Nada es lo que parece III

Ilustraciones de Eliz Segoviano.




CAPÍTULO TERCERO





Aquel camino rojo era tan ancho como una autopista aunque por él no pasaban ni coches, ni carros, ni caballos, ni caracoles, ni nada -bueno, nada sí que pasaba, la verdad es que había un porrón de nada pasando-. Y sin embargo, a pesar de no haber tráfico alguno, a alguien -vete a saber a quién- se le había ocurrido pintar en el suelo un paso de cebra.
Y hacia allí se dirigió dispuesta a cruzar, tal y como le habían enseñado en casa y en el cole.
Pero justo cuando iba a poner el pie en la primera de las gruesas líneas blancas apareció -vete tú a saber de dónde- una cebra vestida con uniforme de color azul, que la paró y, con cara de pocos amigos y voz de pito, le dijo:
-¡Alto ahí! ¡Por aquí no puedes pasar!
-¿Cómo que no? ¿No es esto un paso de cebra? -preguntó Ayla, un poco sorprendida y otro poco enfadada.
-Efectivamente, eso es: un paso de cebra... y por eso no puedes pasar.
Ayla frunció el ceño, miró fijamente a la cebra, abrió la boca, cerró la boca, miró el paso de cebra, volvió a mirar a la cebra de uniforme azul con voz de pito y, finalmente, dijo:
-No lo entiendo. A mí me han enseñado que cuando deba cruzar, busque un paso de cebra para hacerlo, y ahora usted me dice que no puedo pasar por este paso de cebra.
-¿Que te han enseñado que debes cruzar por los pasos de cebra? ¡Qué barbaridad! ¿Quién te ha dicho semejante tontería? ¡Niñas pasando por un paso de cebra! ¡Lo que hay que oír! ¿Y las cebras por dónde pasan? ¿Por los pasos de niña? ¡Menuda burrada! ¡Todo el mundo sabe que los pasos de cebra son para las cebras y nada más que para las cebras!
-Pues en el lugar de donde yo vengo, los pasos de cebra no son para las cebras porque las cebras están en la sabana y no necesitan sitios para cruzar.
-Claro, claro y ahora también me dirás que en ese sitio tan curioso, las cebras no hablan y que van por ahí sin nada de ropa -y la cebra de uniforme azul y voz de pito empezó a reírse como si le hubieran contado el mejor chiste de la historia.
Ayla estuvo a puntito a puntito de hablarle sobre la vida de las cebras en África, pero se lo pensó mejor y, en lugar de eso, dijo:
-Muy bien, no puedo pasar por aquí, ¿y entonces, por dónde puedo cruzar?
-Por donde quieras... menos por aquí porque esto es...
-Solo para cebras. Ya, ya -terminó la niña.
-Exactamente. Paso para niñas, a la derecha. Paso para cebras, aquí. Paso para ovejas, a la izquierda. Paso para monstruos malvados, por arriba.
Ayla miró hacia la derecha, luego miró hacia el cielo, luego miró hacia la izquierda y luego, señalando justo al lado del paso, preguntó:
-¿Y por aquí mismo? ¿Puedo pasar? -preguntó Ayla señalando justo al lado del paso.
-Si quieres... Mientras no pises el paso de cebra, no hay problema -dijo la cebra de uniforme azul y voz de pito, encogiéndose de hombros.
Pues claro que quería. Total, no parecía que nada la fuera atropellar -o quizás sí pero, a fin de cuentas, que te atropelle nada no duele- así que, ¿para qué buscar otro sitio por el que cruzar pudiendo hacerlo ahí mismo, al lado del paso de cebra? Dio un paso adelante con mucha decisión y poca precaución y... ¡¡¡CHOOOOFFFF!!! Descubrió de golpe -y menudo golpe- y porrazo -y menudo porrazo- que aquello no era ni camino, ni carretera, ni sendero, ni autopista ni nada parecido. No señor. Aquello tan rojo que ella había tomado por una extraña especie de autopista era, nada más y nada menos, que un espeso y resbaladizo río de zumo de tomate, en el que cayó de culo y del que salió con mucha dificultad, empapada en zumo desde la planta de los pies hasta la coronilla y con cara de asco.
-¿Y ahora cómo me quito toda esta porquería? -preguntó al Aire.
-No te preocupes, tengo la sensación de que enseguida tendrás ayuda -respondió el Aire.


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