Simeón el dragón


El dragón Simeón vivía en una montaña muy alta, muy lejos de cualquier lugar, justo en el centro del nada famoso reino de Todoescuento. Era Simeón el dragón más guapo en kilómetros, vivía en un fabuloso palacio, le gustaba volar hasta la luna, hacía unas estupendas barbacoas en el jardín y se sentía muy solo.
Existían, claro está, otros dragones pero -como todo el mundo sabe- los dragones no pueden estar juntos más de media hora porque, pasado ese tiempo, y sin ningún motivo, comienzan a discutir y, tras media hora de discusión, comienzan a escupir fuego y... bueno, la cosa suele acabar bastante chamuscada y oliendo a dragón asado.
Así que Simeón decidió secuestrar a una princesa, que es lo que suelen hacer los dragones cuando se sienten solos.


Simeón voló hacia el reino Melindroso, en el norte, y secuestró a la princesa Tiquismiquis que resultó ser una princesa cursi, ñoña y remilgada y, después de tres noches de soportar sus quejas por no sabía qué guisante en la cama, él mismo fue en busca de un príncipe que la rescatara.
El dragón, un poco tristón, se dirigió entonces hacia el este, al reino Vanidoso, y secuestró a la princesa Presumida, que no era una blandengue como Tiquismiquis, pero que sólo hacía caso a los espejos, los vestidos y los cosméticos. Después de tres días de verla hablando con los espejos, Simeón dejó que el príncipe se la llevara y hasta les regaló un caballo para que fueran más rápido.
En cuanto Presumida desapareció, Simeón alzó el vuelo con rumbo oeste, hacia el reino Vago, para llevarse con él a la princesa Pereza, que no era cursi, como Tiquismiquis, ni vanidosa, como Presumida. Pereza era muy tranquila, muy silenciosa y no molestaba nada... porque se pasaba el día durmiendo. Tres días después, Simeón se la llevó al príncipe para que le diera un beso de amor que la despertara... pero ni por esas.

A Simeón ya sólo le quedaba por secuestrar a la princesa del sur: Letra, del reino Biblioteca. Esta princesa no era ninguna ñoña insoportable, ni tampoco una presumida cabeza hueca, ni una perezosa dormilona. No señor, Letra era inteligente, divertida, interesante y se quedó encantada con la enorme biblioteca de Simeón. Letra pasaba horas leyendo aquellos libros pero también pasaba horas hablando con Simeón sobre muchos temas porque, como leía mucho, sabía mucho. Tres días después, ambos se encontraban tan a gusto y felices que, cuando llegó el príncipe,  Letra se negó a irse con él.
Simeón jamás volvió a sentirse solo y Letra estaba encantada de vivir con a alguien que adoraba los libros tanto como ella, en lugar de con un príncipe cabeza de chorlito.


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