Adrinada y Adrinuja



Adrinada era el hada más triste de todas las hadas que habitan en el bosque.
Y os preguntaréis todos -o al menos alguno- por qué Adrinada estaba tan triste, y yo os responderé a todos -o al menos a algunos- que Adrinada estaba tan tristísima porque, aunque el bosque estaba repletísimo de hadas, no tenía amigas, ni una, ni media, ni un cuarto... nada.
¿Por qué? -preguntaréis alguno que otro- ¿Es que era un hada antipática? No, para nada. ¿Es que acaso era mandona? No, en absoluto. ¿Era, tal vez, gruñona, presumida, egoísta, malhumorada, maleducada, mal... lo que sea? Pues no, no, no y no, ninguna de esas cosas. ¿Entonces? -preguntaréis los más preguntones- ¿Por qué Adrinada no tenía amigas? Y yo responderé -a los preguntones, a los otros no-: porque era diferente. ¿Sólo por eso? -volverán a preguntar los preguntones- Sí, sólo porque era más grande que las demás, y bastante más torpe también. Sólo porque no era tan guapa, ni tenía el pelo tan brillante y sus alas no tenía tantísimos colores como las de sus compañeras.



Al otro lado del bosque vivía Adrinuja, la bruja más triste de todas las brujas del bosque , que tenía la misma cantidad de amigas que Adrinada: cero patatero limonero porque, como Adrinada, Adrinuja era bastante diferente de sus compañeras: no era tan horrorosa como la mayoría de las brujas, casi no tenía verrugas, y no disfrutaba tanto como las otras haciendo trastadas por aquí, por allá, por acá y por acullá.
Cierto día que las brujas andaban de excursión se encontraron con la pobre Adrinada y decidieron -porque se aburrían y porque eran brujas- molestarla. ¡Pobre Adrinada, la molestaban las hadas y la incordiaban las brujas! Pero Adrinuja, harta de tanta tontería, se enfrentó a la cabecilla y, con tres pases mágicos, logró transformarla en libélula y las demás -sorprendidas y asustadas- salieron huyendo.


Adrinada se sintió muy agradecida pero como Adrinuja era una bruja, no se atrevió a quedarse.
Al día siguiente, arrepentida, Adrinada buscó a Adrinuja y le regaló una tarta, pero no se atrevió a quedarse.
La mañana después fue Adrinuja quien buscó a Adrinada para devolverle la bandeja de la tarta pero tampoco se atrevió a quedarse.
Dos días después Adrinuja buscó a Adrinada y Adrinada buscó a Adrinuja y, cuando se encontraron, comenzaron a charlar de esto, de aquello, de lo de más allá y de lo de más acá.
Y así fueron viéndose un día sí y el otro también y, poquito a poquito, casi sin darse cuenta, Adrinjua y Adrinada se hicieron grandes amigas y ninguna de las dos volvió a sentirse sola aunque sus compañeras siguieran siendo tan tremebundamente tontas como siempre.


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