Hada madrina


La princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- tenía, como todas las princesas de cuento, un hada madrina.
El hada madrina de la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún-, se llamaba Satina.
Satina, el hada madrina de la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- era un hada madrina estupenda, buenísima, muy atenta pero, sobre todo, era un hada cansada, agotada y derrengada porque la princesa Tessa, del reino de Cundalán -justo a lado de Gundapún-, era la princesa más caprichosa, perezosa y latosa de todo el mundo de los cuentos, y tenía a la pobre Satina todo el día de acá para allá y de allá para acá sin tiempo ni para hacerse un moño en condiciones.
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! -gritaba la princesa Tessa por la mañana- ¡Necesito vestidos nuevos!
Y  Satina, el hada madrina, se ponía la bata a toda prisa, se colocaba dos pinzas en el pelo, cogía la varita y salía corriendo al dormitorio de la princesa para hacer aparecer unos preciosos vestidos mientras la princesa Tessa, del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- desayunaba tan pancha en la cama.

-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! -gritaba la princesa Tessa durante el desayuno- ¡Quiero unas magdalenas que no engorden!
La pobre Satina, medio dormida y sin haber tomado ni un café, movía tres veces la varita y hacía aparecer unas magdalenas enormes y riquísimas que no engordaban nada.
Y así seguía la princesa durante todo el día:
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero un príncipe que me lleve al baile!
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero aprobar sin estudiar!
.¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero un dragón que me rapte pero que me rapte poquito!
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Llévame a la feria!
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero que transformes en carroza esta calabaza!
Hada madrina esto, hada madrina aquello, hada madrina por aquí, hada madrina por allá.... La pobre Satina iba todo el día con la lengua fuera, el moño a medio hacer, la ropa arrugada y con ojeras hasta los pies. 
Estaba el hada madrina tan cansada, tan agotada y tan derrengada que decidió pedir al Gran Consejo de Hadas Madrinas un cambio de princesa o, al menos, unas vacaciones. Pero el Gran Consejo respondió:
-Todas nuestras hadas están ocupadas por lo menos, por lo menos, hasta dentro de mil años así que tendrás que seguir siendo el hada madrina de la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- hasta nueva orden.
Y a la pobre Satina no le quedó más remedio que seguir aguantando a la caprichosa princesa.
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero zapatitos de cristal! -gritaba la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- cuando Satina intentaba dormir la siesta y el hada, con legañas y despeinada, corría a dar tres pases de varita para hacer aparecer unos zapatitos de cristal.
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Quiero que mi pelo sea rubio como el trigo rubio! -gritaba la princesa Tessa del reino de Cundalán- justo al lado de Gundapún- cuando Satina se estaba dando un baño y el hada, empapada y enfadada, corría a dar tres pases y transformar el cabello de la princesa en una preciosa melena rubia.
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Este bufón me aburre, conviértelo en sapo! -gritaba la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- cuando Satina acababa de sentarse a comer y el hada, masticando, con la servilleta al cuello y el tenedor en la mano, corría a dar tres pases de varita y convertir al pobre bufón en un gordo sapo.
Pero un día...
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡En mi cama hay un guisante y quiero que lo hagas desaparecer!  -gritó la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún-.
Pero Satina, el hada madrina, no apareció.
-¡Hada madrina! ¡Hada madrina! ¡Ven, hada madrina! -volvió a gritar la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún-.
Pero Satina, el hada madrina, siguió sin aparecer.
-¿Hada madrina? -preguntó la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún- ¿Dónde estás, hada madrina?
Y en ese momento... ¡PUF! En medio de una nube de color rosa, apareció un pergamino que decía:
“Cansina Princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún-:

Me voy.
Lo dejo.
Me largo.
Abandono mi puesto como Hada Madrina.
Ya no aguanto más tus caprichos y tus tonterías.
No soporto que me llames cada dos por tres, ni cada tres por cuatro, en cualquier momento del día, de la tarde o de la noche que a ti se te antoje. Aún tengo la brecha en la frente que me hice al salir corriendo de la ducha por atender tu última llamada.
No te aguanto. No te soporto.
Eres una niñata caprichosa, malcriada y mimosa.
A partir de ahora te tendrás que apañar tú solita.
Y como ya no quiero aguantar a más princesas bobas, a partir de hoy me paso a la brujería.
Así que ahí te quedas.
No vuelvas a llamarme.
Te lo advierto.
A menos que quieras acabar transformada en gata de angora, déjame en paz.
Saludos de

Satina, antigua hada madrina y futura bruja piruja”.


La princesa, un tanto perpleja, giró el papel.
Lo puso del revés.
Se lo acercó a la cara.
Lo alejó.
Lo volvió a girar.
Lo miró fijamente durante un rato... y entonces recordó que ella no sabía leer. No lo necesitaba. Tenía criados, doncellas, a papá, a mamá y a su hada madrina para que le leyeran lo que necesitara ser leído.
Así que la princesa Tessa del reino de Cundalán -justo al lado de Gundapún-  abrió la boca.
Tomó aire.
Y gritó a todo gritar:
-¡Hada Madrinaaaaaaaa! ¡Hada Madrinaaaaaaa! Rrrrr…. Miaaaauuu…. ¿Miau?
Aquella noche notaron en palacio que faltaba la princesa y que sobraba una gata.
A la princesa nadie la extrañó demasiado.
A la gata todo el mundo le cogió cariño.
Ah, y Satina, el hada madrina, resultó un desastre como bruja piruja.

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