Noche de brujas


Era un otoño otoñal lleno de hojas amarillas, de hojas marrones y hasta de hojas rojas.
Como era otoño otoñal, las noches eran frías y nadie salía de casa.
Todo el mundo prefería quedarse junto al fuego, con una taza de chocolate caliente y una mantita suave, todos acurrucaditos y contando historias.
Bueno,  todo el mundo... o casi.
Porque allá afuera, en la otoñal noche de otoño, pululaban unos cuantos hombres lobos, varios vampiros, algunos fantasmas y muchas, muchas brujas que brujeaban y se preparaban para celebrar su Gran Noche.
Cuando la luna estuviera llena, brillante y redonda como una torta, se reunirían todas las brujas del lugar y de cuatro o cinco lugares más, y celebrarían una gran fiesta.
Las brujas pirujas, las corujas y hasta las papandujas, andaban muy ocupadas, liadas y más que atareadas.
Cada bruja tenía su tarea y cada tarea tenía su bruja.
La bruja Marbuja, gran cocinera, se pasaba las horas en la cocina preparando pasteles de alas de murciélago, tortitas de cola de escorpión, canapés de dedos de momia zurda o sandwiches de colas de lagarto con salsa sanguinolenta.
La bruja Marduja, preparaba y experimentaba con cócteles de sangre, batidos de cerebro, zumo de mocos y otras bebidas igual de repugnantes.
La encargada de la decoración era la bruja Marcuja, que llenaba el bosque de esqueletos inquietos, murciélagos con lumbago, telarañas y alimañas.



Sin embargo, el trabajo más importante -y hasta rimbombante- era el de la bruja Mariluja, la encargada de conseguir que la luna llena estuviera limpia relimpia, llena rellena y brillante rebrillante. Porque la luna reluna, con tanto humo como salía de la tierra, con tanto polvo estelar volando entre las estrellas y con tantos extraterrestres paseándose de acá para allá en sus especiales naves espaciales, se ponía perdida y por eso había noches en que ni se veía. En cuanto eso ocurría, allá que iba Mariluja con su escoba y sus trapos a barrer poquito a poquito y a dar brillo despacito despacito, hasta el día en que la luna volvía a verse limpia relimpia, brillante, enorme y muy blanca.
Pero ese mes Mariluja había estado muy enferma y no pudo hacer su trabajo. ¿Y qué pasaba cuando Mariluja no podía hacer su trabajo? Que la suciedad se iba juntando, juntando y la luna acababa desapareciendo bajo un montón de porquería. Las demás brujas estaban tan ocupadas que no se dieron cuenta de nada hasta que, dos noches antes de la fiesta, a Marduja le dio por mirar la luna y... la luna no se veía por ninguna parte.
Marduja corrió en busca de sus compañeras y, en un pispas, todas las brujas que aquella noche de otoño otoñal pululaban y trabajaban se reunieron para intentar encontrar una solución.
Las brujas hablaban y gritaban, discutían y daban voces, se levantaba y se sentaban, se movían, gesticulaban y, alguna, miraba y callaba. Y pasaban los minutos. Y pasaban las horas. Y las brujas discutían y discutían pero nadie hacía nada... todas menos una. 


Una bruja pequeñita, con unas gafas muy grandes y un sombrero enorme se levantó sin decir nada. Cogió su escoba, cubo y bayetas, voló hasta la luna lunera y se puso a barrer, limpiar y sacar brillo.
Calladita, tranquilita, sin prisa pero sin pausa, Marujita, la brujita, consiguió limpiar un pequeño rinconcito de la luna. Y el rinconcito, despacio, se hizo rincón y allá abajo, en la tierra, un rayo de luna llegó hasta donde las demás brujas seguían la discusión... Y Marbuja miró hacia arriba, y también miró Marduja, y luego miró Mariluja y luego miraron todas las brujas discutidoras.
Y cuando vieron aquel puntito pequeñito que se movía despacito sobre la luna, limpiando y relimpiando, sintieron mucha vergüenza y hasta se pusieron coloradas. Ellas allí perdiendo el tiempo, discutiendo sobre que si tú o que si yo y sobre que si aquello o que si lo otro y, mientras, Marujita, la brujita, allá arriba, con sus gafotas y su sombrerote, venga a barrer, a frotar y a limpiar.
Después de mirarse un rato los zapatos y mirarse entre ellas, las brujas cogieron sus escobas, cubos y bayetas, volaron hasta la luna lunera y, sin decir ni un cuarto de palabra, se pusieron a barrer, limpiar y sacar brillo.
Despacito y calladitas, poquito a poquito, dejaron la luna más limpia y brillante que nunca. Nombraron a Marujita, la brujita, reina de la Gran Noche de Brujas y se lo pasaron mejor que nunca bajo la luna más llena de todas las lunas llenas de todas las noches de otoño otoñales.

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