Alina y las estrellas


Alina quiere una estrella para su árbol de Navidad, pero no una estrella cualquiera de esas que venden en el hiper, no, Alina quiere una estrella de las de verdad, de las que llenan el cielo cada noche.
Alina se lo dice a sus padres pero ellos le dicen que eso es imposible, que las estrellas están muy lejos, que menuda ocurrencia, que si patatín, que si patatán.
-¡Mayores! ¡Qué sabrán ellos! -piensa Alina.
Asì que Alina decide conseguir la estrella ella solita.
Y se pone a pensar. Mucho, y muy fuerte.
La primera idea que tuvo fue usar un lazo, como en esas viejas películas del Oeste que que le gustan al abuelo. ¡No podía ser muy difícil, las estrellas no se movían tan deprisa como las vacas!
Tal como lo pensó, lo hizo. Esperó a la noche. Cogió su abrigo y su comba y salió a la calle a atrapar una estrella...  
Alina lanzó el lazo que había hecho su madre, una y otra vez, una y otra vez... Pero no hubo manera.
Las estrellas, allá en lo alto, se reían por lo bajito.


Y Alina volvió a pensar. Mucho, y muy fuerte.
La segunda idea que se le ocurrió fue coger el cazamariposas de su padre y subir al sitio más alto que pudiera. ¡No podía ser muy difícil, las estrellas no se movían tan deprisa como las mariposas!
Tal como lo pensó, lo hizo. Esperó a la noche. Cogió su abrigo y el cazamariposas y subió a lo más alto del tobogán del parque, que era el lugar más alto que se le ocurrió.
Alina movió el cazamariposas de arriba abajo, de abajo arriba, de derecha a izquierda, de izquierda a derecha. Lo movió despacio. Lo movió deprisa. Se puso de puntillas y se estiró todo lo que se atrevió... Pero no hubo manera.
Las estrellas, allá en lo alto, se reían por lo bajito.
Y Alina volvió a pensar. Mucho, y muy fuerte.
La tercera idea que se le ocurrió fue intentar pescarlas en el pequeño estanque del jardín. ¡No podía ser muy difícil, las estrellas no se movían tan deprisa como los peces!
Tal como lo pensó, lo hizo. Esperó a la noche. Cogió un palo muy largo, le ató un cordel y se fue al estanque. Y allí se estuvo mucho, mucho, muchísimo rato. Tanto que se quedó dormida... Pero no hubo manera.
Las estrellas, allá en lo alto, se reían por lo bajito.


Alina siguió pensando, teniendo ideas y probando cosas...  Pero no había manera.
Nada funcionaba.
Nada servía.
Y ya no le quedaban ideas.
¡Nunca conseguiría una estrella para su árbol!
-¿No querría alguna de vosotras venir conmigo, por favor? -preguntó Alina muy triste.
Esta vez las estrellas no se rieron por lo bajito. Ni un poquito.
Miraron a Alina durante un buen rato. Luego se miraron entre ellas. Después hicieron un círculo para hablar. Y finalmente una de ellas bajó hasta donde estaba Alina y preguntó:
-¿Por qué no lo pediste desde el principio?
Y Alina, muy sorprendida, pensó un rato y contestó:
-No se me ocurrió.
-Pues la de trabajo que te habrías ahorrado sólo con pedirlo por favor.
-Entonces... ¿Vas a venir conmigo?
-Por supuesto... Yo y unas cuantas amigas. Si te parece bien.
Alina, aquel año, tuvo el árbol más bonito del mundo. Adornado con multitud de diminutas estrellas y con una enorme, preciosa, brillante y sonriente estrella en la punta.
Y sólo tuvo que pedirlo por favor. 

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