¡Quiero un dragón!


Cierta mañana la princesa Tessa se despertó, se estiró, bostezó y dijo:
-¡Quiero un dragón!
Así, como quien pide magdalenas...
Como estaba sola en su dormitorio sólo la oyó Mimí, su gato de angora, que sabía mucho de ratones pero nada de dragones.
Así que Tessa repitió durante el desayuno:
-¡Quiero un dragón!
La reina, su madre, y su padre, el rey, la miraron, se miraron, volvieron a mirarla y respondieron:
-¡NO!
Y siguieron desayunando tan tranquilos.
Así que Tessa se puso sus botas rojas, cambió su vestidito por ropa cómoda, escribió una nota que decía: “¡QUIERO UN DRAGÓN!”  y fue en busca de un dragón.
Volvió casi enseguida porque se dio cuenta de que no tenía ni idea de dónde encontrar un dragón, cómo atraparlo y de qué forma traerlo hasta casa.


Se quitó, pues, sus botas rojas, volvió a ponerse su vestido, guardó la nota que decía: “¡QUIERO UN DRAGÓN!”, fue a la gran biblioteca del castillo y se pasó allí días y más días estudiando todo lo que se pudiera estudiar sobre los dragones. Cuando supo todo lo que podía saberse sobre los dragones, se quitó su vestido de princesa, se puso las botas, sacó la nota que decía: “¡QUIERO UN DRAGÓN!” y se fue a la montaña más alta del reino que es donde suelen vivir los dragones.
Siguiendo el olor a azufre, chamusquina y aceite para escamas marca Dragonia, Tessa encontró la enorme cueva frente a la cual dormía un enorme dragón que lanzaba unos enormes ronquidos que ponían los pelos de punta.
Tessa sacó una enorme cuerda, se acercó al enorme dragón y comenzó a atarla alrededor del enorme cuello. El dragón despertó, la miró sorprendido, miró la cuerda y preguntó:
-¿Qué haces?
-Te rapto -dijo Tessa anudando la cuerda.
-¿Raptarme? -preguntó el dragón aún más sorprendido.
-Sí. Quiero un dragón y te rapto.
-Pero yo soy más fuerte, más grande, más... todo -dijo el dragón con una enorme sonrisa llena de dientes.
-Lo sé -dijo Tessa dando un tirón de la cuerda-.

Al dragón, cuando sintió aquel tironcito y vio aquella cuerdecita y se fijó en la pequeña princesita, le entró la risa tonta y ya no pudo parar. Y jijiji por acá, jojojo por allá, se fue dejando llevar por la princesa Tessa hasta su palacio.
Cuando quiso darse cuenta... ¡PATAPAM! La puerta de una enorme jaula de oro se cerró tras él.
La princesa Tessa lo miró muy satisfecha y se fue a dormir.
A la mañana siguiente la princesa Tessa se despertó, se estiró, bostezó y dijo:
-¡Quiero un unicornio!
Así, como quien pide magdalenas... Y todo volvió a comenzar.


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