Miguelín y las hadas


Con un cazamariposas y una pequeña caja de cartón, Miguelín está en el parque cazando hadas. Quiere demostrarle a su hermano Toño que las hadas, por mucho que él diga lo contrario, sí que existen.

Con mucho sigilo, Miguelín se mueve entre los árboles intentando no hacer ningún ruido. Si hiciera ruido las hadas se asustarían, si las hadas se asustaran saldrían huyendo, si salieran huyendo Miguelín no podría atraparlas y si no pudiera atraparlas no podría demostrar que existen, así que es mejor no asustar a las hadas. Claro que, cuanto más te esfuerzas en no hacer ruido, más ruido haces, no falla: pisas todas las pequeñas ramas que encuentras, te entra la tos tonta, la chaqueta susurra al moverte, te sorbes los mocos o estornudas, estornudas muy fuerte.


Como le ocurre a Miguelín que, de pronto, lanza un estruendoso estornudo que asusta a los pájaros.


Algo le ha hecho cosquillas en la nariz. Algo pequeño, blanco, ligero y sedoso. Algo que llena el aire a su alrededor como si fuera nieve.

-¡Hadas!- Piensa Miguelín -¡Son hadas! ¡Seguro!

Y Miguelín, cazamariposas en ristre, se lanza tras las blancas haditas dispuesto a llevarse dos o tres a casa.

Cuando, exhausto, se sienta para echar un vistazo a su cazamariposas Miguelín se da cuenta de que, jo, no ha pillado ni un hada de las más pequeñitas. El cazamariposas está lleno, repleto, pero no de hadas sino de las blancas y suaves pelusas de los álamos que llenan el parque.





No pasa nada. Miguelín no se da por vencido y se dispone a seguir buscando.


Al poco rato algo llama su atención.

Algo que baila y brilla sobre las aguas de una fuente cercana.
Algo que titila y cabrillea en la limpia superficie.

-¡Hadas!- piensa Miguelín- ¡Son hadas! ¡Seguro!

Y, sin pensarlo demasiado, Miguelín, cazamariposas en ristre, corre hacia la fuente, entra en ella y mete la red en el agua, moviéndola de derecha a izquierda, de izquierda a derecha, con sumo cuidado. Luego, emocionado, la saca para contemplar lo que ha capturado. ¿Un hada? ¿Dos? ¿Tal vez tres?

No, lo único que ve es una lluvia de brillantes gotas que caen del cazamariposas vacío de hadas y repleto de aire. Jo y tres veces, jo, Miguelín había confundido la luz del sol centelleando en el agua con hadas.


De todas formas, eso no iba a hacer que se rindiera. No, señor. Había que seguir buscando.


Con su cazamariposas al hombro y la caja en ristre, Miguelín se pone de nuevo en marcha.

Busca por aquí.

Busca por allá.

Busca por allí.

Y busca por acullá.

Está mirando entre un montón de flores cuando siente algo que roza su mejilla levemente, algo como un pequeño beso que le hace cosquillas. Y, al levantar la mirada, ve formas sutiles y transparentes que giran y flotan a su alrededor.


Miguelín se siente emocionado. El corazón le late a toda velocidad.


-¡Hadas!- piensa- ¡Esta vez, sí que son hadas!

Y Miguelín mueve el cazamariposas en el aire de acá para allá, de allá para acá, intentando atrapar algún hada cristalina.

Pero alguien le está gritando.

-¡Eh, tú, párate! ¿Qué haces? ¿Por qué nos molestas?

-¿Qué ocurre? -pregunta Miguelín- ¿Qué pasa? ¿Por qué me están gritando?

Pobre Miguelín. No son hadas lo que intenta atrapar sino pompas de jabón y los gritos que oye son las protestas de los niños que con ellas se divertían. Jo, más jo y cuatro veces, jo.


La tarde se acaba, comienza a oscurecer. Miguelín debe volver a casa pero antes de rendirse quiere hacer un último intento.

Camino de casa ve unas pequeñas luces saltar y brillar. Nervioso y entusiasmado, con una enorme sonrisa, Miguelín corre hacia ellas.

-¡Esta vez sí que son!- piensa - ¡Esta vez no me equivoco!

Levanta, nervioso, la red y, a la cuenta de tres, se lanza sobre las luminosas hadas.

Y Miguelín atrapa... una mano que sujeta una bengala con la que un niño se estaba divirtiendo.

Miguelín, cabizbajo y decepcionado, con el cazamariposas al hombro y la caja de cartón bajo el brazo, vuelve a casa dispuesto a darle la razón a su hermano mayor.



Esa noche, mientras su mamá le arropa, Miguelín le cuenta todo lo que ha hecho esa tarde y, al terminar, le dice con voz muy triste:

-¿Es cierto que las hadas no existen?

Y su mamá, sentándose en su cama, le responde :

-Bueno, es cierto que no existen en el mundo real, pero también es cierto que sí existen en el mundo de tu imaginación. Es cierto que no puedes verlas con tus ojos reales, pero también es cierto que las verás cada vez que quieras con los ojos de tu fantasía. Es cierto que hoy, en el parque, sólo has atrapado semillas de álamos, gotas de agua, pompas de jabón y centellas de bengala, pero también es cierto que, si tú quieres, todas esas cosas pueden ser hadas disfrazadas para que no las veas. Es cierto que la magia de los cuentos no existe en la vida diaria, pero también es cierto que tú, con tu mente, puedes llenar tu vida con toda la magia que desees. De modo que tú dirás qué eliges. ¿Llorar porque las hadas no existen o disfrutar imaginándolas? ¿Pasarlo mal porque hoy sólo has cogido semillas, gotas, pompas y centellas o imaginar que has logrado atrapar unas pequeñas, preciosas y resplandecientes hadas? ¿Existen o no existen las hadas?


Tras pensarlo durante un ratito, Miguelín, por fin, sonrió y, dándole un gran beso a su madre, contestó:

-Sí que existen, mamá, y ahora que sé el truco podré verlas cuando quiera.

Y, esa noche (y todas las demás noches), Miguelín voló hacia el mundo de la fantasía cabalgando sobre su imaginación y jugó con hadas, duendes, sirenas y otro montón de seres maravillosos.






 

 

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