La mascota de Adrián


La mascota de Adrián no es un perro, ni un gato, ni un canario, ni un hámster, ni ningún otro animal.
La mascota de Adrián es algo mucho más original.
Algo mucho más curioso.
Algo realmente único.
La mascota de Adrián es, nada más y nada menos que... una piedra.
Una piedra sin nada especial.
Una piedra de lo más normal.
Una piedra dura, gris y muy... muy... bueno, muy piedra.
Adrián cuenta a todo el mundo que su piedra es mejor que el perro de Lucía, que saluda dando la patita.
Mejor que el gato de Miguel, que cae siempre de pie.
Mejor que el loro de María que recita poesía.



Mejor que el hámster de Julián que da vueltas sin parar.
Mejor que cualquier mascota de cualquier niño de cualquier lugar.
A Adrián le gusta sacar a su piedra de paseo.
Llevarla al parque y jugar al tejo.
Meterla en la fuente e imaginar que es un submarino.
Arrastrarla por el suelo haciendo “Bruum... Bruum”  como si fuera un coche.
Moverla por el aire haciendo “Tactactactactac” igual que un helicóptero.
Los días que no puede salir de casa, Adrián saca sus pinturas y pinta su piedra.
Con blanco y rojo, una cara de payaso.



Con amarillo y marrón, un girasol.
Con negro, un gato presumido.
Con marrón, un perro divertido.
Con verde, un extraterrestre.
Y con todos los colores, un precioso arco iris.
Además de todo eso, su piedra le sirve de martillo para construir cosas.
La puede usar para cascar nueces.
O para que sus cromos favoritos no salgan volando.
Cuando va a la playa sirve para aplastar la arena de su castillo o para hacer dibujos en la arena mojada.
A veces la usa para remover la tierra y plantar semillas.
Adrián no entiende por qué todo el mundo dice que una piedra es una mascota aburrida y que no se puede jugar a nada con ella:
-¡Serán las otras piedras -dice- porque yo con la mía me lo paso en grande.

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