RASSS… SHHH… SHHH… RASSS…


Esta noche hay  tormenta, y no brilla la luna
yo no me puedo dormir y ya es casi la una.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss...
Se oyen roces bajo mi cama.
—¡Qué bien, un monstruo me viene a asustar!
Me alegro y aplaudo a rabiar.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss...
Una enorme cola llena de escamas,
golpea y se agita en la oscuridad.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Unas largas garras, de uñas muy negras,
suben muy despacio por mi manta nueva.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss...
—¡Ayayay, qué miedo! ¡Menudo canguelo!

Digo, y me subo la manta hasta los hoyuelos.

Ahí viene, ahí llega,
ya asoma la enorme cabeza.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss...
Unos ojos muy grandes me miran con sorpresa
y tras ella aparece un hocico lleno de pelos.
Y bajo el hocico un bigote,
un bigotito de nada, de tamaño caramelo
un mostacho tan ridículo, tan minúsculo y estúpido
que me entra la risa quiera o no quiera.
El monstruo me mira muy serio:
—¿Por qué te ríes? ¿Por qué no tiemblas?
¿Por qué no lloras ni te lamentas?
—Perdone usted señor don monstruo,
pero no lo puedo evitar,
creí que iba  a asustarme mucho
y a pasar mucho miedo.
pero al ver su bigote
me entra la risa y no puedo parar.

El monstruo, muy ofendido,
lanza un rugido feroz,
de esos que quitan el hipo,
pero ni con esas me olvido
de un bigote tan atroz.
Así que enfadado y molesto
el monstruo se va
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Me quedo en la cama mirando al techo,
el pobre monstruo se lo tomó muy a pecho.
Si se hubiera quedado sólo un ratito,
seguro que ahora seríamos amigos.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
¿Qué es eso que oigo? ¿Otro monstruo quizás?
Seguro que con este sí me voy a asustar.

—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Oigo resoplidos, jadeos, bufidos…
Algo tira de mi manta.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
—¡Ayayay, qué miedo! ¡Menudo canguelo!
Digo, y me tapo hasta los hoyuelos.
Sigo esperando pero nada aparece,
nasa se asoma,  nada se ve,
o este monstruo es invisible o vete tú a saber.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
De pronto una garra se posa en el colchón,
con un arf y con un ¡plof!
Y tras ella jadeando y sudando
un monstruo no más grande que yo.
Con sus cuernos, y sus dientes
y sus uñas sucias.

Con sus pelos y su cola
y su mal aliento.
Pero pequeño, pequeño,
tamaño llavero.
—Perdone usted, don Monstruo, pero no da miedo.
—¿Nada? ¿Ni un poquito?
—Nada, lo siento.
—Eso me pasa por ser tan pequeño.
Dando un suspiro el pequeño monstruo
se lanza hasta el suelo
y rueda que te rueda
bajo mi cama se mete de nuevo.
Ahora que se ha ido, me río y me río.
Pobre monstruito tan pequeñito
lo que le costó subir hasta aquí
para que enseguida se tuviera que ir.

—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Vaya, vaya, vaya, otro monstruo llega
aunque ya me empieza a dar mucha pereza.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Mi cama se separa del suelo,
lo que esté debajo debe ser enorme,
la cama se mueve,
menudo mareo.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
El monstruo al respirar
me sube y me baja,
como no se pare
me voy a marear.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Noto que mi cama vuelve a su sitio,
contra la ventana una sombra negra
que lo cubre todo, es gigantesca.

—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Este monstruo sí que asusta.
Este monstruo sí me aterra.
Este monstruo igual se queda.
Abre la enorme bocaza,
y menuda dentadura.
Con horribles colmillos,
incisivos y molares
todos ellos amarillos
y más de uno con caries.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Me quedo quieto, muy quieto,
esperando un gran rugido,
de esos que hacen temblar
y hasta te duele el oído.

Con las orejas tapadas,
asustado y encogido,
espero que el monstruo
suelte su gran berrido.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
—Buenas noches, ¿cómo estás?
Me dice una voz de pito,
una voz de niña fina,
un voz que no da miedo,
ni me asusta, ni me espanta.
Me quedo un rato parado,
así como asombrado,
mirando al monstruo más feo,
más grande y más horrendo
que en lugar de un vozarrón
tiene esa vocecita.

Y no lo puedo evitar,
me tengo que carcajear.
Río y río sin parar.
El pobre monstruo se va,
avergonzado y triste,
de verdad que está muy mal,
pero es que no puedo parar.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Pobre monstruo, bien lo siento,
ojalá me pudiera disculpar.
Quizás mañana lo haga,
si me vuelve a visitar.
Pero esta noche ya vale,
de monstruos y de pamemas,
que ya es tarde y mañana tengo que ir a la escuela.

—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Me asomo bajo la cama y digo a la oscuridad:
—Buenas noches, señores monstruos,
siento si les he molestado,
disculpen ustedes mi risa,
intentaré evitarlo.
Mañana si ustedes quieren
podemos volver a intentarlo.
—Rasss… Shhh… Shhh… Rasss…
Se oyen roces y arañazos,
cosas que corren y se escurren,
estos monstruos, en el fondo,
son todos unos buenazos.


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