La varita mágica





Carola soñaba con tener una varita mágica: la pedía para Reyes, la pedía para su cumple, la pedía por sacar buenas notas, la pedía todos los días pero nadie le regalaba una varita.


Quiso comprarla ella misma con los ahorros que guardaba en su hucha pero nadie sabía donde se vendían las dichosas varitas mágicas.


Preguntó a todo el mundo cómo podía conseguir una pero nadie parecía tener ni la menor idea sobre varitas mágicas o no mágicas.


Hasta que su abuela, cansada de oírla todo el santo día que si quiero una varita por aquí, que si quiero una varita por allá, la hizo sentar a su lado y le contó que ella podría ayudarla a hacerse su propia varita mágica pero que debía hacerle caso en todo lo que le dijera o la varita no valdría absolutamente para nada.



Carola, por supuesto, aceptó re-encantada que es mucho más que encantada pero mucho menos que requete-encantada porque, para estar re-encantada Carola habría tenido que conseguir esa varita sin trabajo alguno pero, bueno, menos da una piedra y a caballo regalado no le mires el diente y bla, bla, bla... O sea, que Carola aceptó obedecer a su abuela sin rechistar y su abuela comenzó con la lista de condiciones.


-Lo primero -le dijo su abuela-,  es desear de verdad, de verdad, pero de verdad, con todo el corazón, con todo el alma y con todo lo que haga falta, tener una varita mágica.


-Eso está “chupao” -dijo Carola-. Yo quiero mi varita con todo eso que dices, y mucho más, abuela.


Su abuela  asintió y continuó diciéndole que la varita sólo debía ser usada para el bien y nunca jamás para el mal y, tras decir esto, le soltó un discurso sobre el bien, sobre el mal, sobre la generosidad, sobre el egoísmo, sobre la verdad, sobre la mentira y bla, bla, bla... (a Carola esto del “bla, bla, bla” le gustaba muchísimo).


Carola asentía a todo lo que su abuela decía intentando mantener los ojos muy abiertos y diciendo a todo ajá, ajá, ajá...” y, de vez en vez, muy bien... vale... sí...”, mientras pensaba que eso no iba a suponer ningún problema pues, sin la menor duda, ella quería la varita para hacer cosas buenas: transformar a la tonta de Mariana en un sapo lleno de verrugas horrorosas -y, además, conseguir pasteles-, hacer desaparecer el bigote del profe de música que era un antipático de tomo y lomo -y, además, conseguir pasteles-, estropear un poquito la bicicleta del presumido de Mario -sin olvidar conseguir pasteles-, aprobar el examen de mates -y los pasteles... no te olvides los pasteles-. Y todo eso -pasteles incluidos- eran cosas buenas ¿verdad? De modo que cuando su abuela terminó el largo, larguísimo discurso sobre el bien y el mal, Carola pudo decir con total y absoluta seguridad que su varita mágica sólo sería empleada para hacer el bien, faltaría más (y, además, para conseguir pasteles).



-Entonces -dijo su abuela-, lo primero que necesitas es una rama.


-Muy bien-, dijo Carola comenzando a levantarse.


-Una rama- Carola volvió a sentarse- de un árbol centenario, el más longevo del lugar donde lo encuentres.


-Vale-, dijo Carola poniéndose, nuevamente, en pie.


-Una rama -Carola se sentó de nuevo- de un árbol plantado y cuidado con amor.


-Estupendo-. Y Carola se separó levemente del sillón.


-Una rama -Carola se dejó caer sobre su asiento poniendo los ojos en blanco-, no cortada, sino caída.


-Genial-, y Carola intentó, nuevamente, levantarse.


-Una rama -Carola miró a su abuela con cara de pocos amigos porque empezaba a sospechar que lo estaba haciendo adrede- recogida durante el cuarto menguante.


-El cuarto menguante, ajá-, Carola, como quien no quiere la cosa, alejó lentamente su cuerpo del asiento del sillón, mirando de reojo a su abuela...


-Una rama -Carola reprimió un gritito y volvió a sentarse tan bruscamente que se mordió la lengua- de castaño o roble. Tras conseguir esa rama -continuó la abuela-, esperarás al cuarto creciente para descortezar y untar la varita con cierto aceite mágico que debéis comprar a la  señora Dora a cambio de una cesta con pan, miel y frutas


-¿A la bruja? -preguntó Carola estremeciéndose.


-A la bruja -contestó su abuela sonriendo-. Una vez hecho esto, al llegar la luna llena y durante siete noches, dejarás la rama bajo la luz lunar para que se llene de magia y tú te limitarás a sentarte junto a ella y pensar en todas esas cosas buenas que quieres hacer con tu varita para llenarla de sueños. Una vez pasada esa semana, la varita estará lista para que la decores a tu gusto y preparada para funcionar.



-¿Y ya está? -dijo Carola sorprendida- ¿Eso es todo?


-Sí, ya está -respondió la abuela-. Eso es todo.


Y, diciendo esto, la abuela se levantó y se marchó.


Carola sabía perfectamente donde encontrar madera que decía la abuela: en el jardín trasero de una enorme casa no lejos de la suya tenían plantado un enorme castaño centenario que, según le habían contado, fue plantado por el dueño de la casa hacía tres siglos para que una hija suya, muy enferma, pudiera verlo desde la ventana de su dormitorio. Desde entonces, el castaño había sido cuidado con mucho cariño y mucho mimo, como si formara parte de la familia.


El problema era saltar la gran valla, entrar en el jardín, esquivar al perro, recoger la rama y luego salir de allí a toda pastilla. Carola pensó que lo mejor era pedir ayuda a sus amigos Jorge y Carlos cosa que ellos no dudaron en hacer porque nada les gustaba más que una buena aventura nocturna y porque Carola les prometió que ellos también tendrían su varita mágica.


Aquella misma noche, Carola, Carlos y Jorge, fueron hasta la gran casa y treparon el muro que rodeaba el jardín, saltaron dentro y comenzaron a avanzar ocultándose entre las sombras. Todo parecía ir estupendamente hasta que, a pocos metros del centenario castaño, apareció un enorme, inmenso, descomunal perro negro con unos enormes, inmensos, descomunales colmillos blancos que, plantado frente a ellos, gruñía amenazadoramente bajito. Los tres niños se quedaron quietos, muy quietos, tan quietos como estatuas.



El perro dio un paso hacia delante sin dejar de gruñir, y los niños dieron un paso hacia atrás sin dejar de mirarlo. Volvieron a quedarse muy quietos los cuatro, el perro gruñendo y enseñando los colmillos, Carola mirando al perro y mordiéndose las uñas, Carlos mirando al perro y diciendo ayayayayayayay”, y Jorge mirando al perro y rebuscando en los bolsillos de su pequeña mochila.


El perro volvió a dar un paso hacia delante. Carlos y Carola dieron un paso hacia atrás. Jorge, sin embargo, dio un paso hacia el animal con la mano derecha adelantada. Sus amigos lo miraban con los ojos muy abiertos pensando que se debía haber vuelto loco y esperando que el enorme perro, en cualquier momento, le arrancara la mano de un mordisco. Entonces, el perro dejó de gruñir, se puso a olfatear la temblorosa mano de Jorge y, a continuación, abrió su enorme bocaza... para zamparse las golosinas que el niño había traído por si acaso. Una vez calmado el animal, los niños pudieron llegar hasta el árbol y recoger una ramita para cada uno. Luego, dejando al perro comiendo las últimas golosinas, salieron de allí todo lo aprisa que pudieron... y más.


Ahora había que ir a por el aceite mágico. Reunir pan, miel y fruta fue bastante sencillo. Lo difícil fue reunir el valor suficiente para acercarse a la casa de la señora Dora, una anciana arrugada y de nariz ganchuda, que vivía sola a la entrada del bosque y que todos los niños sabían que era una bruja malvada.


Los niños intentaron retrasar ese momento todo cuanto les fue posible pero el cuarto creciente estaba cerca y, si querían sus varitas, debían conseguir el aceite. Así que una tarde oscura y lluviosa, tomaron la cesta y, asustados y encogidos, fueron a casa de la señora Dora que, a la mortecina luz de la encapotada tarde, tenía un aspecto siniestro. Una ventana del piso superior golpeaba y chirriaba empujada por el viento, las ramas de los árboles cercanos golpeaban la casa y las ventanas iluminadas semejaban ojos malignos y vigilantes. Cuando llegaron al porche un gato negro salió corriendo de la nada, haciéndoles gritar y saltar espantados. Una vez lograron retornar los corazones a su sitio, Carola dio tres fuertes golpes en la puerta de entrada. Nada se oyó en el interior. Tras un rato de espera, Jorge volvió a golpear en la puerta. Les volvió a responder el silencio. Tras otro rato, tocó el turno a Carlos quien, tragando saliva, se aproximó a la puerta, alzó el puño y lanzó un enorme grito cuando un monstruo de cara ceñuda y de color verde pistacho apareció de repente ante él. Le costó un rato percatarse de que era la señora Dora con una horripilante mascarilla facial. Cuando dejaron de gritar como locos (Carola y Jorge también se habían llevado un buen susto), la bruja les hizo pasar. Los niños entraron y se quedaron muy quietos en la entrada, contemplando una casita que no se diferenciaba en nada de la casa de cualquiera de sus abuelas. La señora Dora, que ya sabía a qué venían, les entregó una botellita a cada uno y, cuando ellos le entregaron a su vez, la cesta que le habían traído, les dio las gracias con una enorme sonrisa que hizo a los niños pensar que, a fin de cuentas, la señora Dora no era la bruja que ellos habían creído hasta entonces.



Dos días después, llegó el cuarto creciente y los niños pudieron limpiar y encerar la rama. Tuvieron que esperar un mes para la llegada del plenilunio y, tal como había dicho la abuela de Carola, dejaron las varitas bajo la luz de la luna.


Los tres amigos estaban ansiosos y nerviosos. Llevaban semanas imaginando lo que iban a hacer con sus respectivas varitas, las docenas de chuches que iban a obtener, los juguetes que iban a conseguir y los pasteles que se iban a zampar. Soñaban con volar, con hacerse invisibles, con transformarse en animales, con ayudar a amigos y castigar a enemigos, con hacer desaparecer al profe de mates, con viajar a la luna... Soñaban y soñaban y soñaban, esperando el momento en que, por fin, pudieran hacer realidad todos sus sueños.


Y llegó el gran día y los tres amigos se dispusieron a usar sus varitas. Pero no pasó nada. Quizás estaban haciendo algo mal, pensaron, y volvieron a intentarlo. Siguió sin pasar nada.. Se les ocurrió que, tal vez deberían dejarla una noche más bajo la luz de la luna, pero ni así. Probaron pidiendo cosas para ellos, probaron haciendo magia para otros, probaron durante días todo lo que se les ocurrió... pero las varitas no funcionaban ni mucho, ni poco, ni nada.


¡Menudo chasco! Las varitas sólo eran trozos de madera sin magia ninguna.


Pero ninguno de ellos se animó a romper su varita porque, en el fondo, sabían que sí habían hecho algo de magia con ellas: habían vivido una estupenda aventura, habían llenado sus días de sueños maravillosos y se lo habían pasado genial.


Carola, Jorge y Carlos guardaron las varitas con sus tesoros más preciados y, de vez en cuando, las sacaban para jugar a que eran grandes magos y no permitían que nadie dudara de la magia de aquellas tres preciosas varitas.






Entradas populares de este blog

El globo rojo

Mi estantería de regalos

La casa destartalada