,
por estar esta noche
en la casa encantada.
Sí, sí, la destartalada,
la que hoy está toda iluminada.
¡Qué cosa más rara!



Pasos que se acercan,
murmullos y risas,
la puerta que cruje,
que chirría,
que gruñe
y que, poco a poco,
se abre y descubre:
a una bruja piruja,
un frankenstein barbudo,
dos fantasmas con cataplasma,
un hombre lobo barrigudo,
un vampiro sin colmillos,
una momia desvendada,
y otros monstruos,
muchos, muchos.
Los niños miran pasmados.
Con las bocas abiertas.
Callados.
A punto de salir corriendo,
pero sin moverse demasiado
de aquella casa encantada.
Sí, sí, la destartalada,
la que hoy está toda iluminada.
¡Qué cosa más rara!


La bruja, que es la que manda,
se rasca la enorme verruga,
sonríe y grazna:
¡Bienvenidos, mis pequeños!
¡Bienvenidos a nuestro hogar!
No os asustéis de nada,
que nada os va a pasar.
Sólo queremos en esta casa
vivir en paz.
Esta noche es nuestra noche,
la noche de Halloween
y tenemos una fiesta,
todos podéis venir.
Llamad a vuestros padres,
traed a vuestras madres,
avisad a vuestros tíos,
abuelos,
primos,
avisadles.
Queremos que todos vengan.
Tomad vuestras chuches.
Tomad y avisad.
Que esta noche es nuestra noche,
la noche de Halloween
y tenemos una fiesta
en esta casa encantada.
Sí, sí, la destartalada,
la que hoy está toda iluminada.
¡Qué cosa más rara!

jueves, 22 de septiembre de 2016

La princesa Irina


La princesa Irina no es especialmente bella.
Ni especialmente valiente.
Ni especialmente sabia.
La princesa Irina no es la más astuta.
Tampoco es la más bondadosa.
Ni es la que mejor canta.
A la princesa Irina le gustan los animalitos, pero todavía no se ha puesto a bailar con ninguno.
También le gustan los zapatos, pero ni loca se pondría unos de cristal.
Jamás ha visto una rueca. Ni de lejos.
Y, desde luego, nunca ha conocido a un sapo que hable.
La princesa Irina, cierta vez, se quedó dormida y cuando un príncipe vino a darle un beso, ella le soltó un sopapo.
En otra ocasión durmió sobre cien colchones y un guisante, pero ni se enteró. Del guisante, de los cien colchones sí, porque eran demasiado blandos y se hundía en ellos.
 
La princesa Irina no tiene hadas madrinas ni una madrastra malvada. No conoce a ninguna bruja y ni se le ocurre meterse en la casa de ningún enanito sin su permiso y, por supuesto, tampoco en la de ningún gigante.
La princesa Irina no tiene una melena larga, larguísima, ni permitiría que nadie la encerrara en una torre, ni ha visto un dragón en su vida. Un par de lagartijas, algún lagarto, una vez una salamandra. Pero un dragón, jamás.
A la princesa Irina no le gustan los príncipes azules, ni verdes, ni de ningún color porque le resultan la mar de raros y pretenciosos. Ella, Irina, prefiere los príncipes, así, como ella, sin colorines.
Tampoco le acaban de gustar los príncipes encantadores porque son... pues eso, encantadores, demasiado encantadores.. y eso no es normal.
La princesa Irina no sabe si algún día se casará pero, aunque se case, no piensa comer perdices porque no le gustan.
La princesa Irina, en fin, es tan, pero tan normal, que no hay manera de escribir un cuento sobre ella.
Pero a ella eso le da igual porque le gusta ser así, tan poco princesa de cuento.

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He reunido en un pequeño libro en formato pdf varios de mis cuentos de princesas, si os apetece leerlos (totalmente gratis) podéis descargarlo desde aquí:
  http://www.bubok.es/libros/248078/PRINCESAS
Espero que lo disfrutéis :)