Mamá pequeña



Un día me levanté y mamá era pequeña.
Diminuta.
Minúscula.
Hasta mi hermanito pequeño era más alto que ella.
Yo no entendía nada y mi hermanito tampoco.
-¡Qué cosa más rara! -dijo mi papá y se rascó la barba, que es lo que siempre hace cuando no entiende nada.
-Será algún virus -dijo mi mamá, que es lo que siempre dice cuando alguien se pone enfermo.
-¡Qué virus ni san virus! ¡Esto es cosa de magia! -dijo mi abuela cerrándose la rebeca, que es lo que siempre hace cuando se enfada.
-¿Dònde está mi pipa? -dijo mi abuelo, que es lo que siempre dice cuando se le estropea el sonotone y no se entera de nada.
Todos se pusieron a hablar a la vez muy nerviosos. Menos mamá que, tan pancha y tan ancha, seguía diciendo que aquello era un virus.
Entonces, mi abuela, dando una palmada y cerrándose la rebeca, dijo:
-¡Nos vamos ahora mismo a ver al mago Astrago y ya veréis que lo arregla todo en un sinsalabín!


Y allá que nos fuimos mi hermanito, mi papá, mi abuela, mi mamá, el abuelo y yo a ver al famoso mago Astrago que vivía en el tercer piso. En el ascensor todos siguieron discutiendo que si magia, que si potagia, que si yo que sé, que si dónde está mi pipa, que si esto es un virus, que si no es un virus... y mamá tan pancha y tan ancha.
El mago Astrago se quedó muy sorprendido cuando vio aparecer a toda mi familia en su puerta y se sorprendió aún más cuando mi abuela le contó lo que pasaba y mi papá sacó a mamá del bolsillo de su chaqueta.
Astrago pidió a papá que colocara a mamá sobre la mesa y la miró.
La remiró.
La volvió a mirar y la volvió a remirar.
Astrago se concentró mucho, hizo unos pases mágicos y dijo:
-Abracadabra pata de cabra -.
Pero no funcionó.
El mago se rascó la cabeza y volvió a empezar.
Hizo unos pases mágicos y dijo:
-Sin Sala Bim - Sin Sala Bam -.
Pero tampoco funcionó.
Astrago se cruzó de brazos, se tocó la barbilla, pensó un rato y volvió a empezar.
Repitió los pases mágicos y dijo:
-Hocus Pocus -.
Y nada de nada.
El mago se tiró de la barba, pensó otro rato y dijo:
-Tendré que probar con las palabras mágicas más poderosas.
Hizo más pases mágicos y luego, poniendo voz misteriosa, dijo:
-Salagadoola mechicka boola bibbidi-bobbidi-boo-. Pero ni por esas.
El pobre Astrago miró libros, se estrujó la cabeza, se estiró de la barba, probó con más pases y más palabras y, al final, se rindió:
-Nada, imposible, esto no es magia. Me rindo.




-¿Veis? -dijo mamá- Esto va a ser un virus, seguro -y se quedó tan pancha y tan ancha.
Papá dijo:
-No sé, no sé.
Y la abuela dijo:
-¡Qué virus ni san virus!
Y el abuelo dijo:
-¿Habéis encontrado ya mi pipa?
Yo no entendía nada y mi hermanito tampoco.
Entonces,  la abuela, dando una palmada y cerrando la rebeca, dijo:
-¡Nos vamos ahora mismo a la herboristería de Puri! Seguro que tiene alguna hierba que cure esto.
Y allá que nos fuimos mi hermanito, mi papá, mi abuela, mi mamá, el abuelo y yo a la tienda de Puri que está justo al lado de casa. En el ascensor todos siguieron discutiendo que si magia, que si potagia, que si yo que sé, que si dónde está mi pipa, que si esto es un virus, que si no es un virus... y mamá tan pancha y tan ancha.
Cuando Puri vio a mamá se quedó tan sorprendida como Astrago pero después de mirarla y remirarla de lejos y de cerca; después de buscar en varios libros y rebuscar entre muchas hierbas, Puri dijo:
-Pues no tengo ni idea de qué es esto... Pero si quieres te hago una manzanilla.
-Ya he dicho yo que esto es un virus -dijo mamá tan pancha y tan ancha como antes.

 


-¿Tú crees? No sé, no sé -dijo papá.
-Ni virus ni san virus -dijo la abuela.
-¿Qué? ¿Aparece mi pipa? -dijo el abuelo.
Mi hermanito y yo seguíamos sin entender nada.
La abuela, que es muy cabezota, nos llevó a ver a la bruja Cartuja, que vive dos calles más allá, y a un astrólogo que vive a tres manzanas y a una señora telépata que vive en otro barrio... Y así nos acabamos recorriendo toda la ciudad, mi papá sin saber nada, mi mamá diciendo que era un virus, mi abuelita que ni virus ni san virus y el abuelito buscando su pipa.
Y yo... Yo no entendía nada ni mi hermanito tampoco.
Al final volvimos a casa, cansados y derrengados, con la abuela pensando que era cosa de magia, con mi padre sin tener idea de nada, con el abuelo buscando su pipa y con mi madre diminuta tan pancha y tan ancha.
Estaba todo el mundo otra vez discutiendo sobre si era esto o aquello, cuando llegó la tía Marta, que es médico, y tuvimos que explicarle todo desde el principio.
Entonces la tía Marta, cogió su maletín de médico y examinó a mamá.
Le auscultó el pecho.
Le hizo decir “treinta y tres”.
Le tomó el pulso.
Le midió la tensión.
Le dio golpecitos en la rodilla.
Le miró la lengua, la garganta, los ojos y los oídos.
En fin, le hizo un examen en toda regla.
Y, al acabar, dijo:
-¡Esto es un virus! En un par de días, estará como nueva.
-¿Veis? -dijo mamá y se quedó tan pancha y tan ancha.
Papá suspiró aliviado.
El abuelo se sentó en su sillón favorito con su pipa y su sonotone.
La abuela dio una palmada, cerró su rebeca y fue a preparar la cena.
Y yo... Yo no entendía nada y mi hermanito tampoco.



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