El disfraz de Irina

La mamá de Irina Katrina era bruja. Y su hermana mayor, y su hermana pequeña, y su abuela, y su tatarabuela, y su tataratatarabuela. Vamos, que por si no os habéis dado cuenta, en la familia de Irina Katrina sólo nacían chicas y todas ellas eran brujas... Bueno, todas, excepto una: Irina Katrina.


Irina Katrina no entendía por qué ella era la primera y única no bruja de la larguísima lista de mujeres de su familia. Y tampoco lo entendía el resto de su familia mágica. Su madre decía que no tenía importancia, su abuela decía que quizás se arreglara con el tiempo, su bisabuela la miraba siempre con el ceño fruncido, su tatarabuela la miraba con pena y su tataratatarabuela llevaba años buscando una solución aunque sin demasiado éxito. Entretanto, Irina, fingía que la cosa no tenía demasiada importancia y aprendió a hacer de  todo sin necesidad de recurrir a la magia, incluso cosas que alguien de su edad no sabría, como coser, cocinar, cambiar enchufes, arreglar un grifo y docenas de cosas más. Era su forma de compensar su incapacidad mágica.

Por eso, al llegar carnaval (unas fiestas que le encantaban), Irina cosía su propio disfraz, sin ayuda mágica ni de otro tipo. De la mágica, porque no quería, y de la otra porque no había quien se la diera: su madre no sabía ni cómo coger una aguja, ni tampoco sus hermanas, ni la abuela, ni la bisabuela, ni la tatarabuela y en cuanto a la tataratatarabuela daba igual que supiera porque no tenía manos, ni pies, ni cabeza, ni nada que se pareciera a un cuerpo ya que hacía muchos años que tan sólo era una vaporosa y brillante nube de color malva.


Pero este carnaval la cosa era bien distinta, el colegio había convocado un concurso de disfraces e Irina quería presentarse y, por supuesto, ganarlo, sobre todo desde que se enteró de que una de sus competidoras era su gran rival, la insoportablemente presumida e insufrible cabeza de chorlito, Tatiana Svetlana que, desde muy pequeñas, se había burlado de ella de todas las maneras posibles y hasta de las imposibles.

Irina Katrina se pasó días y más días dándole vueltas a su disfraz pero ninguno la convencía, uno era demasiado normal, el otro era poco original, el de más allá era muy complicado, el de acullá seguro que se le había ocurrido a Tatiana, aquel era feo y ese otro era peor aún, y así iba desechando una idea tras otra hasta que se quedó sin ideas.

Y fue entonces cuando se le ocurrió usar la magia. No la suya, claro, que ya hemos dicho que ella no tenía ni un cuarto de átomo mágico en todo su cuerpo, pero en su casa había libros, libros enormes, antiguos, polvorientos y llenos de conjuros, hechizos, sortilegios y todas esas cosas mágicas. Irina pensó que no tenía más que ir a la biblioteca que habían instalado en el desván, buscar un libro que hablara de transformaciones, seguir las instrucciones y, ¡tachán!, tendría el mejor disfraz de todos y ganaría a la tontaina de Tatiana Svetlana.


Pensado, dicho y hecho, Irina subió a toda prisa las escaleras y fue directamente hacia donde sabía que estaba guardado el Gran Libro de Conjuros, Hechizos y Recetas Mágicas. Era un libro enorme, pesado y polvoriento (daba igual cuanto se limpiara, siempre tenía polvo) y a Irina le costó mucho trabajo llevarlo hasta la mesa cercana.

Irina lo abrió y rápidamente encontró los conjuros transformadores y escogió el que parecía más sencillo de realizar. Sólo necesitaba tiza traída de las lejanas montañas donde viven los trolls, velas hechas con cera de abeja del país de las hadas, papel fabricado por duendes y tinta fabricada por treinta elfos cojos y aquello en lo que quería ser transformada... y todo eso lo tenía allí mismo.

Dibujó un gran círculo en el suelo con la tiza de troll y lo rodeó con las velas de hada, en el centro puso una preciosa hadita de porcelana que siempre le había encantado y que le parecía un disfraz perfecto. Luego tomó el papel de duende y anotó cuidadosamente el conjuro con la tinta de elfo. A continuación se puso ella misma junto al hada de porcelana y pronunció lentamente el hechizo.

El círculo se llenó de luz y en el aire resonó el estruendo de diez truenos (quizás once). Una especie de tifón azulado levantó a Irina del suelo y la hizo girar como una peonza y cuando todo acabó... Cuando todo acabó Irina Katrina descubrió que, efectivamente, el conjuro había funcionado y ella se había transformado en una preciosísima hada... de porcelana.


¡Pobre Irina Katrina! No podía moverse, ni gritar, ni rascarse la nariz que le estaba picando horrores. Y ahí se tuvo que quedar toda la tarde, porque su madre había salido a tomar café con sus amigas, su hermana mayor había ido al cine, su hermana pequeña estaba en un cumpleaños, su abuela estaba visitando a su tía, su bisabuela estaba durmiendo, su tatarabuela andaba en el jardín y su tataratatarabuela estaba haciendo lo que sea que hacen las nubes de color púrpura por las tardes. De modo que en casa sólo estaban ella, el gato pianista  que siempre andaba a lo suyo y el hada de porcelana que no es que fuera una gran compañía.

Tras varias horas de picores en diversas partes del cuerpo, olisqueos de ratones, patitas de insectos, una casi rotura por culpa del gato, un ataque de nervios de la madre de Irina y un gran revuelo, por fin, su hermana mayor encontró el círculo, el libro y a las dos haditas y no le costó demasiado adivinar  lo que había ocurrido. Afortunadamente para Irina a su madre no le costó demasiado deshacer el hechizo y para la hora de la cena, Irina volvía a ser Irina.




Por supuesto se llevó una bronca monumental de su madre, sus hermanas se estuvieron riendo de ella días y días, su abuela le hizo chocolate y se lo llevó a la cama, su bisabuela sonrió un poquito (tan poquito que nadie lo notó), su tatarabuela soltó una lagrimita y su tataratatarabuela se volvió un poco menos púrpura y algo más azulada mientras pensaba que quizás, quizás, Irina Katrina sí que tenía, como mínimo, la mitad de un cuarto de átomo de magia.

Tras semejante desastre, Irina decidió volver a la aguja y el hilo para hacerse el disfraz ella misma, y era un disfraz precioso pero sólo consiguió quedar segunda, algo que le habría encantado sino fuera porque la ganadora fue, nada más y nada menos, que la repipi Tatiana Svetlana quien, a partir de ese día, se volvió mucho más insoportable que antes.

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