La princesa aburrida




En un reino muy, muy lejos de aquí, allí donde están todos los lejanos reinos de cuentos, vivía una princesa llamada Lina Marina, tan hermosa como todas la hermosas princesas de cuentos que viven en lejanos reinos de cuentos.
Lina Marina tenía todo lo que una hermosa princesa de cuento podía desear:  un precioso castillo, unos padres que la querían, preciosos vestidos, miles de zapatos, doncellas que le hacían compañía, juglares, bufones para hacerla reír, un precioso jardín en el que pasear, príncipes que la visitaban continuamente y hasta un dragón que, de vez en cuando, la secuestraba y la llevaba a su cueva que es lo que suelen hacer los fieros dragones de los cuentos con las hermosas princesas de cuento que viven en lejanos reinos de cuentos.
Y, sin embargo, la princesa Lina Marina se aburría. Se aburría muchísimo. Y se lo decía a todo el mundo.
-Mamá, me aburro -le decía a su madre, la reina del reino de cuento, cada mañana en el desayuno.
Y la reina la mandaba al jardín a jugar con los pajes de palacio. Y Lina Marina iba. Y jugaba... un rato y con tan poca gana, que hasta los pajes acababan bostezando contagiados de aburrimiento.
-Papá, me aburro -se quejaba a su padre, el rey del reino de cuento, cada mediodía en la comida.
Y el rey la enviaba a cabalgar por los bosques con sus damas y sus caballeros. Y Lina Marina iba. Y cabalgaba, y exploraba el bosque... pero sólo un rato, y con tan pocas ganas que caballeros y damas acababan quedándose dormidos sobre sus caballos.


-Aya, me aburro -se quejaba a su aya, el aya de la princesa de cuento, cada noche en la cena.
Y el aya la llevaba junto a otras niñas del palacio a charlar un rato antes de ir a dormir. Y Lina Marina iba Y charlaba, y hasta reía con ellas... pero sólo un rato, y con tan pocas ganas que las niñas bostezaban y caían dormidas antes de llegar a sus camas.
Porque no es sólo que Lina Marina se aburrierra mucho, muchísimo, sino que, además, conseguía que todo el que se encontraba a su alrededor acabara también bostezando aburrido porque su aburrimiento era tan pero tan grande que se había vuelto contagioso, pero tan contagioso, que los habitantes de aquel lejano reino comenzaron a huir de Lina Marina por temor a acabar, ellos también, enfermos de aburrimiento.
Y así pasaban los días en aquel lejano reino de cuento para esta hermosa princesa de cuento: de aburrimiento en aburrimiento, de bostezo en bostezo y de queja en queja. Cada día más aburrida y cada día más sola.
Sus padres, los reyes de cuento de aquel reino de cuento, preocupados, reunieron a los más sabios de los sabios de cuento de todos los reinos de cuento de los alrededores y de un poco más lejos. Pero ninguno fue capaz de encontrar un remedio para el aburrimiento de la princesa que, entre bostezo y bostezo, se dejaba auscultar, medir, pesar y pinchar sin decir ni mú, mientras los sabios, uno tras otro, iban cayendo dormidos.
Llamaron, también, a las mejores hadas madrinas de cuento de todos los reinos de cuento que estuvieran más acá o que estuvieran más allá. Pero no hubo ni una capaz de curar el aburrimiento de la princesa que, entre bostezo y bostezo, soportaba el polvo de hadas sin estornudar, los movimientos de varita sin bizquear y el aleteo continuo sin constiparse, mientras que las hadas hacían esfuerzos por no dormirse.
Finalmente, fueron llamadas a palacio, las brujas de cuento más poderosas de todos los reinos de cuento tanto vecinos como lejanos. Pero ninguna de ellas logró curar el aburrimiento de la princesa que, entre bostezo y bostezo, aguantó sin quejarse el calor de las ollas, el maullido de los gatos, los ojos de rana y hasta los pies de lagarto, mientras que las brujas se hechizaban unas a otras para no caer dormidas.



Comenzaban ya a desesperar los padres de Lina Marina cuando, cierta mañana, muy temprano, llegó al castillo una niña no mayor que la princesa asegurando que ella podría curarle el aburrimiento sólo con el contenido de una enorme y misteriosa bolsa que llevaba al hombro. Y, aunque nadie creía que una pequeña niña pudiera conseguir lo que ni sabios, ni hadas, ni brujas habían conseguido, los reyes la dejaron intentarlo.
La pequeña niña fue al gran dormitorio y se encerró con ella.
Pasó ese día. En la habitación no se oía nada.
Y pasó el día siguiente. Los reyes, nerviosos, pegaban la oreja a la puerta pero no se oía nada.
Y pasó el tercer día. Los reyes, el aya, los pajes, los caballeros y las damas se mordían las uñas, nerviosos y preocupados. Del dormitorio no salía ni el menor sonido.
Por fin, al cuarto día, cuando los reyes estaban a punto de ordenar que se echara la puerta abajo, del dormitorio de la princesa surgió una carcajada. Primero, pequeña y tímida, y luego enorme y sin miedo.
¡La princesa se estaba riendo! ¿Cómo era eso posible?
Entonces se abrió la puerta y, efectivamente, allí estaba la princesa con un libro en las manos y muerta de risa.
-¿Cómo lo has hecho? -preguntaron los reyes- ¿Cómo has curado su aburrimiento?
-Fácil -respondió, sonriente, la pequeña niña- Primero le he enseñado a usar su imaginación, que es un gran arma contra el aburrimiento y luego, con los libros de mi bolsa, le he mostrado que, con ellos, sin moverse de aquí, puede viajar, vivir aventuras, reír, descubrir lugares asombrosos, conocer gente maravillosa... A partir de hoy, majestades, les aseguro que la princesa nunca volverá a aburrirse.
Y, efectivamente, así fue, Lina Marina, la hermosa princesa de cuento, de aquel lejano reino de cuento, se hizo traer cientos de libros y se construyó una enorme biblioteca donde pasaba muchas horas, divirtiéndose y aprendiendo. Y cuando se cansaba de leer, usaba su imaginación para inventar juegos e historias. Y nunca, jamás de los jamases volvió a estar aburrida.


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