Nada es lo que parece IV


Si aún seguís visitándome (¿hay alguien ahí?) y os apetece (y tenéis tiempo), podéis pasar por el blog de Eliz Segoviano -autora de las ilustraciones del cuento- y leer la entrevista que me ha hecho, sólo tenéis que hacer clic AQUÍ :D.

Y ahora os dejo con Ayla y sus aventuras...




CAPÍTULO CUARTO






Ayla oyó unas pesadas pisadas a su espalda y cuando se giró para ver de donde procedían... ¡PLAAAFFF! Sobre ella cayó una tromba de agua helada, con tanta fuerza, que -otra vez- volvió a quedarse sentada en el suelo y con cara de tonta.

-¡Esto ya se está volviendo una costumbre muy poco divertida! -se lamentó poniéndose de pie más empapada que antes aunque, eso sí, sin pizca de tomate.

¿Quién la habría mojado de semejante manera?, pensaba mientras trataba de escurrir algo del agua que caía de su ropa y su pelo. Y al girarse vio que, frente a ella, se detenían dos patas tan gruesas como troncos, y al levantar la cabeza -muy lentamente-, descubrió que dichas patas estaban unidas a una enorme cabeza. La cabeza, a su vez, iba pegada a dos enormes orejas, dos enormes colmillos y una enorme trompa de la que aún caían unas pocas y brillantes gotas de agua. Al final de la trompa asomaba una espléndida sonrisa de enorme oreja a oreja enorme, y tras ella se encontraba lo que parecía ser un gigantesco elefante de peluche de un brillante color naranja con lunares morados.

-Hola -dijo Ayla con algo de preocupación.

-Hola -respondió, sonriente, el elefante naranja con lunares morados moviendo alegremente sus orejotas.

-Estooo... ¿Has sido tú quien me ha mojado? -preguntó Ayla mientras retorcía su pelo y dejaba caer un par de litros de agua sobre la hierba.

-Sí -respondió el elefante al tiempo que movía la cabeza de arriba abajo-. Me pareció que necesitabas ayuda para quitarte todo ese zumo de encima. ¿Me he equivocado? -preguntó dando unos saltitos de preocupación, que hicieron temblar el suelo.

-Bueno... no, la verdad es que estaba muy sucia -dijo Ayla estrujando su camisón y dejando caer otro par de litros de agua-. Supongo que tengo que darte las gracias.

-De nada -contestó el elefante, y su enorme sonrisa se hizo -aunque parecía imposible- aún más grande.

-Bueno, ahora tengo que encontrar el modo de secarme antes de que pille un resfriado -dijo Ayla con un gran suspiro, y miró alrededor como si creyera que, colgada de algún árbol, iba a encontrar una toalla. ¿Y por qué no? Después de todo estaba en un lugar en el que el aire hablaba, los caminos eran ríos de zumo de tomate, las cebras vestían uniforme y los elefantes eran de color naranja con lunares morados.

-¡También puedo ayudarte con eso! -exclamó, de lo más entusiasmado, el sonriente elefante.

Ante la asustada mirada de Ayla, el elefante aspiró una grandísima bocanada de aire, que transformó sus mejillas en un par dos globos de color naranja y, a continuación, lo soltó todo de golpe sobre ella.
Ayla voló, arrastrada por el aire recién salido de los pulmones del elefante, y acabó sentada -una vez más- en el suelo varios metros más allá. Eso sí, ya no le quedaba ni gota de agua en su ropa ni en su pelo.

El amable elefante trotó alegremente hasta donde estaba Ayla, con aquella permanente sonrisa suya y le preguntó si necesitaba alguna otra cosa:

-No, no -se apresuró a decir Ayla-, no, gracias, de verdad, estoy muy bien así, en serio, no es necesario que me ayudes más. Solo necesito saber si voy en la dirección correcta para llegar a las Montañas de las Pesadillas.

El elefante abrió mucho los ojos y, por primera vez, se quedó sin sonrisa. Durante un par de minutos la miró en completo silencio y luego, repentinamente, giró sobre sus patas y corrió a esconderse tras un álamo cercano, encogiéndose todo lo que pudo -que no era mucho- y poniendo las dos patas delanteras sobre sus ojos -lo que no resulta nada fácil cuando eres un elefante-. Temblaba tantísimo que el árbol se agitaba como si lo sacudiera un vendaval, y Ayla tuvo que hacer un gran esfuerzo para no reírse ante el cómico aspecto que ofrecía el pobre elefante al intentar ocultar aquel enorme corpachón tras un árbol tan pequeño.

El elefante se destapó un solo ojo y, con un susurro tembloroso, como si temiera que las temibles montañas lo oyeran, contestó:

-Solo tienes que seguir ese camino -y señaló con la trompa hacia un sendero pedregoso- y te llevará directamente a las montañas esas.

En cuanto hubo dicho esto el elefante salió de su escondite y corrió en dirección opuesta a la que había indicado, sin sonreír, ni despedirse, ni nada.

Ayla lo siguió con la mirada hasta que se perdió de vista, y luego se giró hacia las oscuras montañas. Le habría encantado hacer lo mismo que el elefante y volver a casa pero no podía hacerlo: si quería librarse de aquellos horribles sueños tenía que seguir adelante. Así que, asustada pero decidida, se puso nuevamente en marcha.




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