La invasión de los monstruos



Una tarde de verano el pueblo se llenó de monstruos.
Monstruos grandes.
Monstruos pequeños.
Monstruos gordos.
Monstruos flacos.
Monstruos llenos de pelos.
Monstruos barbilampiños.
Monstruos con cuernos, con dientes afilados, con tentáculos, con garras y hasta con cien patas.
Monstruos rojos, azules, verdes, amarillos...
Monstruos desdentados o con grandes colmillos.
Monstruos de todos los colores, de varios olores y de unos cuantos sabores.
Pablito se cayó de culo cuando vio el primer monstruo.
El segundo monstruo lo vio la señora Engracia, la abuela de Luisito, que se escondió de un salto en la cesta de la ropa sucia.
Don Antonio, el alcalde, vio el tercero, y se metió bajo la mesa de su despacho.
Y el cuarto lo vieron Doña Marina, don Francisco y Marianita, que se metieron bajo la cama.


Todos y cada uno de los vecinos del pueblo se escondieron dónde y cómo pudieron.
Los armarios se vaciaron de ropa y se llenaron de gente.
Bajo las camas no quedó sitio ni para las pelusas.
Muchos se apretujaron tras las puertas.
Y hasta alguno hubo que intentó esconderse bajo la alfombra.
En menos que canta un gallo en la calle sólo quedaron monstruos que gruñían, rugían, bramaban y hasta uno -el más terroríficamente terrorífico- que maullaba.
Aquellos monstruosos monstruos corrían, saltaban, destrozaban, rompían y escacharraban.
Subían a los bancos de la plaza, sacudían los árboles, paseaban por los tejados, chapoteaban en las fuentes, peleaban entre ellos, hacían mucho ruido y lo dejaban todo hecho un asco.
Los habitantes del pueblo temblaban de miedo.
¿Qué querían esos horriblemente horribles monstruos?
¿Destrozar el pueblo?
¿Dominar el mundo?
¿Convertirlos en bocadillos?
Cuanto más pensaban en esas cosas más se asustaban.
Y cuanto más se asustaban, más se pegaban al suelo, o a la pared, o los unos a los otros, temblequeando de miedo.

Entonces, repentinamente de repente, todo se quedó en silencio.
-¿Qué habrá ocurrido? -se preguntaron todos- ¿Se habrán ido los monstruos monstruosos?
Pablito -que era el más valiente- se atrevió a mirar, y también doña Catalina y don Fabián, y dos o tres más.
Los monstruos, muy quietos, casi sin respirar, miraban a lo lejos y escuchaban.
Se oyó un horrible rugido.
Un monstruo de color naranja se encogió de miedo.
Uno con veinte ojos los cerró todos y se tapó la cara.
Otro, enorme, peludo y colmilludo se puso a temblar.
Y uno, pequeñito, se escondió entre las patas enormes del monstruo más enorme.
¿Qué cosa podía ser tan horrible para asustar a aquellos terribles y temibles bichos?
Algo tremebundo se acercaba.
Algo espantoso.
Algo horroroso.
Algo que de terror los llenaba.
Unas pesadas pisadas se acercaban.
-¡BROOM! ¡BROOM! ¡BLAAM!
El suelo temblaba y retemblaba tanto que todos decidieron salir de su escondite por miedo a que las paredes se vinieran abajo.
Entonces se oyó un:
-¡PLAAAFFF!
Las ventanas vibraron.
Las puertas golpetearon.
Un monstruo comenzó a lloriquear:
-¡BUAAA! ¡BUAAA!
 
Después, rugidos, aullidos, alaridos y maullidos.
-¡Grarguito más vale que vengas aquí inmediatamente! -gritó una especie de bolsa amarilla sin asas.
-¡Rurgarsita como no estés aquí en tres segundos te vas a enterar de lo que vale un peine! -aulló algo que parecía una pelusa enorme de color azul.
-¡Ya verás cuando le cuente a tu padre lo que has hecho! -rugió una cosa enorme llena de plumas.
Luego siguieron unos cuantos gritos, sermones, cachetes y tirones de orejas-cuernos-tentáculos.
Los vecinos del pueblo miraban todo con los ojos muy abiertos.
¡Resulta que aquellos terroríficamente terroríficos monstruos, aquellos monstruosamente monstruosos monstruos, aquellos bichos enormes y rarísimos eran niños disfrutando de sus vacaciones!
Como Pablito.
Como Marianita.
Como Luisito.
Como Andreita.
¡Tanto miedo!
¡Tanto susto!
¡Tanto terror!
¡Y todo por unos monstruos que ahora no daban miedo ni nada!
Los niños del pueblo miraban con las bocas abiertas a aquellos monstruos tan terroríficos que lloriqueaban. Y miraban aún más asombrados a aquellas mamás monstruosas que les reñían.
Y del miedo pasaron a sentir alivio. 


Luego se rieron un poquito, no mucho, porque a ellos también les regañaban de vez en cuando.
Y al final sintieron algo de pena porque, por culpa del miedo, se habían perdido la oportunidad de conocer a unos nuevos amigos.
Las mamás de los monstruitos pidieron disculpas.
Las mamás del pueblo sonrieron, comprensivas.
Los pequeños monstruitos lloriqueban.
Los niños del pueblo les daban ánimos
Las mamás monstruos se llevaron a los monstruitos de las orejas-cuernos-tentáculos-lo que fuera.
Los vecinos del pueblo les dijeron adiós con la mano.
-¡Qué tarde más rara! -Dijo don Ambrosio, el cartero.
Y todos estuvieron de acuerdo con él.
Luego, poco a poco, el pueblo volvió a su vida normal.
Nadie iba a olvidar nunca la invasión de los monstruos.


Entradas populares de este blog

El globo rojo

Carbón por Navidad

La casa destartalada