El dragón escupe letras




Érase que se era un dragón pequeñajo, regordete y de color "amariverde".
Érase que se era un dragón con unas alas diminutas.
Érase que se era  un dragón con voz de pito.
Érase que se era  un dragón que, en lugar de lanzar fuego, lanzaba letras.
Érase que se era, en fin, un dragón que daba mucha risa y poco miedo.
Érase que se era que el pobre dragón estaba cada día más triste:
-¡Menudo dragón de pacotilla estoy hecho! -se lamentaba- ¿Para qué sirve un dragón que no puede lanzar fuego? -lloriqueaba.
No servía para secuestrar valientes  princesas ni para luchar contra bellos príncipes; ni para luchar contra bellas princesas ni secuestrar valientes príncipes. Era incapaz de asustar a todo un reino, ni a medio, ni siquiera a un pueblo de los más pequeñines. Como dragón, Benito era un completo desastre...


Érase que se era una princesita que se peinaba con trenzas y usaba gafitas.
Érase que se era una princesita con faldita de colores y pequitas.
Érase que se era una princesita con cara de lista, que estaba muy harta y muy aburrida de hacer siempre cosas de princesa, hablar siempre de cosas de princesa, leer siempre cosas  de princesa y que la trataran siempre como a una princesa (muchas reverencias, mucho alteza esto y alteza lo otro, mucho mirarla desde lejos... ).
La princesita Adelita, como era una princesa tan princesa, no tenía ningún amigo y se aburría como una auténtica ostra.
Y ocurrió que el pequeño dragón -bastante tristón- y la princesita -algo apenadita- se encontraron cierto día mientras paseaban por un prado lleno de margaritas. 

El dragón pensó:
-Otra princesa que se va a reír de mí -y quiso esconderse.
La princesa pensó:
-¡Un dragón, qué bien! -y corrió hacia él.
Y así estuvieron un rato: el dragoncito intentando escapar de la princesa y la princesita intentando llegar hasta el dragón.
Benito -el dragón-, muy asustado, intentó lanzar fuego -que es lo que hacen todos los dragones asustados- pero, claro, lo que lanzó fue una lluvia de vocales y consonantes que cayeron sobre la sorprendida princesita.
Benito -el dragón- se encogió, se tapó la cara y esperó la carcajada.
Y esperó.
Y esperó.
Y siguió esperando.
Pero no se oyó ninguna carcajada.
En realidad no se oía nada. 
Benito -el dragón- se destapó un ojo... Y luego se destapó el otro para ver mejor lo que estaba viendo: la princesita Adelita estaba recogiendo las letras y se lo pasaba en grande intentando formar palabras.
Cuando la princesita encontró todas las palabras que pudo encontrar, se volvió hacia Benito y, con una enorme sonrisa, dijo:
-¿Lo puedes hacer otra vez?
Y el dragoncito volvió a lanzar otra lluvia de letras.
Adelita, sonrió, aplaudió, dio saltitos y corrió otra vez a reunir letras y formar palabras.
A la tercera vez, Benito -el dragón- se unió a ella.
A la cuarta, Adelita -la princesita- y Benito -el dragón- se reían juntos.
Después de la quinta vez decidieron sentarse a charlar,.
Y charlaron mucho rato.
Y volvieron a encontrarse en aquel campo de margaritas todos los días. hasta el día en que Adelita -la princesita- invitó a Benito -el dragón- a vivir en su castillo.
El dragoncito -feliz como una lombriz- aceptó sin pensarlo y allí vivió -feliz como una perdiz- jugando a formar palabras con Adelita, enseñando a leer a los más pequeños y, cuando Adelita llegó a reina, siendo el mejor Consejero Real que había existido en aquel lejano, lejano, lejanísimo reino.

 


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