Nada es lo que parece I

Hace unos meses participé en un concurso literario infantil con una pequeña novelita titulada "Nada es lo que parece", como no gané y no se me ocurre mejor destino para ella aquí os la voy a dejar en pequeños capítulos maravillosamente ilustrada por Eliz Segoviano, magnífica escritora e ilustradora. Espero que disfrutéis tanto leyendo las aventuras de la pequeña Ayla como yo disfruté escribiéndolas :) Os dejo ya con ella.


CAPÍTULO PRIMERO

 






-¡Se acabó! ¡Esta ha sido mi última pesadilla! -exclamó Ayla al despertarse tras la última de las siete que había tenido esa semana-. ¡No pienso volver a tener ni una más!

Eso era muy fácil de pensar, y de decirlo todavía más, pero hacerlo... Bueno, hacerlo ya era otro cantar porque, que yo sepa, nadie sabe qué hay que hacer para no tener pesadillas, ni hay libros que te lo expliquen y ni tan siquiera en internet se puede encontrar nada sobre ese tema -y eso que en internet uno puede encontrar de casi todo lo que existe y hasta de lo que no existe-. Así que Ayla se puso a darle vueltas y revueltas al asunto hasta que, resuelta y desenvuelta, decidió que la manera más sencilla y efectiva de no tener pesadillas era no dormir, porque si no duermes, no sueñas, y si no sueñas, no tienes pesadillas. ¡Fácil! ¿No?

Aquella noche, antes de cenar, escondió bajo su cama una linterna, un par de libros, un cuaderno de dibujo, sus lápices, sus pinturas y su consola. Con eso -pensaba- tendría bastante para pasar la noche entretenida y no quedarse dormida. Pero la cosa no resultó tan fácil como ella había creído, no señor: tras un rato leyendo, los ojos se le cerraban y la linterna se le cayó como unas doscientas veces y media. Pintar y dibujar, teniendo que sujetar la linterna, era algo bastante complicado -lo intentó con la boca, pero resultó bastante incómodo y, además, las linternas no es que tengan muy buen sabor-, y encender la consola resultó imposible porque había olvidado recargar la batería.

A pesar de todos estos contratiempos, estaba convencida de que ya había pasado más de la mitad de la noche, pero su despertador -que sabía bastante más del paso del tiempo que ella- no estaba nada de acuerdo, y decía que apenas habían pasado un par de horas. ¡Menudo rollo más rollazo! Ayla estaba aburrida, muy aburrida, tenía sueño, mucho sueño y, al parecer, la noche duraba mucho más de lo que ella creía. ¿Cómo iba a poder aguantar todas las horas que faltaban para el amanecer sin quedarse dormida?

-¡Quizás si me quedo sentada en lugar de acostada! -pensó. Pero no sirvió de nada, los ojos se le acababan cerrando igual.

-¡Quizás el frío me mantenga despierta! -siguió pensando. Y la verdad es que sí, que la mantenía despierta, pero era invierno y el frío se volvió insoportable muy pronto, de modo que acabó arrebujada de nuevo entre las mantas.

-¡Quizás si no me estoy quieta y cambio de postura sin parar...! -continuó cavilando, (esto de pensar, cavilar y meditar divierte mucho a Ayla, por eso lo hace tanto).

Pero resultó que lo de girar a la izquierda un ratito y otro ratito a la derecha para, a continuación, ponerse boca arriba, cambiar a boca abajo y vuelta a empezar, solo sirvió para que se sintiera muy, muy, muy cansada y tuviera mucho más sueño que antes.

Al cabo de un rato su madre entró en el dormitorio para comprobar cómo estaba y, al encontrarla despierta en medio de la cama revuelta, creyó que tenía problemas para dormir. Le trajo un vaso de leche caliente, le arregló las mantas, le ahuecó la almohada, la arropó bien, se sentó a su lado y le dijo que probara a contar ovejas.

Ayla intentó explicarle por qué seguía despierta y lo que quería hacer, pero su madre ni la escuchaba ni la dejaba hablar y, al final, no tuvo más remedio que obedecer y ponerse a contar:

-Una oveja... -dijo-. Dos ovejas... Tres ovejas... Cuatro ovejas... Cinco ovejas... -bostezó e intentó luchar contra el sueño, pero el sueño era más fuerte que ella.

-Seis ovejas... Siete ovejas... Ocho ovejas... Nueve ovejas... -sintió que los párpados le pesaban muchísimo y tuvo que cerrarlos.

-Diez ovejas... Once ovejas... Doce ovejas... Trece ovejas... Catorce ovejas... -movió la mano para apartar algo que le hacía cosquillas en la mejilla-. Quince ovejas... Dieciséis ovejas... -lo que fuera que le hacía cosquillas se había movido hacia su oreja y Ayla intentó apartarlo de nuevo de un manotazo-. Diecisiete ovejas... Dieciocho ovejas... Diecinueve... ¡Pero qué mosca tan pesada! -exclamó finalmente abriendo los ojos.

Y los abrió mucho, muchísimo, como un par de platos enormes, enormísimos, porque ni le molestaba una mosca como ella creía, ni su madre estaba sentada en la cama, ni era de noche, ni se encontraba en su dormitorio. A su alrededor se extendía un interminable prado verde en el que pastaba un gran rebaño de ovejas, el sol brillaba como si fuera una mañana de primavera, el cielo era azul y había una oveja muy pesada que no paraba de olisquearla mientras intentaba decidir si era algún tipo de hierba comestible o no.

Confusa, miró en todas direcciones y preguntó al aire:

-¿Qué es esto? ¿Dónde estoy?

Y el aire le respondió:

-Esto es el País de los Sueños.




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