Pequeño robot



Pequeño Robot quería ser un niño como todos los niños.
Jugar como todos los niños.
Tener amigos como todos los niños.
Pero cuando intentó hacer amigos, los niños no lo quisieron.
-¡Vete de aquí! -le dijeron- ¡Ni siquiera tienes ojos como los nuestros! ¡Das mucho miedo!
Pequeño Robot se fue con la cabeza baja. Habría llorado si hubiera podido,  pero con sus ojos de robot no se podía llorar.
-Papá -dijo al llegar a casa-. Quiero tener ojos como los de los demás niños.
-Eres un robot perfecto, no los necesitas... pero si es lo que quieres, te los haré.
Y el papá del pequeño robot construyó unos enormes y preciosos ojos humanos.
Pequeño Robot, la mar de contento, volvió a donde los niños jugaban.
-Ahora tengo ojos como los vuestros -dijo muy ilusionado.
Los niños dejaron de jugar y lo miraron muy fijamente.
-Nos da igual que tengas ojos. No tienes nariz. ¡Das mucho miedo!


Pequeño Robot se fue con la cabeza baja. Ahora sí podía llorar y lloró desconsolado.
-Papá -dijo al llegar a casa-. Quiero una nariz como la que tienen todos los niños.
-Eres un robot perfecto, no necesitas nariz... pero si eso es lo que quieres, te la haré.
Y el papá del pequeño robot construyó una preciosa nariz que, además de oler, podía tener mocos.
Pequeño Robot, la mar de feliz, volvió a donde los niños jugaban.
-Ya tengo ojos -dijo-, y también tengo nariz.
Los niños dejaron de jugar y lo miraron fijamente.
-Nos da igual que tengas ojos y nariz. No tienes orejas. ¡Das mucho miedo!

 
Pequeño Robot se fue con la cabeza baja. Ahora que tenía ojos y nariz, lloraba y sorbía mocos.
-Papá -dijo al llegar a casa-. Quiero un par de orejas como la de los otros niños.
-Eres un robot perfecto, no necesitas orejas... pero si es lo que quieres, te las haré.
Y el papá, con mucha paciencia, le construyó un par de magníficas orejas.
Pequeño Robot, la mar de alegre, volvió a donde los niños jugaban.
-Ya tengo ojos -les dijo-, y nariz, y también orejas.
Y entonces le dijeron que no tenía una boca como la suya.
Y Pequeño Robot se la puso.
Luego le dijeron que no tenía pelo, que si era de metal, que si los zapatos, que si los pantalones, que si las camisetas...
Poquito a poquito, Pequeño Robot fue cambiándose todo, hasta que los niños dijeron:
-¡Eh, ahora sí que pareces un niño como nosotros! ¡Ahora podemos ser amigos!
Y Pequeño Robot se sintió feliz.


¡Por fin era un niño como todos los niños!
-¡Papá! - dijo al llegar a casa- ¡Ya tengo amigos!
Y el papá de Pequeño Robot lo miró muy triste y dijo:
-Eras un robot perfecto, no necesitabas ser como ellos, pero si eso es lo que quieres...
Todo fue bien durante un tiempo pero, un día, otro pequeño robot casi idéntico a él se acercó y los niños le dijeron:
-¡Vete de aquí! ¡Ni siquiera tienes ojos como los nuestros! ¡Das mucho miedo!
Y aquel robotito se fue con la cabeza baja y muy triste.
Pequeño Robot se quedó muy pensativo y, al llegar a casa, se miró al espejo.
Se miró largo rato desde todos los lados.
Se miró los ojos, la nariz, las orejas...  Se miró durante mucho rato.
Y no se reconoció.
Aquél del espejo no era Pequeño Robot.
-Papá -dijo-, quiero ser yo.  Quítame estas cosas.
Y el papá del pequeño robot, la mar de contento, se lo quitó todo: las ropas, el pelo, la boca, las orejas, la nariz, los ojos...
Cuando acabó,  Pequeño Robot volvió a mirarse al espejo.
Se miró largo rato desde todos los lados.
Se miró durante mucho rato.
Sí, aquel sí que era él.
Un pequeño robot metálico y si aquellos niños no lo querían así, es que no lo querían de verdad.
Al día siguiente los niños no quisieron jugar con él pero a Pequeño Robot no le importó.
Ya no quería ser un niño como todos los niños.
Ahora sólo quería ser Pequeño Robot.
Y cuando el otro robotito llegó con sus nuevos ojos, dispuesto a cambiarse del todo para poder tener amigos, Pequeño Robot se acercó a él, le contó su historia y empezaron a ser amigos.

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