miércoles, 10 de agosto de 2016

Invierno caprichoso


Hubo un año un tanto extraño,
en que algo extraño ocurrió,
algo que nadie esperaba,
algo que antes nadie vió.
Aquel año tan extraño
en que algo extraño ocurrió
el Señor Invierno un tanto huraño
dijo: -¡Aquí me quedo yo!
dijo que no se iba,
que estaba muy cómodo
que de aquí no se movía
y ya está.
La que se lió no fue normal
todos corrían de acá para allá.
-¡Hay que conseguir madera!
-¡Hay que comprar carbón
-¡Hay que traer más comida!
-¿Qué vamos a hacer? ¡Qué horror!


La señora Primavera, escandalizada,
preocupada y enfadada
con el señor Invierno tuvo una reunión:
-Tienes que irte enseguida.
- Es mi turno, no seas cabezón.
Y el Invierno, erre que erre:
-Que de aquí no me muevo yo.
El señor Verano, serio y enfadado,
le echó un broncazo y se quedó callado.
Pero el Invierno repitió:
-Que no, que de aquí no me muevo yo.
El señor Otoño, su mejor amigo,
se acercó a él abrochando su abrigo,
hablaron largo y tendido
pero el Invierno insistió:
-Que no, que de aquí no me muevo yo.


Y allí se quedó aquel año un tanto extraño,
en que algo extraño ocurrió,
algo que nadie esperaba,
algo que antes nadie vió.
Pasó mayo y luego junio,
también julio llegó y pasó
y el veintiuno de agosto incluso nevó y heló.
Y el señor Invierno insistía:
-De aquí no me muevo yo.
Cierto día, de paseo,
un niño se le acercó,
un niño de palmo y medio,
flaquito y algo dentón,
hasta él llegó temblando
con cara de tristón.
-¿Por qué andas triste y cabizbajo?-el Invierno preguntó.
-¿Por qué no estás tan feliz como yo?
-Porque tengo frío - repondió el niño.
´-Porque tengo hambre -el niño contestó.
-Porque el Invierno no se ha ido y en este pueblo, nada ha crecido. 


No hay frutas, ni verduras, ni granos.
Sin primavera no hay flores y no hay frutos sin verano.
No hay siembra ni sembrado.
-¿Entonces que yo esté aquí no os hace felices?
-Cuando vienes unos meses, sí, pero no que si te quedas a vivir.
El Señor Invierno entonces pensativo se quedó,
siguió andando, ensimismado
y tomó una decisión.
Hubo un año un tanto extraño,
en que algo extraño ocurrió,
algo que nadie esperaba,
algo que antes nadie vió.
Aquel año tan extraño
en que algo extraño ocurrió
el Señor Invierno un tanto huraño
dijo: -¡De aquí me marcho yo!
-Dejo paso a mis hermanos,
que vengan el sol y el calor
que vuelvan flores y frutas,
las siembras, las cosechas y el color.
Que en la variedad hay vida,
alegría y diversión.
Hubo un año un tanto extraño,
en que algo extraño ocurrió,
algo que nadie esperaba,
algo que antes nadie vio.

miércoles, 6 de julio de 2016

Helados




Llega el verano ¡Menudo calor!
Menos mal que el heladero
también llegó.
Llega feliz, llega contento,
llega pregonando
helados a cientos.
Helados de fresa
y un toque de cereza,
para quitarle a usted la pereza.
Helados de chocolate
batidos con mucho arte,
para la gente más elegante.
Helados de vainilla
que saben de maravilla
y te levantan de la silla.


Helados de nata
que le gustan a mi gata
a mi madre, a mi abuela y a mi tata.
Helados de menta
que huelen que alimenta.
Helados de limón
que molan un montón.
Helados de naranja
traídas de la granja.
Helados de primavera
que entran a la primera.
Helados de otoño
que te enfrían hasta el moño.


Helados de rayos de sol
que dan frío y quitan el calor.
Helados de rayos de luna
recién sacados de una laguna...
Helados de cualquier sabor
que se te pueda ocurrir
y alguno más por descubrir.
Llega el verano ¡Menudo calor!
Menos mal que el heladero
también llegó.
Llega feliz, llega contento,
llega pregonando
helados a cientos.

miércoles, 22 de junio de 2016

El globo rojo


A Hugo le encantaba su globo rojo.
Un globo rojo, muy grande y atado a un largo, larguísimo cordel azul.
Se lo había comprado su padre un domingo en el parque de atracciones y, desde entonces, no se había separado de él.
Hugo iba con su globo rojo a todas partes: al parque, al cole, a la ducha, a la cama... Le pintaba caras, le ponía gorros y, una vez, hasta le puso una peluca.
Si estaba triste le contaba sus penas.
Y si estaba alegre le contaba sus alegrías.
Algunos niños tienen amigos invisibles, otros un peluche y Hugo tenía su precioso globo rojo.
Pero un día el viento se fijó en aquel brillante globo de color rojo y le gustó.
Tanto le gustó que decidió que lo quería para él.
Y, en un descuido de Hugo, el viento intentó quitarle su globo.
Pero Hugo lo tenía bien sujeto y no pudo.
El viento entonces sopló más fuerte, mucho más fuerte. Pero Hugo lo tenía bien abrazado y, al intentar elevar el globo, Hugo se elevó con él.
-¡Suelta el globo! -le dijo el viento.

El viento zarandeó el globo pero Hugo no se soltaba.

-¡Quiero ese globo! -volvió a decir el viento.
-¡Es mío! -gritó Hugo sin soltarlo.
Así estuvieron mucho rato.
El viento agitando el globo, de aquí para allá, de arriba para abajo, a un lado y a otro y Hugo abrazado al globo, bien fuerte, para que no se le escapara... Y para no caerse.
Hasta que, cansado, el viento dejó de soplar.
Y el niño, agotado, se tiró en el suelo... sin soltar el globo.
-¿Por qué quieres quitarme mi globo? -dijo el niño desde el suelo.
El viento sacudió las ramas y no contestó.
-¿Es porque es rojo? -siguió preguntando el niño desde el suelo.
El viento agitó las flores y no contestó.
-¿Es porque bonito verlo flotar? -insistió el niño desde el suelo.
El viento jugó con la hierba y no contestó.
-Bueno, como no respondes, yo mejor me voy -dijo el niño desde el suelo-, y me llevo mi globo.
Y entonces, el viento, sopló sobre ramas, flores, hierba, niño y globo. 


-¡No! ¡No te vayas! -dijo el viento desde el cielo.
El niño se quedó muy quieto, agarrando muy fuerte su precioso globo rojo.
-¿Vas a responder? -preguntó- ¿Por qué me quieres quitar el globo?
Y el viento, suspirando tan fuerte que estuvo a punto de hacer caer a Hugo, respondió:
-Porque estoy muy solo y muy aburrido. Pensé que ese globo rojo tan bonito me podría hacer compañía.
Y se quedó muy quieto.
Hugo, sentado en el suelo, miró su precioso globo rojo y se quedó pensativo durante un rato.
Entonces se levantó, alargó los brazos y soltó el globo.
-Toma -dijo al viento-. Te lo regalo.
El viento agitó el pelo de Hugo:
-¿Para mí? -preguntó.
-Sí, para ti -respondió Hugo.
El viento sopló en la oreja derecha de Hugo:
-¿Para mí, de verdad?
-Sí, para ti, de verdad -respondió Hugo.



El viento giró alrededor de Hugo:
-¿Para mí, de verdad, de verdad, de la buena?
-Sí, para ti, de verdad, de verdad, de la buena -respondió Hugo.
Entonces, el viento, atrapó el globo rojo y se puso a bailar con él, girando y girando sin parar.
-Bueno -dijo Hugo-, yo mejor me voy a casa.
Y comenzó a alejarse, un poco alegre y otro poco triste.
-¡Espera! -le dijo el viento- Verás.. había pensado que podríamos jugar juntos de vez en cuando. El globo, tú y yo...
Hugo sonrió y dijo:
-Podríamos... Y también podríamos ser amigos... Si tú quieres.
-¡Claro que quiero! -respondió el viento, lanzándole el globo a Hugo.
Y, desde aquel día, Hugo, el viento y el precioso globo rojo se han vuelto unos amigos inseparables y juegan juntos todas las tardes.

martes, 3 de mayo de 2016

Hada madrina


La princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- tenía, como todas las princesas de cuento, un hada madrina.
El hada madrina de la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún-, se llamaba Satina.
Satina, el hada madrina de la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- era un hada madrina estupenda, buenísima, muy atenta pero, sobre todo, era un hada cansada, agotada y derrengada porque la princesa Tessa, del reino de Cundalán -justo a lado de Gundapún-, era la princesa más caprichosa, perezosa y latosa de todo el mundo de los cuentos, y tenía a la pobre Satina todo el día de acá para allá y de allá para acá sin tiempo ni para hacerse un moño en condiciones.
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! -gritaba la princesa Tessa por la mañana- ¡Necesito vestidos nuevos!
Y  Satina, el hada madrina, se ponía la bata a toda prisa, se colocaba dos pinzas en el pelo, cogía la varita y salía corriendo al dormitorio de la princesa para hacer aparecer unos preciosos vestidos mientras la princesa Tessa, del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- desayunaba tan pancha en la cama.

-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! -gritaba la princesa Tessa durante el desayuno- ¡Quiero unas magdalenas que no engorden!
La pobre Satina, medio dormida y sin haber tomado ni un café, movía tres veces la varita y hacía aparecer unas magdalenas enormes y riquísimas que no engordaban nada.
Y así seguía la princesa durante todo el día:
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero un príncipe que me lleve al baile!
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero aprobar sin estudiar!
.¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero un dragón que me rapte pero que me rapte poquito!
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Llévame a la feria!
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero que transformes en carroza esta calabaza!
Hada madrina esto, hada madrina aquello, hada madrina por aquí, hada madrina por allá.... La pobre Satina iba todo el día con la lengua fuera, el moño a medio hacer, la ropa arrugada y con ojeras hasta los pies. 
Estaba el hada madrina tan cansada, tan agotada y tan derrengada que decidió pedir al Gran Consejo de Hadas Madrinas un cambio de princesa o, al menos, unas vacaciones. Pero el Gran Consejo respondió:
-Todas nuestras hadas están ocupadas por lo menos, por lo menos, hasta dentro de mil años así que tendrás que seguir siendo el hada madrina de la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- hasta nueva orden.
Y a la pobre Satina no le quedó más remedio que seguir aguantando a la caprichosa princesa.
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero zapatitos de cristal! -gritaba la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- cuando Satina intentaba dormir la siesta y el hada, con legañas y despeinada, corría a dar tres pases de varita para hacer aparecer unos zapatitos de cristal.
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero que mi pelo sea rubio como el trigo rubio! -gritaba la princesa Tessa del reino de Cundalán- justo al lado de Gundapún- cuando Satina se estaba dando un baño y el hada, empapada y enfadada, corría a dar tres pases y transformar el cabello de la princesa en una preciosa melena rubia.
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Este bufón me aburre, conviértelo en sapo! -gritaba la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- cuando Satina acababa de sentarse a comer y el hada, masticando, con la servilleta al cuello y el tenedor en la mano, corría a dar tres pases de varita y convertir al pobre bufón en un gordo sapo.
Pero un día...
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡En mi cama hay un guisante y quiero que lo hagas desaparecer!  -gritó la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún-.
Pero Satina, el hada madrina, no apareció.
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Ven, hada madrina! -volvió a gritar la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún-.
Pero Satina, el hada madrina, siguió sin aparecer.
-¿Hada madrina? -preguntó la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- ¿Dónde estás, hada madrina?
Y en ese momento... ¡PUF! En medio de una nube de color rosa, apareció un pergamino que decía:
“Cansina Princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún-:

Me voy.
Lo dejo.
Me largo.
Abandono mi puesto como Hada Madrina.
Ya no aguanto más tus caprichos y tus tonterías.
No soporto que me llames cada dos por tres, ni cada tres por cuatro, en cualquier momento del día, de la tarde o de la noche que a ti se te antoje. Aún tengo la brecha en la frente que me hice al salir corriendo de la ducha por atender tu última llamada.
No te aguanto. No te soporto.
Eres una niñata caprichosa, malcriada y mimosa.
A partir de ahora te tendrás que apañar tú solita.
Y como ya no quiero aguantar a más princesas bobas, a partir de hoy me paso a la brujería.
Así que ahí te quedas.
No vuelvas a llamarme.
Te lo advierto.
A menos que quieras acabar transformada en gata de angora, déjame en paz.
Saludos de

Satina, antigua hada madrina y futura bruja piruja”.


La princesa, un tanto perpleja, giró el papel.
Lo puso del revés.
Se lo acercó a la cara.
Lo alejó.
Lo volvió a girar.
Lo miró fijamente durante un rato... y entonces recordó que ella no sabía leer. No lo necesitaba. Tenía criados, doncellas, a papá, a mamá y a su hada madrina para que le leyeran lo que necesitara ser leído.
Así que la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún-  abrió la boca.
Tomó aire.
Y gritó a todo gritar:
-¡Hada Madrinaaaaaaaa! ¡Hada Madrinaaaaaaa! Rrrrr…. Miaaaauuu…. ¿Miau?
Aquella noche notaron en palacio que faltaba la princesa y que sobraba una gata.
A la princesa nadie la extrañó demasiado.
A la gata todo el mundo le cogió cariño.
Ah, y Satina, el hada madrina, resultó un desastre como bruja piruja.