viernes, 26 de julio de 2013

Trabalenguas

El burro


Erre que erre, el burrero arreaba al burro cazurro,
Arre que arre , arreaba el arriero al burro.
Y arreando, correteando, carreteando y burreando
subían al monte arriero, carreta y burro. 



 
El trasgo y el troll


Trae el trasgo el trigo a través del trigal,
y un troll traicionero le roba el cereal.
El trasgo travieso trota tras el troll
y trota que te trota, trepa que trepó,
trata de atraparlo pero se escapó.
Traía el trasgo el trigo a través del trigal
pero el troll traicionero le robó el cereal.




 Lula la lechuza


Lula, la lechuza, ulula en el álamo
y allá, en el llano, aulla el alano.
Lula, la lechuza, aletea,
se lanza, se avalanza y alardea.
Y en su laurel oloroso, Manuelo, el mochuelo, contempla, alelado,
el aleteo de la lechuza, el álamo dorado,
el aullador alano y el llano alistado.





 La nana


La nana de Ana le canta a la luna,
a la luna le canta la nana de Ana,
una nana, nanita, nana,
una nana le canta a la luna
la anciana nana de Ana.






 El elefante


Un elefante, elegante, enervante y exultante,
desfilaba desafiante y trompeteante.
Un elefante, elegante, enervante y exultante,
alzando la trompa amenazante,
desfilaba acechante,
siempre adelante.
Rumbo al río refrescante desfilaba
un elefante, elegante, anhelante y exultante.





 La serpiente


Silba la serpiente y susurra sapiente.
Sibilina y sigilosa, silba la serpiente.
Susurra y suspira suspiros susurrantes,
sisea, sosegada, sesuda y sibilante,
seiscientos sesenta y seis susurros supirantes.










 La fiesta



El ñandú es un ñoño, decía el ñu,
menuda ñoñería pensaba el ñandú.
El ñandú, desdeñado, amaña una fiesta,
con piñata, con ñame y su buena peineta.
Invitó al ruiseñor y a la cigüeña,
a la vicuña, a la piraña y hasta a una zarigüeya,
e incluso la araña se apaña un puesto con maña.
Tan sólo olvidó el pobre ñandú
invitar a su cabaña al oso ojeroso y al joven ñu.
Y así, a la mañana, tras la maraña,
con muchas legañas bajo las pestañas,
comentaba desdeñoso el ñu:
el ñandú es un soso,
lo sabemos yo y el oso.





 La merienda


Menuda mandarina María merendó,
menuda merienda que se zampó.
Mirando la madarina Macario pensó
que una manzana sería mejor.
Menuda mandarina María merendó,
menuda manzana Macario se zampó.
Mirando la mandarina y la manzana, Mariela opinó
que un melocotón sabría mejor.
Menuda mandarina María merendó,
menuda manzana Macario se zampó,
menudo melocotón Mariela devoró.
Mirando la mandarina, la manzana y el melocotón
Marcelo pensó que un membrillo estaría mejor.
Menuda mandarina María merendó,
menuda manzana Macario se zampó,
menudo melocotón Mariela devoró,
menudo membrillo Marcelo tragó.
Y tras la merienda nada quedó:
ni mandarina ni manzana, ni membrillo ni melocotón.

 

sábado, 20 de julio de 2013

El Bosque


Hace un tiempo -no sé cuánto- alguien me contó que existe, en no sé qué país lejano de no sé qué remoto continente, un bosque; un bosque grande y extraño, un bosque frondoso y boscoso, un bosque... lleno de árboles.
Me contó ese no sé quién que era aquél un bosque misterioso, un bosque hermoso y añoso, un bosque maravilloso habitado por los personajes -nada famosos- de cuentos que nunca habían salido en un cuento porque no se parecían en nada a los personajes de los cuentos que sí salían en cuentos.
Y me habló ese alguien que no recuerdo quién era de algunos personajes que en ese bosque habitan.
Me contó -para empezar- mi olvidado informador, que en el primer árbol a la derecha del gran roble que está a veinte pinos y un castaño de la entrada, en el hueco de la cuarta rama grande contando desde el suelo hasta el cielo, vive un hada bajita y regordeta, un hada con gafitas y un poco zoqueta. Un hada formal y sensata, más bien tirando a pacata.

Me contó -ya que a ello se había puesto- que en la casa que está justo, justo bajo esa rama, vive una bruja sin verruga y sin arrugas, que no come niños sino lechugas. Una bruja bastante buena y serena, que no embruja princesas ni hechiza príncipes y que sólo usa la olla para preparar la cena.
También me contó ese no sé quién que no recuerdo nada bien que unas diez encinas, tres olmos y medio pino más allá de la casa de esta bruja papanduja, se encuentra una plácida charca, de agua quieta y desabrida, donde vive un sapo color marrón, con verrugas a montón. Un sapo grande y pesado, con cara de irritado. Un sapo corriente y moliente aunque con pinta de inteligente. Un sapo que siempre fue sapo. Un sapo que nunca fue príncipe, ni sueña en serlo, es más, si tal cosa le ocurriera seguro sufría un síncope.
No muy lejos de esta charca se encuentra -según me dijo ese no sé quién- una guarida, muy bien protegida y de la vista bien escondida, morada y hogar de un lobo nada feroz pero, eso sí, asombrosamente veloz. Un lobo pacífico y abúlico, angélico y académico. Un lobo, en fin, modélico y beatífico como un corderito.
Me habló, además, esa persona que no logro recordar, de un castillo en medio del bosque donde vive una princesa, que no canta, que no baila, que no cose y que a los animales no aguanta. Una princesa tirando a normalucha, flacucha y paliducha que comparte castillo con un príncipe antipático y poco carismático, y un rey bastante tonto y astigmático.
Viven por ahí cerca: un duende muy aburrido, un troll alicaído, unos enanos muy altos, un gigante chiquitito, un ogro muy agradable, varias madrastras amables, una niña abominable y cuatro hermanastras amigables.
Viven, en fin, según me contó algún alguien, en este bosque frondoso, boscoso y lleno de árboles, muchos personajes de cuentos que nunca han salido en un cuento porque no se parecen en nada a los personajes de cuentos que sí salen en cuentos.


Aunque ahora que lo pienso, ya no se puede decir que ese es el bosque donde viven  los personajes de cuentos que nunca han salido en un cuento porque yo acabo de contarte un cuento en el que salen -casi- todos ellos.
Será mejor cambiar eso...  a ver qué tal así:
Viven en este bosque frondoso, boscoso y lleno de árboles los personajes de cuentos que sólo han salido en un cuento porque no se parecen en nada a los personajes de cuentos que salen en todos los cuentos.



 

domingo, 14 de julio de 2013

La princesa Theresa


Theresa no quería ser princesa y así se lo había dicho al rey -su padre- y a la reina -su madre- unas seis mil setecientas veces -vez arriba, vez abajo-.
Su padre, el rey, cada vez que oía a su hija decir esas “tonterías”, como él las llamaba, se enojaba, se enfadaba y hasta se enfurruñaba, pero Theresa insistía:
-Papi, es que es un rollo ser princesa. Un rollo bien rollazo y un aburrimiento bien aburrido, y yo no quiero, no quiero y no quiero.
El rey se exasperaba, se encojarinaba y el cerebro se estrujaba intentando comprender tan grave situación.
-Pero algo tendrás que hacer cuando seas mayor -dijo a Theresa cierto día en que estaba de mejor humor- y, si no es la de princesa ¿Qué profesión te interesa?
Y, sin dudarlo un instante, con una sonrisa de oreja a oreja, Theresa respondió radiante:
-¡Bruja, papi! Quiero ser bruja, de las de escoba y verruga, sombrero puntiagudo y vuelos a la luz de la luna. Bruja con gato y con sapo, con vestido negro y un libro de embrujos, hechizos y conjuros. Bruja, bruja y requetebruja, eso es lo que quiero ser, sin duda.
-¿Pero dónde se ha visto semejante bobada? –gritaba el rey– ¿Una princesa metida a bruja? ¡Ni lo sueñes! ¡Qué ocurrencia! ¡Qué tontería! ¡Qué… qué… qué impertinencia!
 
Y aunque el rey la envió sin dilación y con convicción a la Universidad para Princesas B.B.C. (Bella Durmiente – Blancanieves – Cenicienta), Theresa –que era más terca que la más terca de las mulas tercas– no desistió en su empeño y se dedicó a asistir a aquelarres, a visitar a todas las brujas de los alrededores y a buscar información sobre la Gran Universidad a Distancia Baba Yaga para Brujas Principiantas, en la que, finalmente, se matriculó en secreto.
Además de eso, por si no fuera bastante con semejante transgresión, Theresa se negó a vestir los vaporosos, incómodos y cursis vestidos que llevaban el resto de sus compañeras princesitas -todos, sin excepción, de color rosa- y usaba siempre ropajes negros negrísimos -y, cuando le apetecía algo de colorido, morado-. En lugar de zapatitos de cristal, usaba unas enormes y cómodas botas. Y no dudó en cambiar la delicada y diminuta coronita que todas debían usar de la mañana a la noch, por un enorme, sombrío y puntiagudo sombrero negro.
Es fácil imaginarse que, yendo de semejante guisa, la princesa destacaba entre sus delicadas y elegantes compañeras como una… como una… bueno, como una enorme verruga en un hermoso y terso rostro.
Su padre, el rey, se desesperaba cuando leía los informes que le enviaban desde la Universidad. 
 
Su hija, como princesa -le escribía la rectora de la universidad -, era un auténtico desastre. Iba mal en vestuario, iba aún peor en protocolo y diplomacia, fatal en sumisión y dulzura, un horror en canto, algo mejor en el trato con animales (aunque lamentable e incomprensiblemente se entendiera mejor con gatos, murciélagos y sapos que con conejitos, pajaritos y ardillitas) y en cuanto a la pérdida de zapatos de cristal Theresa resultó una auténtica calamidad. Ni perder una humilde zapatilla de felpa sabía. No había modo de que trenzara sus cabellos en una larga y dorada trenza -por aquello de permitir que un apuesto príncipe trepara por ella en caso de necesidad- y se peinaba siempre con moño. Se negaba a comer manzanas, a usar ruecas y a acostarse sobre guisantes.
La princesa, continuaba la buena señora, era una inútil en maquillaje y una atrocidad haciendo encajes. No había forma de enseñarle modestia y recato. Se negaba a callar y siempre tenía que mostrar su desacuerdo con aquello que no le gustaba. No mostraba ni el más mínimo interés en aprender a llevar un castillo y prefería las discusiones sobre política antes que el amable intercambio de exquisitas recetas... En fin, seguía la rectora, la princesa Theresa no mostraba ni un ápice de la feminidad, la gracia y el encanto que cualquier princesa que se precie debe poseer. Era tal el grado de inutilidad principesca que ni tan siquiera el Consejo Superior de Hadas Madrinas (CSHM) sabía qué hacer con ella.
Su padre, desesperado, ordenó su retorno inmediato al reino para intentar -una vez más- encontrar la manera de llevar a su hija por el buen camino.
Lo primero que hizo fue presentarle a un valiente y apuesto príncipe… y Theresa, sin dudarlo un segundo, lo transformó en sapo.
 
Le presentó un segundo príncipe atractivo y educado... y la princesa, tras escucharlo un rato, lo transformó en filósofo.
A continuación el rey, como castigo, la encerró en una mazmorra… y Theresa se escapó volando por la ventana tras robarle la escoba al carcelero.
Pensó su Majestad en darle a comer una manzana envenenada pero, tras pensarlo un instante y consultarlo con su esposa (y madre de Theresa), llegó a la conclusión de que aquello era excesivamente dramático y peligroso... además de recordar que a la princesa no le gustaban las manzanas.
Se le pasó por la cabeza, también, conseguir que un hada la durmiera durante un siglo pero tener un reino parado y llenándose de polvo durante tantos años le pareció muy poco productivo.
Alguien -no se sabe quién- le sugirió que buscara un dragón que secuestrara a la princesa y luego encontrar a un príncipe que la rescatara. Esa idea también fue rápidamente desechada: los dragones eran cada vez más escasos -y muchísimo más caros que cuando el rey era joven-, y la mayoría de los príncipes se habían puesto insufribles y muy intransigentes con eso del ecologismo.
Otro alguien -éste sí se sabe quién pero da igual- le insinuó que, quizás, la princesa necesitaba la mano dura de una madrastra malvada. Curiosamente este alguien acabó pasando unas largas vacaciones en las mazmorras gracias a la amabilidad y generosidad de su Majestad la Reina quien se encargó en persona de tirar luego la llave al pozo más profundo que encontró en el reino.
 
El rey, pobrecito, intentó todo lo que se le ocurrió, más todo lo que se le ocurrió a su esposa -la reina y madre de Theresa-, más todo lo que se le ocurrió a cualquiera que se le pudiera ocurrir algo e incluso llegó a convocar un concurso de ideas que le ayudaran a lograr hacer entrar en razón a la princesa pero nada, no había forma ni manera... Theresa, estaba más que claro, no quería ser princesa.
Y tras mucho pelear y discutir.
Tras portazos y porrazos.
Tras gritos y disgustos.
Tras muchos ayunos y desayunos.
Tras días y semanas de tiras y aflojas.
Tras meses de castigos y lágrimas.
Tras horas y más horas de pataletas y rabietas.
Después de todo eso y algunas cosa más, finalmente -y por puro cansancio-, el rey se rindió.
Dialogó.
Negoció.
Y, finalmente, se decidió que Theresa no sería princesa, que es lo que Theresa había decidido hacía mucho tiempo. O, más bien, no sería una princesa como todas las princesas.
El rey lo aceptó o, sería mejor decir que se resignó y, al final, hasta se alegró. Al menos no tendría que dar su corona a ese tonto solemne del Príncipe Encantador, su sobrino.
Theresa seguiría los pasos de las malvadas reinas hechiceras… sería independiente, sería inteligente, sería elegante, glamourosa y haría rabiar a las princesas sosas.
No sabemos si Theresa fue feliz para siempre pero sí sabemos que siempre, siempre, hizo lo que quiso.

sábado, 13 de julio de 2013

El huevo de doña Cuz-Cuz Avestruz



El día que puso su primer huevo, la señora Cuz-Cuz Avestruz se sintió muy feliz. Luego recordó que a su vecina, doña Sapiente Serpiente, le gustaban mucho los huevos (fritos, cocidos, en tortilla, revueltos...) y se sintió un poco menos feliz.
-Creo -pensó doña Cuz-Cuz Avestruz- que lo mejor será esconder mi huevo antes de que esa serpiente repelente intente comérselo.
Y la señora Cuz-Cuz Avestruz escondió su precioso huevo muy bien escondido y luego, feliz como una lombriz, se marchó a tomar el té con doña Azorafa Jirafa como hacía todas las tardes.
Cuando regresó a casa, doña Cuz-Cuz Avestruz quiso ver cómo estaba su precioso huevo pero lo había escondido tan bien escondido que no lo podía encontrar.

Doña Cuz-Cuz, asustada y preocupada, dio vueltas y más vueltas alrededor de su nido.
¿Lo habria escondido bajo aquella piedra tan gorda?
Doña Cuz-Cuz, levantó la roca con sus fuertes patas pero allí sólo estaba don Cariharto Lagarto echándose una siestecita.
¿Lo habría ocultado entre aquel matojo tan feo?
Doña Cuz-Cuz Avestruz, con su pico, apartó hojas y ramas, metió el cuello cuanto pudo, miró, remiró y volvió a mirar pero lo único que encontró fue a doña Mita Pita Mariquita, que se pintaba los lunares que la lluvia había desteñido
¿Lo habría enterrado en la arena?
La señora Avestruz escarbó y escarbó, con las patas y con el pico, se llenó de arena hasta las pestañas. Hizo un enorme hoyo pero lo único que encontró fue a don Pipón Escorpión bailando sevillanas.
Asustada, doña Cuz-Cuz, al fin se preguntó:
-¿Se lo habra llevado doña Sapiente Serpiente?
Pero entonces recordó que doña Co - Corina Gallina le había dicho que la señora Serpiente había ido a pasar el día en casa de doña Zo - Zobra Cobra.
-¿Dónde estará mi pobre huevo? -se lamentaba doña Cuz-Cuz- ¡Ay! ¡Ay! ¿Dónde lo habré escondido?
Y lloriqueando y moqueando, fue a sacar un pañuelo de su gigantesco bolso.
Doña Cuz-Cuz sacó el monedero, un lápiz de labios y un billetero; luego un abanico, una botella de perfume y un acerico; finalmente un guardapelo, un huevo y un pañuelo.
¿Cómo? ¿Qué? ¿Qué he dicho ?¿Un huevo?

¡Sí, sí, un huevo! ¡Ahí estaba el huevo de doña Cuz-Cuz Avestruz!
Todo ese tiempo el huevo, calentito y tranquilito, había estado en el bolso de su mamá que, como es tan despistada lo había olvidado.
Doña Cuz-Cuz Avestruz, feliz como una perdiz, besó y abrazó al huevo y luego, con mucho cuidado lo puso en su nido para incubarlo y, a partir de ese día, doña Cuz-Cuz apuntaba siempre en una notita donde escondía el huevo para que no se lo comiera doña Sapiente Serpiente.

 

 

viernes, 5 de julio de 2013

Simeón el dragón


El dragón Simeón vivía en una montaña muy alta, muy lejos de cualquier lugar, justo en el centro del nada famoso reino de Todoescuento. Era Simeón el dragón más guapo en kilómetros, vivía en un fabuloso palacio, le gustaba volar hasta la luna, hacía unas estupendas barbacoas en el jardín y se sentía muy solo.
Existían, claro está, otros dragones pero -como todo el mundo sabe- los dragones no pueden estar juntos más de media hora porque, pasado ese tiempo, y sin ningún motivo, comienzan a discutir y, tras media hora de discusión, comienzan a escupir fuego y... bueno, la cosa suele acabar bastante chamuscada y oliendo a dragón asado.
Así que Simeón decidió secuestrar a una princesa, que es lo que suelen hacer los dragones cuando se sienten solos.


Simeón voló hacia el reino Melindroso, en el norte, y secuestró a la princesa Tiquismiquis que resultó ser una princesa cursi, ñoña y remilgada y, después de tres noches de soportar sus quejas por no sabía qué guisante en la cama, él mismo fue en busca de un príncipe que la rescatara.
El dragón, un poco tristón, se dirigió entonces hacia el este, al reino Vanidoso, y secuestró a la princesa Presumida, que no era una blandengue como Tiquismiquis, pero que sólo hacía caso a los espejos, los vestidos y los cosméticos. Después de tres días de verla hablando con los espejos, Simeón dejó que el príncipe se la llevara y hasta les regaló un caballo para que fueran más rápido.
En cuanto Presumida desapareció, Simeón alzó el vuelo con rumbo oeste, hacia el reino Vago, para llevarse con él a la princesa Pereza, que no era cursi, como Tiquismiquis, ni vanidosa, como Presumida. Pereza era muy tranquila, muy silenciosa y no molestaba nada... porque se pasaba el día durmiendo. Tres días después, Simeón se la llevó al príncipe para que le diera un beso de amor que la despertara... pero ni por esas.

A Simeón ya sólo le quedaba por secuestrar a la princesa del sur: Letra, del reino Biblioteca. Esta princesa no era ninguna ñoña insoportable, ni tampoco una presumida cabeza hueca, ni una perezosa dormilona. No señor, Letra era inteligente, divertida, interesante y se quedó encantada con la enorme biblioteca de Simeón. Letra pasaba horas leyendo aquellos libros pero también pasaba horas hablando con Simeón sobre muchos temas porque, como leía mucho, sabía mucho. Tres días después, ambos se encontraban tan a gusto y felices que, cuando llegó el príncipe,  Letra se negó a irse con él.
Simeón jamás volvió a sentirse solo y Letra estaba encantada de vivir con a alguien que adoraba los libros tanto como ella, en lugar de con un príncipe cabeza de chorlito.