Nada es lo que parece VI

Ilustraciones de Eliz Segoviano.



CAPÍTULO SEXTO




No había dado tres pasos cuando algo pasó raudo a su lado, le dio un golpecito y lanzó el mismo alarido de antes:

-¡Tuuuuuuuuuuuuuuuuuuuvaaaaaaaaaaaaaaaaash!

Ayla siguió andando sin hacer caso del monstruo que, inmediatamente, volvió a pasar a su lado a toda velocidad y volvió a gritar:

-¡Tuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuuvaaaaaaaaaaaaaaaaash!

-¡No, no y no! ¡No la llevo! ¡No puedo llevarla! ¡Tengo cosas importantes que hacer!

Y el canguro con pajarita roja apareció otra vez ante ella:

-Pues ya sabes, si no la quieres, pásala....

-¡Aaaargh... está bien! -Ayla dio un golpecito al canguro- ¡Tú la llevas!

El canguro, sin moverse del sitio, le devolvió el golpecito:

-No, la llevas tú.

-No, tú -dijo Ayla.

-No, tú -dijo el canguro.

-La llevas tú -y Ayla le dio un tirón a la pajarita.

-No... la llevas tú -y el canguro le tiró de la nariz.

-Tú la llevas -insistió Ayla.

-La llevas tú -repitió el canguro.

Charlie el monstruo los miraba como quien mira un partido de tenis. Giraba la cara a la derecha, giraba la cara a la izquierda, y luego otra vez a la derecha, y después a la izquierda, a la derecha, a la izquierda, a la derecha, a la izquierda...

-La llevas tú -decía Ayla.

-No, la llevas tú -insistía el canguro.

-No, tú -proclamaba la una.

-No, tú - afirmaba el otro.

Y así una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez, hasta que Charlie el monstruo rodó por el suelo completamente mareado.

Ayla y el canguro con pajarita siguieron, y siguieron, y siguieron hasta que el canguro, bostezando, dijo:

-Esto ya no es divertido -y se sentó en el suelo.

-Pues no, nada divertido -dijo Ayla, y se dejó caer al suelo al lado del canguro.

-Noiiidooooo -dijo Charlie el monstruo, que aún rodaba mareado sobre hojas y ramas.

-¿Entonces no es cierto que el bosque esté lleno de cosas terroríficas? -preguntó Ayla al cabo de un rato.

-¡Tonterías! Lo más terrorífico que puedes encontrar en este bosque es a Charlie o a alguno de sus familiares con exceso de gases, ya sabes -y, al decir esto, el canguro puso los ojos en blanco y agitó la mano frente a su nariz.

Pasaron un agradable rato allí sentados, en mitad del bosque, mientras compartían una estupenda merienda que el canguro sacó de su bolsa -lo cual resultaba de lo más asombroso teniendo en cuenta el tamaño que parecía tener- y hablaban sobre esto, aquello, lo otro y lo de más allá. Ayla se enteró así que aquel canguro de pajarita roja se llamaba Jackie, que Jackie no era canguro sino cangura, que Charlie -a pesar de su tamaño- era casi un bebé y por eso hablaba de aquella manera tan rara, que en el bosque habitaban otros como Charlie pero que no había más canguros, que Jackie extrañaba mucho a su familia pero que era muy feliz en aquel bosque y que las Montañas de las Pesadillas le daban un miedo atroz aunque nunca jamás había estado en ellas ni ganas que tenía.
En cuanto Charlie -que en ese momento perseguía a unos curiosos animales con grandes alas de mariposa y cuerpo de hipopótamo- escuchó las palabras: “Montañas de las Pesadillas”, corrió a esconderse en los brazos de Jackie. En su alocada carrera pisoteó el mantel con los restos de la merienda que acababan de disfrutar, haciendo volar platos, tazas, cubiertos, restos de tarta, trozos de fruta, migajas de sándwiches y servilletas, que acabaron cubriendo a Ayla. Esta, una vez se libró del último trozo de sándwich -que se había instalado cómodamente en su coronilla-, se encontró con que la pobre canguro había caído aplastada bajo el enorme corpachón del monstruito que, aferrado a ella, temblaba como una hoja.

Costó bastante trabajo tranquilizar a Charlie y convencerlo para que soltara a la pobre Jackie pero, al fin, la tranquilidad regresó al pequeño claro del bosque y, mientras el pequeño monstruo andaba entretenido con el lento paseo de unos lombrajos -lombrices con cabeza de ajo-, Ayla decidió que, por muy a gusto que se sintiera con sus nuevos amigos, era ya el momento de ponerse en marcha y enfrentarse a lo que sea que le esperara en aquellas siniestras montañas.

Se despidió de Jackie y Charlie con mucha pena, muchos abrazos y muy pocas ganas de marcharse, pero apenas había comenzado a andar, cuando Charlie se puso a darle golpecitos y a gritar:

-¡Tuvash! ¡Tuvash! ¡Tuuuuuvaaaaaaash!

-No puedo jugar, Charlie, debo irme.

Pero Charlie insistía:

-¡Tuvash!¡Tuvash! ¡Tuuuuuvaaaaash!

Y a Ayla lo único que se le ocurrió en aquel momento fue dar un golpe a un árbol cercano y decir:

-¡Tú la llevas! ¿Ves? Yo ya no la llevo, ahora la lleva el señor árbol -dicho lo cual se dispuso a seguir su camino.

Y entonces un extraño crujido hizo que se detuviera en seco. ¿Qué era eso? Ayla miró a Charlie y a Jackie. Jackie y Charlie miraron hacia lo alto. Ella también hizo lo mismo y, cuando lo hizo, vio que el árbol al que había dado el pequeño golpe, movía pesadamente una de sus ramas hasta tocar el árbol más cercano al tiempo que se oía un profundo retumbar que a Ayla le sonó a algo así como:

-¡TÚUUUUUU LAAAAAAAAA LLEEEEVAAAAS!

El árbol tardó casi media hora en decir la frase y en tocar al árbol vecino porque los árboles todo lo hacen muy, muy, muy despacio. Ayla recorrió lo que quedaba de bosque acompañada por los crujidos de las ramas y el retumbar de las profundas voces de los árboles, sin poder creerse aún que los árboles estuvieran jugando al Tú la llevas”.

-Y el caso es que parece que se lo están pasando genial -dijo Ayla al Aire, que andaba entretenido con unas hojas.

-Eso parece -dijo el Aire, y movió el flequillo de Ayla.

-Ya que estás aquí de nuevo, ¿podrías explicarme por qué me dijiste que este bosque estaba lleno de cosas terroríficas?

-Yo nunca dije eso -contestó el Aire, y le hizo cosquillas en la nariz.

-Bueno... -respondió Ayla pensativa-, dijiste que había cosas muy feas en él.

-Cierto -y el Aire voló hasta las flores más cercanas-, y no te mentí: Jackie y Charlie no es que sean precisamente guapos, ¿verdad? -dicho esto desapareció con una rápida ráfaga que levantó hojas, pétalos y ramitas.

Ayla abrió la boca para responder pero la verdad es que debía reconocer que el Aire tenía razón, así que volvió a cerrar la boca y continuó su camino pensando en todo lo que había pasado y en lo que aún estaba por pasar.



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