Silvia y el monstruo



A Silvia le daban miedo los monstruos. Por eso, cada noche, sin faltar ni una, sus papás, revisaban su dormitorio: bajo la cama, dentro del armario, en los cajones, entre sus muñecos...
Cuando estaban seguros de que no había ninguno, ni siquiera uno pequeñito Silvia se metía en la cama sin miedo.
Pero una noche de Halloween Silvia escuchó un pequeño ruido.
Un ruido tan minúsculo que casi no parecía un ruido.
Un diminuto ruido que venía del ropero.
¿Qué sería aquello? ¿Un monstruo? ¡Imposible! Su papá había rebuscado allí adentro y no había encontrado nada. ¿Entonces? ¿Qué sería aquello? ¿Un insecto? ¿Algún juguete?
Silvia se levantó y se acercó al armario. Pegó su oreja a la puerta. Sonaba como alguien llorando bajito. ¡Pero eso no podía ser! ¿Verdad?

Abrió la puerta muy, muy despacio y se llevó el susto de su vida cuando vió, acurrucadito entre un montón de ropa, a un pequeño monstruo de color azul que lloraba desconsoladamente.
El monstruito, al verla, intentó esconderse bajo el montón de ropa.
¡Estaba aún más asustado que ella!
Silvia se sentó en el suelo y, poquito a poquito, consiguió que el monstruito fuera asomando, primero los ojos, luego la nariz, luego la enorme bocaza y, finalmente, todo el cuerpo. Cuando, mucho más animado y menos lloroso, se sentó junto a Silvia le contó que los niños humanos le daban mucho miedo, que esa noche era su primera práctica como monstruo del armario y que estaba tan asustado que no se atrevió a salir.


-Cuando el profe llegue se va a enfadar mucho -dijo, triste, el monstruito.
-No, porque cuando el profe llegue -dijo Silvia- yo voy a estar muy asustada por tu culpa.
Silvia hizo que el monstruito volviera al armario.
Ella volvió a su cama.
Y, cuando el profe llegó, el monstruito hacía ruidos en el armario y Silvia temblaba como una hoja llamando a sus papás.
El pequeño monstruo ya no tuvo miedo de los niños.
Silvia ya no tuvo miedo de los monstruos.
Y los dos fueron, desde entonces, los mejores amigos del mundo.

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