viernes, 27 de enero de 2012

Caramelo de Escarcha




En el jardín del Gran Hada de las Golosinas vivían y trabajaban docenas de pequeñas, pequeñísimas hadas, todas preciosas, todas presumidas, todas atolondradas y, sobre todo, todas muy atareadas cuidando las plantas, las flores y los árboles de gominolas, chicles, piruletas, caramelos, pirulíes, bombones, malvaviscos, regalices, peladillas, garrapiñadas y, en fin, cualquier golosina que puedas imaginar... y alguna otra que ni te imaginas.


Pero el hada más presumida de todas las haditas presumidas (tan presumida que se detenía en cada gota de rocío para contemplarse), la más atolondrada de todas las atolondradas (tan atolondrada que continuamente se tropezaba con plantas, animales y hadas) y la más pequeña de todas las pequeñas hadas era, sin duda, Caramelo de Escarcha, una hadita que no medía ni medio lápiz mordisqueado y con unas preciosas alas de libélula que se encargaba de mantener siempre centelleantes y perfectas.


 
A Caramelo de Escarcha le entusiasmaba trabajar en aquel jardín y acabar el día llena de pegajoso azúcar, y con el sabor y el olor de mil chuches diferentes impregnando sus ropas, sus manos y hasta su pelo. Sin embargo, a pesar ser un trabajo tan genial, había una pequeña pega, una pega sin importancia, una nadería: la pequeña Caramelo era una gran, una enorme, una extraordinaria golosa y tenía que esforzarse muchísimo para no comerse una gominola de limón brillantemente amarilla mientras recolectaba, o mordisquear una larga brizna de regalíz mientras segaba, o saborear un delicioso y blanquirosado malvavisco directamente del arbusto, en fin, que a la hadita le habría gustado pasar el día comiendo golosinas sin parar.


Y, claro, pasó lo que tenía que pasar, que un día toda la fuerza de voluntad de Caramelo de Escarcha se vino abajo, y eso ocurrió cuando le tocó encargarse por primera vez de los árboles rebosantes de caramelos de todos los tamaños, formas, colores y sabores: bastones rojiblancos, apretadas espirales rosas, pequeñas piezas de frutas anaranjadas, diminutas bolitas amarillas, cilindros multicolores... Ante cosas tan deliciosas, Caramelo de Escarcha no pudo resistirse y, mientras trabajaba, comenzó a comer de todos y cada uno de ellos.


Y siguió haciéndolo todos los días.

 
El Gran Hada de las Golosinas, notando la falta de caramelos, reunió a todas las haditas para advertirles que, fuera quien fuera la culpable, debía detenerse o sus robos iban a tener un gran castigo.


Al día siguiente, Caramelo de Escarcha, asustada, se dijo a sí misma que no cogería ni medio caramelo pero, lamentablemente, la decisión le duró bien poco y volvió a comer caramelos como si nada.


Varios días más tarde, el Gran Hada de las Golosinas, volvió a reunir a las pequeñas trabajadoras y volvió a repetir lo mismo de la vez anterior: que si la ladrona no dejaba en paz los caramelos, iba a sufrir muchísimo.


Caramelo de Escarcha, viendo hasta entonces no había ocurrido nada, continuó comiendo caramelos, un poco preocupada, pero no demasiado.


Volvieron a pasar los días, volvió el Gran Hada a reunirlas a todas y volvió a insistir en que sería mejor que, quienquiera que lo hiciese, dejara de coger caramelos sino quería pasarlo realmente mal. 

 
Caramelo de Escarcha, por supuesto, volvió al día siguiente a comer de todas y cada una de aquellas maravillas de colores.


Y así pasaron unas cuantas semanas hasta que, una mañana la pobre Caramelo de Escarcha despertó sufriendo un dolor horrible, espantoso y horroroso. Un dolor como nunca había sentido antes, un dolor horroroso, un tremebundo dolor de muelas que casi no la dejaba ni pensar y acudió a la única que podía ayudarla: el Gran Hada de las Golosinas que, al verla, la miró entre severa y divertida, y le dijo:


-¿Cuántas veces advertí de que seguir cogiendo caramelos iba a traer graves consecuencias?


Caramelo de Escarcha, sorprendida, preguntó:


-¿Ese dolor atroz me lo has causado tú para castigarme por comer caramelos?


El Gran Hada, sacudió la cabeza, negándolo:


-No, ese dolor atroz te lo has causado tú misma comiendo caramelos sin ton ni son.


 
Y le explicó que, cuando uno come tantas golosinas como ella había comido, acaban por formarse caries que es lo que estaba provocándole ese terrible dolor de muelas y que no pensaba castigarla de ninguna forma porque ya tenía castigo más que suficiente. Eso sí, esperaba que hubiera aprendido la lección y no volviera a hacer lo mismo nunca más.


Caramelo de Escarcha, avergonzada y dolorida, dijo que sí con un movimiento brusco de cabeza lo que hizo que el dolor de muelas se hiciera más fuerte aún. La Señora de las Golosinas había pensado dejar que Caramelo de Escarcha lo pasara mal un par de días más pero al verla tan avergonzada, arrepentida y dolorida, le dio tanta pena que decidió utilizar su magia para curarla en ese mismo instante.


Tan aliviada se sintió Caramelo de Escarcha que se hizo la firme promesa de no volver a comer golosinas, nunca más, promesa que sólo duró hasta la mañana siguiente, por supuesto. Porque sí, la diminuta hada siguió comiendo golosinas y difrutándolas como siempre, eso sí, ni volvió a robarlas del Jardín de Golosinas ni volvió a comerlas en tan grandes cantidades porque, por mucho que le gustaran las chuches, a Caramelo de Escarcha le gustaban muchos más sus dientes.





viernes, 23 de diciembre de 2011

Navidad fantasmal


Era una casa muy grande, encima de una colina, en un pueblo muy remoto de un país que no era China. Vivían en la casona cuatro fantasmas felices que a nadie molestaban ni asustaban porque no había a quien aterrar ni incordiar, ni ganas que tenían de hacerlo. Ellos eran felices paseando por la gran casa a cualquier hora sin que nadie intentara echarlos de allí y sin que nadie diera gritos de terror al verlos.

Pero todo cambió para los cuatro fantasmas de la casona encima de la colina el día en que una nueva familia -papá, mamá, dos hijos, la abuela, un perro, un gato, un periquito y tres macetas de geranios- se mudaron a la casa y acabaron con la paz y la tranquilidad de la fantasmagórica casona.

Al principio estaban los fantasmas tan asustados y preocupados que decidieron irse a vivir al desván y no dejarse ver ni oír por los nuevos habitantes pero estar allí todo el día y toda la noche era muy aburrido sobre todo para unos fantasmas que nunca duermen. De modo que, al poco tiempo, empezaron salir un ratito cada noche, para dar un paseo por la casa y estirar un poco las sábanas; eso sí, de uno en uno, para no llamar la atención.
 
Poquito a poquito, y viendo que no pasaba nada, los fantasmas se decidieron a salir más a menudo y, al cabo de unos meses, hasta salían de día aunque, claro está, sin dejarse ver por la familia no fuera a ser que les diera por llamar a uno de esos medios o midius o médiums o como se llamen, que asustaban a los fantasmas con sus horrorosas túnicas y sus cosas raras. Pasaron, pues, las semanas sin más problema que aguantar unos cuantos ladridos del perro, que el gato los mirara fijamente cuando pasaban a su lado, algo de música estruendosa, peleas de los niños y una abuela que ponía a toda pastilla el volumen del televisor porque era un poco sorda y no quería perderse ninguno de los cotilleos de sus programas favoritos. Los fantasmas seguían sin soportar a los humanos y todo el ruido que armaban pero, vaya, parecía que quizás fuera posible vivir todos juntos, eso sí, ignorándose cuidadosamente los unos a los otros.

Los fantasmas incluso llegaron a pasárselo en grande en Halloween con aquella maravillosa decoración de calabazas, murciélagos, brujas y demás cosas terroríficas, y todos aquellos niños disfrazados de monstruos monstruosos. Durante esos días los fantasmas disfrutaron como nunca y hasta se atrevieron a salir de la casa y dejarse ver por todo el mundo. Como era Halloween nadie se daba cuenta de que eran fantasmas de verdad y la gente, al verlos pasar, les felicitaban por sus estupendos disfraces.

Sí, señor, todo iba bien, estupendamente bien... Hasta que llegó la Navidad y se lió parda.



A los viejos fantasmas de la gran casona -¡qué se le va a hacer!- no les gustaba la Navidad. No porque les pareciera cursi -que les parecía-, ni porque pensaran que era ñoña -que lo pensaban-, ni porque creyeran que los villancicos eran horrorosos -que lo creían-, ni porque opinaran que la decoración era espantosa -que lo opinaban-. A los viejos fantasmas de la vieja casona nos les gustaba la Navidad porque... Porque... ¡Pues porque no les gustaba y nada más! Y cuanto más se acercaba la Navidad, más gruñones se volvían y más refunfuñaban y más se quejaban y más protestaban y más insoportables se ponían.

Finalmente se reunieron en el desván donde vivían desde que tenían compañía en la vieja casona y, tras mucho hablar y mucho discutir, decidieron pasar a la acción y declararle la guerra a la Navidad. Iban a hacer todo lo posible para que no hubiera adornos ni villancicos ni dulces navideños ni nada de nada de nada que oliera a esas fiestas.

Y llegó el día en que toda la familia se puso en marcha para llenar la gran casona de adornos navideños: guirnaldas en puertas y paredes, calcetines en la chimenea, velas en las mesas, figuritas de Papá Noel por todos lados, un precioso árbol en el salón. La casona fantasmal se llenó de luz y olor a Navidad.
 
Ese día a los fantasmas les salió una horrible urticaria debido a la alergia que todo eso les provocaba y, tras pasarse todo el día rascándose sin parar, decidieron que era el momento de actuar.

Se pusieron unos guantes de goma y quitaron todos los adornos navideños que encontraron y volvieron a meterlos en sus cajas... y el árbol lo llevaron, tal cual, al jardín.

Pero a la mañana siguiente, una vez superada la sorpresa y el susto, los niños , sus papás y la abuela, volvieron a colocarlo todo nuevamente en su sitio.

Los fantasmas no se rindieron y, esa noche, llenos de picores y con los guantes puestos, volvieron a recoger todos los adornos navideños... y el árbol lo llevaron al sótano.

Cuando la familia despertó y se encontró con todo recogido ya no se sorprendió ni se asustó tanto. Enseguida les había quedado claro que tenían fantasmas antinavideños en casa pero eso no les iba a impedir celebrar la Navidad, faltaría más. Es decir, que ellos tampoco se iban a rendir así que vuelta a empezar con toda la decoración por tercera vez.

Y los fantasmas volvieron a recogerlo y llevaron el árbol al tejado.

Y la familia volvió a colocarlo todo en su sitio.

Y los fantasmas lo quitaban todo.
 
Y la familia volvía a colocarlo.

Que la mamá encendía el horno para preparar galletas o pasteles navideños, iban los fantasmas y lo apagaban.

Que la abuela ponía villancicos, pues los fantasmas los quitaban.

Que los niños escribían cartas a Papá Noel o a los Reyes Magos, los fantasmas se las escondían.

Y así día tras día.

Hasta que todos, familia y fantasmas, acabaron agotados y aburridos de quitar y poner, de poner y de quitar. Lo habían hecho tantas veces y estaban tan cansados que, en alguna ocasión, incluso se equivocaron y lo hicieron al revés: la familia quitó los adornos y los fantasmas los colocaron.


Una mañana el papá decidió que lo mejor sería hablar con los dichosos fantasmas y llegar a algún acuerdo o se iban a pasar la Navidad quitando y poniendo cosas. Como no sabía qué hacer para hablar con ellos se le ocurrió que lo mejor era llamarlos a gritos desde el salón de la gran casona. Y los fantasmas, cansados, enfurruñados y llenos de urticaria, fueron apareciendo uno a uno dispuestos a acabar con aquello de una vez por todas.

Estuvieron hablando horas y horas y más horas. Y hablando y hablando descubrieron los fantasmas que aquella familia les caía bien y la familia descubrió que aquellos fantasmas no eran tan antipáticos como creían... pero seguían sin encontrar una solución a su problema. O seguían con su particular guerra -de la que estaban hartos-, o se iban los fantasmas -que no tenían la menor intención-, o se iba la familia -que tampoco tenía la menor intención-, o se rendían unos o se rendían los otros -y ni los otros ni los unos querían rendirse-. ¿Cómo iban a solucionar aquello?

Y pensaron y pensaron y siguieron pensando hasta que, por fin, a uno de los niños se le ocurrió una idea estupenda. ¿Y si hacían una especie de Naviween o Hallowidad? Si mezclaban ambas fiestas y adornos de las dos quizás les gustara más a los fantasmas y dejarían de tener urticaria. Y tras meditarlo todos durante un rato decidieron que no pasaba nada por probar... Y eso hicieron.


Entre todos, fantasmas y humanos, adornaron el árbol combinando las bolas de toda la vida con pequeñas calabazas y mezclando espumillón con telas de araña. Hicieron guirnaldas con muérdago y murciélagos. Pusieron figuritas de fantasmas sonrientes vestidos de Papá Noel y Papá Noel montado en una escoba de bruja. Y así con todos los adornos navideños, haciendo una mezcla de lo más curioso. Se prohibieron los villancicos porque les daba dolor de cabeza a los fantasmas pero a cambio los fantasmas les enseñaron unas canciones muy divertidas y unos dulces muy curiosos.

En fin, que aquellas fiestas, Navidad lo que se dice Navidad no parecían pero divertidas lo que se dice divertidas, lo eran un rato y todos se lo pasaron en grande. En realidad les gustó tantísimo tanto a humanos como a fantasmas que, a partir de entonces, en la gran casona de la colina de un país que no era china, al llegar el invierno, se preparaban con entusiasmo para celebrar Naviween o Hallowidad o como quieras llamarlo.

Halloween

  La brujita fantasmita no da miedo, ni miajita.