¿Un cuento como todos los cuentos?


Érase una vez, hace más de mil años. O puede que menos. ¿O era más? Bueno, da igual, el caso es que allá, por los tiempos de Maricastaña, existió una princesa que se llamaba… se llamaba… bah, la verdad es que no sé cómo se llamaba, pero eso da igual.
Pues resulta que en un lejano país de cuento vivía una princesita de cuyo nombre no logro acordarme. Una princesita, como todas las princesitas, ya sabes: un poco cursi, un poco ingenua, un poco soñadora, un poco respondona, un poco caprichosa… en fin, lo que se dice una auténtica princesa de cuento.
Y esta dulce princesita, como cualquier princesa de cuento que se precie, tenía como enemiga a una malvada bruja. Una bruja malvada como todas las brujas malvadas de cuento: fea, gruñona, vieja y con verrugas de todos los tamaños,
Esta bruja fea y malvada odiaba a la princesita buena y guapa porque así está escrito en el contrato de toda bruja fea y malvada.
Érase que se era, también, en un reino cercano al de la princesa guapa y buena,  un príncipe como todos los príncipes de cuento: guapo, generoso, valiente y, según su padre, ansioso por casarse. No era azul pero, bueno, nadie ha dicho que todos los príncipes de cuento tengan que ser azules ¿o sí? En fin, da igual, este no era azul. Encantador, sí, pero azul, no.


Así que ya tenemos los tres personajes principales de cualquier cuento de hadas: la princesa, el príncipe y la bruja. Y, como en todo cuento que se precie este debería ser justo el momento en que la bruja malvada y fea debería hacer una de estas tres cosas:
1. Encerrar a la princesa en una torre más alta que el rascacielo más alto de todos los rascacielos altos que hay en el mundo y ahorrarse una pasta en cortes de pelo real.
2. Mandarla a dormir durante siglos y siglos y aprovechar para hacer publicidad de colchones..
3. Intentar envenenarla a base de manzanas y, de paso, echar abajo la campaña que nos aconseja comer mucha fruta.
O cualquier otra faena de esas que las brujas feas y viejas suelen hacer a las princesas buenas y guapas.
Eso es lo que debería haber ocurrido pero no ocurrió porque, justo en el momento en que debía producirse el acto de maldad esperado por todos, la bruja fea y malvada se puso enferma. La muy tragona se comió un par de sapos en mal estado y tuvo para días en el Hospital Baba Yaga para Brujas del Bosque Mágico.

 
Como comprenderás, un cuento no puede pararse por un quítame allá una bruja enferma, por muy fea, y vieja, y llena de verrugas que sea. De modo que los que se encargan de estas cosas, llamaron a una sustituta.
La sustituta resultó no ser tan vieja ni tan fea. Ni siquiera tenía verrugas, vamos, ni un mal granito tenía. Para más inri, odiaba los cuentos de toda la vida. Ella decía que era una innovadora. Sus superiores decían que era más molesta que un dolor de muelas pero a alguien había que enviar para poder acabar el cuento… y ella era la única que estaba libre.
De modo que ahora tenemos una princesa guapa y buena, un príncipe valiente y guapo y una bruja no-fea y no-vieja con espíritu revolucionario. Y nos habíamos quedado justo en el momento en que la bruja debía secuestrar, dormir o envenenar a la princesa para que, posteriormente, el príncipe no-azul pero sí-encantador viniera en su rescate. Para acabar con la muerte de la bruja y una boda por todo lo altísimo, con perdices y todo.
Eso es lo que debería haber ocurrido pero no ocurrió porque la bruja no-vieja y no-fea decidió que quería un cuento diferente. De modo que se fue en busca de la princesa guapa y buena y la convenció para:

1. Decirle a su padre, el rey, que no quería casarse con un príncipe, azul o no-azul, ni con un príncipe encantador, ni con cualquier otro príncipe, al menos de momento.
2. Dejar de ser tan cursi y tan ñoña y tan delicada y tan... tan princesa de cuento.
3. Irse a la universidad, sacar una carrera y buscarse un trabajo.
Asimismo tuvo una pequeña charla con el príncipe valiente y guapo y lo convenció para que:
1. Se atreviera a decirle a su padre, el rey, que no tenía la menor intención de seguir la tradición familiar y que ya podía buscarse otro heredero..
2. Se largara a Hollywood a ser actor que es lo que de verdad le gustaba..
3. Dejara de usar esos horrorosos leotardos y se pusiera unos vaqueros.
Y como ya había cogido carrerilla decidió pasarse por los otros cuentos y, en un plis plas, logró convencer a los Siete Enanitos de que dejaran la mina de diamantes en manos de un administrador y se marcharan de vacaciones al Caribe. Luego fue en busca de Caperucita para recordarle que no tenía edad de ir haciendo recaditos a mamá y que ya era hora de independizarse; a continuación tuvo una charla con el Lobo Feroz y los Tres cerditos a quienes animó para que formaran el grupo de rock del que siempre estaban hablando. Tras su paso por el cuento de Cenicienta, el príncipe acabó reconociendo que, quien le gustaba de verdad, era una de las feas hermanastras (mucho más simpática que Cenicienta, si lo sabré yo...). A la princesa del guisante le recomendó un médico estupendo para que se mirase tanta “delicadeza” y a ella le gustó tantísimo el doctor que acabó casándose con él.
Y así un cuento tras otro.
La bruja no-vieja y no-fea se sentía muy satisfecha consigo misma y se lo estaba pasando pipa y, si de ella hubiera dependido, habría continuado hasta acabar con todos los cuentos clásicos y algunos modernos.
Lástima que a sus jefes no les pareciera nada gracioso lo que estaba haciendo.
Así que la bruja no-vieja y no-fea fue obligada a asistir a unos cursillos de recuperación para brujas extraviadas.
Su profesor está convencido de que está haciendo muchos avances.
Sus jefes creen que está mucho más normal.
Sus amigas le han comprado unas cuantas verrugas para que se vaya acostumbrando al look tradicional.
Y yo… Yo no me creo nada y estoy esperando que la envíen al próximo cuento.
Me lo voy a pasar genial contándolo. 
  

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