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La princesa Irina

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La princesa Irina no es especialmente bella. Ni especialmente valiente. Ni especialmente sabia. La princesa Irina no es la más astuta. Tampoco es la más bondadosa. Ni es la que mejor canta. A la princesa Irina le gustan los animalitos, pero todavía no se ha puesto a bailar con ninguno. También le gustan los zapatos, pero ni loca se pondría unos de cristal. Jamás ha visto una rueca. Ni de lejos. Y, desde luego, nunca ha conocido a un sapo que hable. La princesa Irina, cierta vez, se quedó dormida y cuando un príncipe vino a darle un beso, ella le soltó un sopapo. En otra ocasión durmió sobre cien colchones y un guisante, pero ni se enteró. Del guisante, de los cien colchones sí, porque eran demasiado blandos y se hundía en ellos. La princesa Irina no tiene hadas madrinas ni una madrastra malvada. No conoce a ninguna bruja y ni se le ocurre meterse en la casa de ningún enanito sin su permiso y, por supuesto, tampoco en la de ningún gigante.