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Mostrando entradas de mayo, 2012

La máquina del tiempo

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Hoy hace exactamente un año menos cinco minutos que el profesor Inteligente Cerebrín inventó la máquina del tiempo. Ya, ya sé que nadie ha oído hablar de tan maravilloso invento y eso es porque nadie -excepto el profesor Cerebrín, Ithorm el extraterreste, una mosca que por allí revoloteaba y yo- sabe que esa máquina existe. Y nadie sabe que existe porque el profesor no se lo ha dicho a nadie. Y no se lo ha dicho a nadie porque su máquina del tiempo tiene los siguientes y “pequeños” fallos:

Primero, que la máquina del tiempo sólo puede ser utilizada el primer lunes de cada mes, exactamente a las seis de la tarde, ni medio poquito antes ni medio poquito después. Si la pones en marcha antes de esa hora, la máquina se pone a cantar alguna canción de moda a voz en grito y desafinando una barbaridad, si la enciendes después de las seis para lo único que sirve es para calentar la leche (y si le caes bien, te la chocolatea).

Segundo, la máquina del tiempo sólo puede ser usada por el profesor …

¡Quiero un perro!

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-¡Quiero un perro!- decía María al levantarse cada mañana, justo entre los buenos días y el desayuno.
-¡Quiero un perro!- insistía María al llegar del colegio y antes de sentarse a comer.
-¡Quiero un perro!- repetía María mientras su madre le daba la merienda.
-¡Quiero un perro!- volvía a decir María ya en la cama, justo entre el último beso y el primer ronquido.
Y así llevaba desde que tenía unos cinco años, dando la matraca, erre que erre y sin cansarse. Ni ella ni, al parecer, sus padres, que se negaban a regalarle un perro usando todas esas excusas que usan los mayores: que si es mucha responsabilidad, que si es mucho dinero, que a ver qué hacemos con él en vacaciones, que si hay que bañarlo, vacunarlo, alimentarlo, sacarlo de paseo, que si se iba a cansar a los dos días, que si patatín, que si patatán, que si esto, que si lo otro, que si lo de más allá... bueno, ya sabéis lo pesados que se ponen los padres.
El caso es que, por mucho que lo pidiera, María seguía sin perro pero, par…

El disfraz de Irina

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La mamá de Irina Katrina era bruja. Y su hermana mayor, y su hermana pequeña, y su abuela, y su tatarabuela, y su tataratatarabuela. Vamos, que por si no os habéis dado cuenta, en la familia de Irina Katrina sólo nacían chicas y todas ellas eran brujas... Bueno, todas, excepto una: Irina Katrina.

Irina Katrina no entendía por qué ella era la primera y única no bruja de la larguísima lista de mujeres de su familia. Y tampoco lo entendía el resto de su familia mágica. Su madre decía que no tenía importancia, su abuela decía que quizás se arreglara con el tiempo, su bisabuela la miraba siempre con el ceño fruncido, su tatarabuela la miraba con pena y su tataratatarabuela llevaba años buscando una solución aunque sin demasiado éxito. Entretanto, Irina, fingía que la cosa no tenía demasiada importancia y aprendió a hacer de  todo sin necesidad de recurrir a la magia, incluso cosas que alguien de su edad no sabría, como coser, cocinar, cambiar enchufes, arreglar un grifo y docenas de cosas m…