El desván

 
En la casa de la abuela de Carola había un desván.
Un desván con una escalera de madera que chirriaba cuando alguien la pisaba.
Una escalera oscura que a Carola le provocaba escalofríos.
Afortunadamente Carola conseguía olvidarse de la espeluznante escalinata y del terrorífico desván la mayor parte del tiempo que pasaba en casa de la abuela.
Hasta aquel verano en que aquel desván pasó a ser el protagonista de sus vacaciones.
Todo comenzó una plácida noche cuando, en medio del silencio, un fuerte golpe en el desván hizo que Carola diera un salto en la cama y saliera corriendo al dormitorio de su abuela.
-No ha sido nada -le dijo la abuela-. No hay de qué asustarse. Algo se habrá caído. A veces pasa.
Carola se creyó la explicación de la abuela... pero sólo a medias y por eso pasó aquella noche en su cama.
-No es que tenga miedo, abuela. Es sólo por si acaso -dijo, y se acurrucó junto a ella.
Durante los siguientes días nada ocurrió y Carola casi olvidó el incidente. Hasta la noche en que algo volvió a golpear contra el suelo del desván. Primero un golpe, luego otros dos. Tres más espaciados al día siguiente... La abuela, que no había escuchado nada, no le dio ninguna importancia.


-Ratones, hija, serán ratones -le decía.
Pero Carola no creía que fueran ratones. Pues menudos ratones tenían que ser para formar semejante alboroto nocturno, pensaba. No señor, seguro que aquello era cosa de espíritus.
Y Carola, cada vez que pasaba junto a las terroríficas escaleras que conducían al desván, miraba de reojo para comprobar si, entre las rendijas de la madera, salía alguna luz brillante como pasaba en las películas.
Pero por mucho que se fijó, no vio ninguna luz extraña.
No, lo único extraño que salía del desván eran sonidos. Y cuando aquellos sonidos pasaron a ser los de un bebé que lloraba a Carola ya no le cupo duda de que aquello era cosa de fantasmas.
-Vamos, vamos, seguro que son imaginaciones tuyas -le dijo la abuela cuando Carola corrió a contárselo.
Carola insistió en que la acompañara a su dormitorio para escuchar el llanto y, tras mucho rogarle, la abuela accedió. Se sentó en la cama de la niña y esperó. Y esperó. Y siguió esperando. Pero allí no se oía nada: ni cosas cayendo, ni bebés llorando, ni nada aparte de los grillos. Y la abuela, tras meter a Carola a la cama se fue refunfuñando algo sobre comer demasiado postre antes de irse a dormir.
Pero el llanto volvió a aparecer en cuanto la abuela se hubo ido y entonces Carola pensó que sólo había un modo de resolver aquel misterio. Cogió su linterna y subió al desván.


Se detuvo ante la aterradora escalera, tomó aire y puso un pie en el primer escalón que, como era de esperar, crujió bajo su peso. Luego, despacio, subió los demás hasta llegar ante la puerta. Allí el llanto era más fuerte y Carola tembló. Volvió a tomar aire, agarró el pomo, lo giró y empujó la puerta que se abrió con un tenebroso chirrido.
Carola se encogió esperando la aparición de un terrorífico espectro pero no pasó nada.
La niña entró en el desván. Movió la linterna en todas direcciones y entonces iluminó unos brillantes ojos que la miraban fijamente.
Carola gritó asustada antes de darse cuenta de que aquello no era ningún fantasma sino una gata que había elegido el desván para tener a sus gatitos.
Tanto misterio, tanto miedo, por unas pequeñas bolas peludas que transformaron el desván en el lugar favorito de Carola.







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