La bruja cuentacuentos


Érase que se era una bruja.
Érase que se era una bruja llamada Evelina Divina.
Érase que se era una bruja llamada Evelina Divina que vestía de negro, como todas las brujas.
Que usaba un enooooorme sombrero puntiagudo, como todas las brujas.
Que montaba en escoba, como todas las brujas.
Que tenía un gato negro, como todas las brujas.
Y que se peinaba más bien poco, como todas las brujas.
Pero érase que se era que la bruja Evelina Divina tenía un secreto.
Un secreto que no sabía ni siquiera su mejor brujiamiga.
Y este secreto tan secretísimo era que le gustaba, le encantaba, le divertía y le entusiasmaba inventar historias y que también le gustaba, le encantaba, le divertía y le entusiasmaba contarlas.
Y este secreto tan secretísimo era un secreto porque a las demás brujas eso de leer, escribir e inventar les parecía una pérdida de tiempo, un aburrimiento y una soberana tontería.
-¡Una bruja cuentacuentos! ¡Menuda ocurrencia! -diría Anodina Marina arrugando mucho la nariz.
-¡Una bruja que inventa historias! ¡Qué cosas hay que oír! -diría Ambrosina Temblina arrugando mucho el entrecejo.


-¡Una bruja con imaginación! ¡Lo que me quedaba por ver! -diría Antonina Cansina arrugando mucho los labios.
Y luego se reirían de ella, dejarían de invitarla a las fiestas y, lo peor de todo, le prohibirían seguir inventando y contando sus historias.
Así que, cada tarde, calladita, calladita, Evelina Divina cogía su cesta de recoger hierbas mágicas y se iba al bosque. Al llegar a un precioso claro justo en el centro del bosque se sentaba en un tronco y allí la brujita inventaba y contaba unas historias mega fantasticas y súper maravillosas a sus amigos, los animales, que escuchaban con las orejas bien abiertas y los ojos muy tiesos... Quiero decir, con las orejas bien tiesas y los ojos muy abiertos.
Érase que se era que cierta tarde de otoñal otoño, andaba por el bosque Pascualín buscando setas cuando se encontró con Evelina Divina que, muy concentrada, contaba a los animalitos una historia sobre una princesa aburrida y un príncipe tonto.
A Pascualín le gustó tanto la historia que se sentó en silencio muy silencioso, y escuchó con las orejas bien tiesas y los ojos muy abiertos.
La brujita Evelina Divina se quedó muy sorprendida al ver a un niño entre sus amiguitos pero estaba tan feliz que no dijo nada.
Pascualín escuchó la historia y luego escuchó otra, y luego otra, y otra... Hasta que no le quedó más remedio que marcharse. Prometiendo, eso sí, que volvería al día siguiente.
Y así fue, al día siguiente Pascualín regresó al bosque con su amigo Miguelín.
Al tercer día fueron a escuchar a Evelina Divina: Pascualín, Miguelín y Antolín.
Al cuarto día se unieron a los tres amigos: Anita y Margarita.
A la semana todos los niños del pueblo pasaban la tarde en el bosque escuchando a Evelina Divina que nunca, jamás, se había sentido tan feliz.
Érase que se era que otra tarde de otoño otoñal los niños y los animalitos se rieron tanto, tantísimo, con una historia de Evelina Divina que las otras brujas acabaron enterándose de todo.
-¡Niños en nuestro bosque! ¡Y animalitos con pinta de cursis! ¿A quién se le ocurre? -dijo Anodina Marina arrugando la nariz.
-¡Niños riéndose! ¡Animalitos felices! ¡Qué cosas hay que ver! -dijo Ambrosina Temblina arrugando mucho el entrecejo.


-¡Una bruja feliz! ¡Una bruja con amigos! ¡Lo que hay que aguantar! -dijo Antonina Cansina arrugando mucho los labios.
Érase que se era que las tres brujas brujonas, todas aburridas y arrugadas, dijeron a la pobre Evelina Divina:
-Debes dejar esas tonterías inmediatamente. Nada de imaginar. Nada de inventar. Nada de contar.
-¿Y si no obedece? -preguntó Pascualín.
-Tendrá que irse de este bosque, niño tontorrón y preguntón -respondieron las tres del tirón.
Evelina Divina miró a las brujas brujonas, todas aburridas y arrugadas:
-Si me marcho del bosque no tendré donde vivir.
Luego miró a sus amiguitos con cara muy triste:
-Tendré que dejar mis historias.
Pascualín miró a Miguelín, Miguelín miró a Antolín, Antolín miró a Anita, Anita a Margarita y así hasta que todos se miraron y, dijeron que sí con la cabeza.
Evelina Divina y las tres brujas brujonas los miraban sin entender nada de nada.
Entonces habló Pascualín:
-Hay una casa al borde del bosque.
-Una casa pequeña -dijo Miguelín.
-Abandonada -dijo Antolín.
-Nuestros padres pueden arreglarla -dijo Anita.
-Y entre todos podemos limpiarla -dijo Margarita.
Y Pascualín terminó:
-Puedes vivir allí. Los animalitos y nosotros te visitaremos todos los días. Podrás contarnos todas esas historias y ya no tendrás que esconderte.
Las brujas brujonas, gruñeron y se arrugaron aún más pero no podían hacer nada.
Evelina Divina saltó de alegría y abrazó a todos los niños, y a los animalitos y hasta a las tres brujas arrugadas y aburridas.
Érase que se era que al borde de un precioso bosque, en una preciosa casita blanca y azul, vive la bruja Evelina Divina. Y cada tarde, la brujita prepara una estupenda merienda para todos los amigos que van a visitarla. Luego, mientras el sol va bajando lentamente, Evelina Divina, imagina, inventa y cuenta unas maravillosas historias.

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