Brujinalda


La brujita Brujinalda creía que nadie la trataba como a una bruja temible.
Ni sus vecinos.
Ni las otras brujas.
Ni siquiera los niños.
Nadie.
Brujinalda se miraba al espejo y pensaba:
-Esta cara mía es demasiado normal para una bruja.
Su nariz era demasiado pequeña.
Su pelo estaba siempre perfectamente peinado.
No tenía ni arrugas, ni verrugas, ni siquiera un granito así de pequeñito.
Y, encima, no le faltaba ningún diente.
Con esa cara no había manera de dar miedo.
Con esas pintas nadie la tomaría en serio.
Pero, ¿qué podía hacer para remediarlo?
Brujinalda se puso su sombrero de pensar, se sentó en su sillón de pensar, puso su cara de pensar y pensó, repensó y volvió a pensar.
Pasó un rato sin que se le ocurriera nada.
Luego pasó otro rato más.
Después pasaron otros tres o cuatro ratos.
Al quinto rato, cuando ya se le estaba poniendo cara de seta de tanto pensar, Brujinalda tuvo una idea:
-¡Me tendré que disfrazar!


Y, dicho y hecho, Brujinalda cogió su escoba y voló hasta una tienda de disfraces donde compró todo lo necesario para convertirse en una bruja horrorosamente horrorosa.
A la mañana siguiente, antes de salir de casa, Brujinalda se puso una enorme nariz postiza, se pegó tres verrugas falsas -una bajo la nariz, otra en la barbilla y otra en la mejilla- se encasquetó una horripilante peluca y se pintó de negro dos o tres dientes.
-Ahora sí que parezco una bruja de verdad -dijo Brujinalda, y salió de casa la mar de contenta.
Sus vecinos, al verla, se alejaron con miedo.
Sus amigas, las  brujas, la saludaron con mucha educación.
Y los niños huyeron asustados.
La brujita Brujinalda estaba feliz como una lombriz.
¡Ahora sí que daba miedo!
Todo iba bien, mejor que bien, requetebien.
La brujita estaba tan horrorosa que nadie se atrevía a acercarse a ella.
Pero entonces todo empezó a ir mal, peor que mal, requetemal.
Mientras intentaba transformar a un príncipe en sapo, la nariz postiza le resbaló hasta la barbilla. Brujinalda se despistó, el hechizo falló y el príncipe acabó con ancas de rana.
¡Qué desastre!
Y mientras lanzaba un hechizo para dormir a una princesa, las verrugas se despegaron una tras otra: plic... plic... plic... Brujinalda intentó cogerlas en el aire, el hechizo se desvió... y la brujita acabó durmiendo a tres guardias reales, al bufón y a un señor con barbas que pasaba por allí.
¡Qué desastre!


Y la peluca, ay, la peluca. La dichosa peluca no se estaba quieta: se movía a la derecha, se movía a la izquierda, se movía hacia atrás, se movía hacia delante, le tapaba un ojo, le tapaba el otro ojo... le tapaba los dos ojos...
¡Qué desastre!
Brujinalda volvió a casa triste y decaída.
-¡Nunca daré miedo! -se lamentaba- ¡Nunca me tomarán en serio!
Su vecina doña Marlinda que la oyó quejarse le dijo:
-¿Y por qué quieres dar miedo? A nosotros nos gusta como eres.
Y la bruja Brujilda, que pasaba por allí comentó:
-Eres una bruja estupenda y  nos gusta tal cual eres.
Y los niños que por allí andaban jugando dijeron:
-No queremos que des miedo. Nos gustas así de divertida.
Brujinalda, en casa, se puso su sombrero de pensar, se sentó en su sillón de pensar, puso su cara de pensar y pensó, repensó y volvió a pensar.
Y, por fin, cuando ya se le estaba poniendo cara de seta de tanto pensar Brujinalda se dio cuenta de que conseguir que te quieran es mucho, pero muchísimo más difícil que dar miedo y era mucho, muchísimo mejor.
La brujita Brujinalda cogió la nariz postiza, las verrugas falsas y la peluca horrible, fue al desván y lo guardó todo bien guardado.
A partir de ese momento Brujinalda sólo se disfrazaría para Halloween.

Entradas populares de este blog

El globo rojo

La casa destartalada

Carbón por Navidad